martes, 27 de enero de 2026

GRACIAS

Mundo Canela nació cuando el mundo se detuvo.
En plena pandemia escribí El niño que huele a canela sin pensar en una saga, sin pensar siquiera en publicar. Lo escribí porque lo necesitaba. Porque había cosas que dolían y escribir era una forma de sanar.

Ese primer libro fue un refugio.
Y, sin esperarlo, también lo fue para otros.

Gracias a los lectores, a sus mensajes, a sus propias historias reflejadas en la mía, Mundo Canela empezó a crecer. Lo que era un solo libro se convirtió en un universo, en una saga editorial donde cada historia explora una emoción distinta: la infancia, la memoria, las cicatrices, los aromas que nos guían y los recuerdos que no se van.

Cada libro nace del mismo lugar: lo humano, lo frágil, lo que permanece.
Mundo Canela no es solo una colección de libros.
Es un lugar al que vuelvo.
Y al que vosotros  me enseñasteis  que no volvía solo.


EL NIÑO QUE HUELE A CANELA

 Hoy me he despertado con esa sensación que aparece cuando una historia empieza a moverse sola, como si respirara por su cuenta. El niño que huele a canela lleva días susurrándome al oído, recordándome que ya no es solo mío, que pronto será de quienes lo lean, lo abracen y lo hagan suyo.

Mientras preparo café, pienso en él. En ese niño que camina conmigo desde hace años, que me enseñó a mirar la infancia sin filtros, sin adornos, sin miedo. A veces me pregunto si fui yo quien lo escribió o si fue él quien me escribió a mí. Porque cada vez que vuelvo a sus páginas, descubro algo que no sabía que estaba ahí: una herida que ya no duele igual, un aroma que me devuelve a la cocina de mi abuela, una frase que me sostiene cuando el día pesa.

Hoy siento que este libro está a punto de abrir una puerta. Y yo, que siempre he sido de caminar despacio, me sorprendo deseando que llegue el momento en que otros lo lean, lo huelan, lo vivan. Porque este niño no viene a explicar nada; viene a acompañar. A recordarnos que la memoria también puede ser un refugio.

Quizá por eso escribo este blog: para dejar constancia de este instante. De este pequeño temblor que anuncia que algo hermoso está por suceder.

 El niño que huele a canela

Hay libros que se leen.

Y hay libros que se respiran.

El niño que huele a canela es una historia íntima, sensorial y luminosa sobre la memoria, la infancia y las cicatrices que aprendemos a amar.

Muy pronto llegará a tus manos.

Y cuando lo haga, su aroma se quedará contigo.

domingo, 25 de enero de 2026

MUNDO CANELA

 



No empecé a escribir pensando en una colección.
Empecé a escribir para no romperme.

Al principio solo había recuerdos sueltos.
Olores.
Cocinas pequeñas.
Radios encendidas.
Canciones que sonaban mientras la vida pasaba sin pedir permiso.

Escribí para entender de dónde venía.
Para poner orden en una infancia que no siempre fue sencilla.
Para darle nombre a cosas que durante años no lo tuvieron.

Con el tiempo, me di cuenta de algo:
no estaba escribiendo solo mi historia.
Estaba escribiendo una forma de mirar.

Una forma de contar lo que casi nunca se cuenta.
Las vidas discretas.
Los amores silenciosos.
Las heridas que no hacen ruido, pero pesan.

Mundo Canela nace ahí.
En esa necesidad de transformar lo cotidiano en memoria.
De convertir la cocina en refugio.
De hacer de la música un lugar al que volver.
De darle dignidad a todo lo que durante años fue pequeño, invisible o callado.

Cada libro de esta colección es una habitación de la misma casa.
En todas huele a algo conocido.
En todas suena una canción.
En todas hay una historia que alguien creyó que no merecía ser contada.

Aquí no hay héroes perfectos.
Hay personas que hicieron lo que pudieron.
Que amaron como supieron.
Que sobrevivieron cuando amar, ser o decir era más difícil.

No escribo para explicar el pasado.
Escribo para acompañarlo.
Para mirarlo sin miedo.
Para decirle: te veo, aunque llegues tarde.

Si estás leyendo esto, entras en un lugar donde no se grita.
Se escucha.
Donde no se juzga.
Se recuerda.

Mundo Canela no es una colección para correr.
Es una colección para quedarse un rato.
Para leer despacio.
Para reconocer algo propio en la historia de otro.


Esto es una invitación.

A sentarte.
A escuchar.
A recordar.

Porque, al final,
todas las vidas que pasan por aquí
tienen algo en común:

sobrevivieron.

✨ Soy El niño que huele a canela y quiero contarte mi historia



Desde pequeño me dicen que dejo un aroma a canela allá por donde paso. Yo no sé si es magia, destino o simple casualidad, pero lo cierto es que ese olor ha marcado mi vida… y ahora quiero compartirla contigo.

En mi libro te abro la puerta a mis recuerdos, mis descubrimientos y esas pequeñas aventuras que, aunque parezcan sencillas, han cambiado mi manera de mirar el mundo. Cada página es un pedacito de mi historia, escrita con la misma calidez con la que la canela perfuma una habitación.

Y si después de leerme te quedas con ganas de más, en mi blog sigo contando lo que vivo, lo que pienso y lo que sueño. Allí encontrarás reflexiones, relatos nuevos y ese universo íntimo que sigue creciendo conmigo día a día.

🌟 ¿Por qué acompañarme?

Porque quiero que descubras la belleza que se esconde en lo cotidiano.

Porque mis palabras buscan despertar tu curiosidad y tu ternura.

Porque cada texto —del libro o del blog— lleva un poquito de ese aroma que me hace único.

📚 Mi libro es para leer despacio.

🌐 Mi blog es para volver siempre.

Si te apetece, te invito a entrar en mi mundo.

Prometo que huele a canela.

viernes, 23 de enero de 2026

Carpanta y el hambre de historias



Carpanta.
Solo decir su nombre ya me lleva a otra época. A esos años en los que el hambre no siempre era solo de comida. También era de cariño, de futuro, de un sitio donde quedarse un rato sin que doliera.

Carpanta no era solo un personaje de cómic. Era casi un espejo. Ese hombre siempre con hambre, siempre buscando algo que llevarse a la boca, siempre sobreviviendo como podía. Yo, de niño, no entendía del todo la metáfora. Pero algo dentro de mí la reconocía.

Leía esos tebeos como quien mira por una rendija.
Me reía, sí. Pero también aprendía sin saberlo. Aprendía que el humor puede ser una forma de aguantar. Que reírse de la miseria es, a veces, la única manera de no dejar que te hunda.

Recuerdo el papel gastado, las esquinas dobladas, el olor a feria, a mercadillo, a manos que ya habían pasado por esas páginas antes que yo. Historias usadas. Como muchas de las cosas que me tocaron vivir. Pero vivas.

Hoy entiendo que Carpanta me enseñó algo importante:
que se puede tener hambre y, aun así, seguir de pie. Que se puede estar roto y seguir caminando. Que incluso desde la carencia se puede construir un relato propio.

Quizá por eso, años después, nació El Niño Canela.
Porque yo también tuve hambre. No solo de pan. Hambre de palabras, de hogar, de alguien que dijera: aquí puedes quedarte un rato.

Y ahora, cuando escribo, siento que sigo leyendo aquellos tebeos.
Solo que ya no soy solo lector. Ahora también soy el que cuenta la historia.


📚 Si conectas con esta memoria:
El niño que huele a canela es también la historia de ese hambre invisible. De cómo se transforma en identidad, en cocina, en palabras. En una manera digna de seguir adelante.


El Chico Canela · DMA / Mundo Canela

miércoles, 21 de enero de 2026

GRATA SOSPRESA

 



Se abren las inscripciones de interés para las próximas presentaciones del libro
El niño que huele a canela, de David Maroto Avilés (DMA).

📍 Ciudades confirmadas: Lleida y Reus
📅 Fechas por anunciar próximamente
🖋 Encuentro con el autor y firma de ejemplares
🎟 Entrada libre (aforo limitado)

👉 Para reservar plaza o recibir información prioritaria,
contacta por mensaje privado o correo.

Organiza: Mundo Canela
Con la colaboración de Editorial Literaria

martes, 20 de enero de 2026

Las cosas que me sostienen cuando el día pesa

 


Hay días en los que no me pasa nada especial.
No hay noticias, no hay grandes conversaciones, no hay certezas.
Y aun así, el día pesa.

En esos días no me sostengo con discursos ni con fuerza. Me sostengo con gestos pequeños, casi invisibles. Con lo que hago sin pensar demasiado, porque si lo pienso, me caigo.

Me sostengo preparando algo sencillo en la cocina. No para lucirme, no para nadie más. Cocinar me ordena por dentro. Me recuerda que algo puede empezar y acabar bien, aunque fuera todo esté revuelto. A veces solo es una olla al fuego y el silencio acompañando. Y con eso, basta.

Me sostiene la memoria. No la bonita, no la que se cuenta fácil. Me sostiene la memoria real. La que me recuerda de dónde vengo y por qué no quiero volver a ciertos lugares. Recordar no siempre duele; a veces protege.

Me sostiene escribir. Escribir cuando nadie mira, cuando no hay aplausos ni prisa. Escribo para no romperme, para dejarme un rastro por si algún día me pierdo. No escribo para enseñar nada a nadie. Escribo para seguir respirando con un poco de sentido.

He aprendido que no necesito grandes planes para seguir.
Necesito rituales.
Repeticiones.
Pequeñas certezas que no fallan.

Las cosas que me sostienen casi nunca se ven. No hacen ruido. No se explican bien. Pero están. Y cuando están, puedo seguir un día más.


El Niño Canela


📖 Una nota, por si te quedas un poco más

Todo esto que escribo aquí también vive, con más calma y más profundidad, en mi libro
El niño que huele a canela.

Es un libro escrito desde la cocina, la memoria y la identidad, publicado con la colaboración de mi editorial Diversidad Literaria, que supo entender el tono y el respeto que esta historia necesitaba.

Si te apetece acompañarme un poco más, el libro está disponible  en los espacios habituales de Mundo Canela.

Gracias por leer.



Gracias por quedarte.

DMA / Mundo Canela

lunes, 19 de enero de 2026

PORQUE AHORA

 Escribo ahora porque antes no podía.

No porque no supiera juntar palabras, sino porque no sabía dónde colocarlas sin que me dolieran demasiado.

Durante mucho tiempo fui ruido, prisa, supervivencia.
Fui un niño que aprendió a callar antes que a hablar, a observar antes que a pedir.
La vida me enseñó a resistir, no a contar.
Y mientras uno resiste, no escribe: aguanta.

Me lancé a escribir cuando entendí que ya no estaba huyendo.
Cuando el silencio dejó de ser un enemigo y se volvió mesa, cuaderno y tiempo.
Cuando el cuerpo, cansado de pelear, pidió memoria.
Cuando el pasado dejó de morder y empezó a preguntar.

Escribo ahora porque ahora sé quién soy.
Porque ya no necesito inventarme una voz: la tengo.
Huele a cocina, a tardes largas, a música bajita, a cicatrices limpias.
Huele a canela.

Antes tenía heridas.
Ahora tengo historia.

Antes quería que me vieran.
Ahora quiero dejar algo para quien venga detrás.

Escribo porque entendí que lo vivido no era una carga, sino un legado.
Porque alguien tiene que decir que se puede salir del frío con las manos llenas de palabras.
Porque la dignidad también se escribe despacio, a fuego lento.

Me lancé a escribir cuando comprendí que no debía explicarme, sino ser honesto.
Cuando dejé de pedir permiso al pasado.
Cuando asumí que contar mi verdad no era traicionar a nadie, sino reconciliarme conmigo.

No escribo para brillar.
Escribo para poner orden.
Para dar nombre a lo que fue confuso.
Para que el niño que fui pueda sentarse tranquilo y decir:
—Ahora sí.

Por eso escribo ahora y no antes.
Porque ahora no sangro al recordar.
Ahora cocino la memoria.
Ahora soy el Niño Canela…
y ya no tengo miedo de contar mi historia.


domingo, 18 de enero de 2026

El Grito en las Migas

 


El Grito en las Migas

En una cocina perdida de La Mancha, Alejo aprendió a cocinar siguiendo recetas que no eran suyas. En un Madrid que despertaba a la libertad, descubrió que también podía reinventarse.

🔥 Tradición o libertad. 🔥 Silencio o verdad. 🔥 Herencia o identidad.

El Grito en las Migas es la historia de un joven que se atreve a romper el molde, a desafiar el sabor de su destino y a cocinar su propia vida. Una novela sobre raíces, deseo y el coraje de elegir quién quieres ser.

¿Estás listo para escuchar el grito que esconden las migas?

LAS COSAS QUE NOS SOSTIENEN

 



Hay días en los que no hace falta mucho para seguir adelante.
No hacen falta grandes discursos ni promesas solemnes. A veces basta una taza caliente entre las manos, una canción antigua sonando de fondo o el olor persistente de la canela que recuerda que hubo cocinas donde nadie tenía prisa.

Las cosas que nos sostienen casi nunca son ruidosas.
Son discretas. Vienen del pasado. Se parecen mucho a lo que nos enseñaron quienes ya no están o a lo poco que aprendimos a cuidar cuando todo iba mal. Un gesto repetido, una costumbre humilde, una palabra dicha a tiempo.

Sostiene la memoria.
Sostiene saber de dónde venimos, incluso cuando no fue fácil. Sostiene aceptar que la vida no siempre se endulza, pero que puede hacerse más llevadera si se cocina a fuego lento, como se hacía antes, sin atajos y sin trampas.

Sostiene también la escritura.
Poner las cosas en orden, nombrarlas, mirarlas de frente. Escribir no para impresionar, sino para entender. Para dejar constancia de que, pese a todo, uno sigue aquí.

El niño que huele a canela  nace precisamente de ahí: de las cosas pequeñas que no se ven, pero que sostienen una vida entera. No es un libro para correr, sino para acompañar. Para quienes saben que resistir también es un acto silencioso.

Hoy, como tantos otros días, conviene recordarlo:
no siempre nos sostienen las grandes victorias, sino aquello que cuidamos cuando nadie mira.


Disponible en Amazon:
https://www.amazon.com/author/dmacanela

Blog oficial:
https://elchicocanela.blogspot.com/

sábado, 17 de enero de 2026

El grito que también se come

 


El grito que también se come


Hay días en los que el grito no sale por la boca.
Se queda en las manos.
En el gesto de cortar el pan.
En la forma de remover una olla sin levantar la voz.

Hoy quiero hablarte de eso.

De las migas.
No como receta, sino como memoria.

Las migas siempre fueron un plato humilde. Pan duro, ajo, aceite, fuego lento. Nada más. Y, sin embargo, ahí dentro cabía todo: el hambre, la posguerra, las casas frías, las cocinas pequeñas y las órdenes que no se discutían. Las migas se hacían como siempre se habían hecho. Sin preguntas. Sin cambios. Sin margen para uno mismo.

Durante mucho tiempo yo también fui así.
Cociné como me enseñaron. Viví como se esperaba. Callé más de lo que debía.
Hasta que entendí que incluso en el plato más humilde puede haber un grito.

Un grito contenido.
Un grito limpio.
Un grito que no rompe, pero despierta.

Escribir El grito en las migas ha sido volver a esa cocina y mirarla con otros ojos. Respetar lo aprendido, sí, pero atreverme a decir: esto también soy yo. Porque la tradición no está reñida con la verdad. Lo que mata es el silencio cuando se convierte en norma.

Este blog, como mis libros, no va de recetas perfectas. Va de memoria. De identidad. De aceptar que todos llevamos algo que durante años no nos atrevimos a nombrar. Y de entender que a veces basta con un pequeño gesto —una especia nueva, una palabra escrita, una decisión tomada— para empezar a vivir de otra manera.

Si alguna vez sentiste que tenías que encajar a la fuerza.
Si creciste obedeciendo más que eligiendo.
Si también llevas un grito discreto guardado dentro…

Este espacio es para ti.

📖 El niño que huele a canela está disponible y sigue vivo en cada lector que se reconoce en sus páginas.
📝 Aquí, en el blog, seguimos caminando despacio, a fuego lento, sin ruido pero con verdad.

Gracias por estar.
Gracias por leer.
Gracias por no callarte del todo.

El Niño Canela (DMA)

viernes, 16 de enero de 2026

 

Ritual de cocina para no perder el norte

(con Los Secretos acompañando)

Hay días en los que no hace falta pensar demasiado.
Basta con repetir un gesto conocido.
Entrar en la cocina. Poner música. Respirar.

Hoy suenan Los Secretos.
No como ruido de fondo, sino como se escuchaban antes: acompañando la vida. Una canción que no exige nada, pero lo dice todo. Pero a tu lado suele funcionar. Siempre.

Este es un ritual sencillo.
De esos que no salen en los libros de cocina modernos, pero que sostienen a una persona entera.

Ingredientes

  • Una cocina en calma.

  • Una sartén con uso, mejor si tiene marcas del tiempo.

  • Pan.

  • Aceite de oliva.

  • Un recuerdo bueno.

  • Una pizca de canela, casi invisible.

El ritual

Pon la música antes que el fuego.
La cocina no empieza en los fogones, empieza en el ánimo.

Calienta el aceite despacio.
No busques el punto exacto: busca el momento.
Mientras, deja que la canción avance sin tocar nada.

Tuesta el pan sin prisas.
Cuando esté, añade una mínima pizca de canela.
No para que se note, sino para que quede.

Apaga el fuego antes de tiempo.
La vida tampoco se termina de hacer nunca del todo.

Siéntate.
Come despacio.
Deja que la canción acabe antes del último bocado.

El sentido

Este mismo gesto —tan simple— es el que atraviesa El niño que huele a canela: la manera en que las pequeñas rutinas salvan días grandes. Cocinas compartidas, silencios largos, música que acompaña y una forma de estar en el mundo sin disfraz.

Escribir este blog y escribir el libro nacen del mismo lugar:
de la necesidad de contar sin gritar,
de recordar sin rencor,
de vivir a fuego lento.

Si estás aquí leyendo, este espacio también es tuyo.
El blog sigue creciendo día a día,
y el libro permanece, esperando a quien necesite reconocerse en él.

Seguimos.
Con música.
Con cocina.
Con memoria.

El Niño Canela
DMA




jueves, 15 de enero de 2026

UNA MAÑANA MAS

Hay mañanas que no empiezan con ruido, sino con memoria.
La cocina aún está fría, la luz entra despacio y el café tarda en hacerse, como si también él necesitara recordar de dónde viene. En esos instantes, cuando el día todavía no exige nada, el pasado se sienta conmigo a la mesa sin pedir permiso.

No llega como un golpe, llega como un olor.
A pan caliente. A detergente barato. A pasillo largo. A silencio compartido.
La memoria no grita: insiste.

Fui un niño que aprendió pronto a observar. En los márgenes, en las esquinas, en los lugares donde nadie miraba. Allí entendí que la vida no siempre se explica, pero se soporta. Que crecer no es olvidar, sino aprender a colocar cada recuerdo en su sitio para que no pese más de lo necesario.

Hubo cocinas grandes, con horarios estrictos y mesas largas. Lugares donde el hambre era real, pero también lo era la disciplina. Donde se rezaba antes de comer y se aprendía a callar después. En aquellos espacios, entre cucharas golpeando platos y miradas que evitaban cruzarse, descubrí algo esencial: la dignidad no depende de lo que te falte, sino de cómo te mantienes en pie cuando falta.

No todo fue duro. La memoria también guarda risas breves, complicidades silenciosas, canciones que se colaban por una radio vieja. Aprendí que incluso en los sitios más ásperos crece algo parecido al afecto. No siempre tiene nombre, pero existe. Y salva.

Con los años entendí que la herida no es el problema. El problema es negarla. Yo tardé, como tantos, en aceptar que lo vivido no se borra, se integra. Que no se trata de ajustar cuentas con el pasado, sino de mirarlo de frente y decirle: ya te he entendido.

Ser diferente nunca fue una elección, fue una constatación. Y durante mucho tiempo pensé que eso me alejaba del mundo. Hoy sé que me enseñó a mirarlo con más cuidado. La diferencia afina la sensibilidad, obliga a escuchar mejor, a leer los gestos pequeños. A sobrevivir, primero. A vivir, después.

El tiempo, que parece cruel cuando uno es joven, acaba siendo un aliado discreto. Coloca las cosas. Suaviza los bordes. Permite perdonar sin olvidar. Y enseña algo fundamental: no todo merece respuesta, pero casi todo merece comprensión.

Ahora, cuando escribo, no lo hago para ajustar cuentas ni para buscar consuelo. Escribo para ordenar. Para dejar constancia. Para que aquello que fue no se pierda en el ruido. Cada palabra es una forma de respeto hacia el niño que fui y hacia el adulto que sigo aprendiendo a ser.

La vida, al final, no se mide por los golpes recibidos, sino por la capacidad de sentarse en silencio y reconocerse entero. Con cicatrices, sí. Pero también con memoria, con oficio, con calma.

El café ya está hecho. La mañana avanza.
Y yo sigo aquí, escribiendo despacio, como se hacen las cosas importantes.

DMA / El Niño Canela


martes, 13 de enero de 2026

Cuando un libro encuentra su casa


Hay libros que se escriben.
Y hay libros que, además, encuentran hogar.

El niño que huele a canela – A fuego lento nació de una vida que no fue fácil,
pero hoy camina con nombre propio dentro de una editorial literaria



con lectores reales y con un espacio que lo cuida: este blog.

Eso no es poco.
Eso es oficio.

En un mundo saturado de ruido, el Universo Canela ha elegido el camino antiguo:
escribir bien, editar con respeto y publicar con dignidad.
Como se ha hecho siempre en la literatura de verdad.

Nuestra editorial no es una fábrica.
Es una mesa de madera, una lámpara encendida y una corrección hecha a mano.
Es DMA / Mundo Canela:
un sello creado para proteger historias humanas, no para explotarlas.

Y este blog, El Chico Canela, es su voz diaria.
Aquí no se publican anuncios vacíos.
Aquí se publica memoria.

Cada entrada que lees sostiene al libro.
Cada lector que llega mantiene viva la editorial.
Cada palabra compartida construye comunidad.

Por eso este martes no se vende nada:
se presenta.

Se presenta una obra que ya está en librerías digitales,
en plataformas literarias
y en manos de lectores que han encontrado en ella algo que no sabían que necesitaban.

Se presenta un autor que firma como DMA,
porque a veces el nombre verdadero no es el del DNI,
sino el de la historia que uno ha sobrevivido.

Y se presenta un proyecto editorial que no va a desaparecer mañana,
porque está hecho con el mismo material que los libros que perduran:
verdad.

Si estás aquí, ya formas parte de eso.

El Niño Canela
DMA

lunes, 12 de enero de 2026

Apoya el proyecto Mundo Canela

Apoya el proyecto Mundo Canela

Mundo Canela nació como un libro.
Hoy es un universo literario independiente que reúne a más de 9.000 lectores y seguidores entre el blog y las redes sociales.

No es una editorial industrial ni una marca vacía.
Es un proyecto de memoria, literatura y creación sostenido por una sola voz, un oficio y una comunidad que cree en el valor de la palabra.

Cada historia, cada ilustración y cada edición existe gracias a un trabajo artesanal de escritura, corrección, diseño y publicación.


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El proyecto se mantiene sin subvenciones ni grandes editoriales.
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No se trata de caridad.
Se trata de sostener una obra cultural viva.


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Al colaborar con Mundo Canela estás apoyando:

  • El universo literario de El Niño que huele a canela

  • Nuevos libros y relatos

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📚 Obras publicadas:
https://www.amazon.com/author/dmacanela

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Existen distintas formas de colaboración:

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Quien desee colaborar puede escribir por mensaje privado y se le informará de las opciones disponibles.


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Gracias por leer.
Gracias por sostener este mundo.

DMA / Mundo Canela

✒️ DMA / MUNDO CANELA — Servicios editoriales


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Soy editor independiente y creador del sello DMA / Mundo Canela.
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• Diseño de portadas con estilo literario

Trabajo como una editorial tradicional: respeto por el texto, cuidado por la forma y criterio narrativo.

📚 Mis obras publicadas:
https://www.amazon.com/author/dmacanela

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DMA / Mundo Canela

domingo, 11 de enero de 2026

Empezar la semana como se empieza un buen guiso



Los lunes no están hechos para correr.
Están hechos para poner la olla al fuego, escuchar el primer burbujeo y recordar por qué uno decidió seguir adelante.

En el mundo del Niño Canela los lunes siempre han sido así:
el día en que se limpia la mesa, se ordenan los papeles, se abre el cuaderno y se vuelve a creer.

Vengo de una vida donde nadie regalaba comienzos.
Ni en los centros de menores, ni en los pisos tutelados, ni cuando todo parecía perdido.
Allí aprendí que empezar de nuevo no es un lujo: es una disciplina.

Y eso es lo que representa este lunes.

No importa cómo haya terminado la semana anterior.
Importa cómo se pone hoy la primera piedra.

Con calma.
Con respeto.
Con la dignidad de quien no se rinde.

Esta semana el Niño Canela sigue caminando con su libro bajo el brazo.
El niño que huele a canela – A fuego lento ya está en manos de lectores que nunca me conocieron,
pero que reconocen en sus páginas algo que también les pertenece:
el miedo, la ternura, la memoria, la necesidad de hogar.

Eso es lo que hacemos aquí.
Construir hogar con palabras.

Hoy lunes no prometo milagros.
Prometo trabajo honesto.

Prometo seguir escribiendo.
Prometo seguir contando.
Prometo no maquillar el pasado ni traicionar al niño que fui.

Porque cada vez que alguien entra en este blog,
ese niño vuelve a sentarse a la mesa.

Y mientras haya una silla libre,
el guiso seguirá al fuego.

Que esta semana sea como debe ser:
lenta, firme y verdadera.

El Niño Canela
DMA

Diario de domingo



Hoy es domingo.
Y los domingos, en el Mundo Canela, no se miden por el reloj, sino por la memoria.

Los domingos siempre fueron así: lentos, con olor a café recalentado, con una radio encendida en alguna parte de la casa y una melancolía suave que no dolía, pero tampoco se iba. Para el Niño Canela, el domingo no era descanso. Era reflexión. Era ese momento en que el corazón, al no tener que correr, empezaba a hablar.

En los centros de menores de los años ochenta, el domingo era especial. No por alegre, sino por distinto. Cambiaba el ritmo: había misa por la mañana, ropa algo más limpia, comida un poco mejor y un silencio más largo en los pasillos. Los curas hablaban de perdón, los educadores bajaban el tono, y los chicos —los que no encajábamos del todo— aprendíamos a mirar por la ventana sin saber muy bien qué esperábamos ver.

El Niño Canela solía sentarse junto al radiador frío, con las manos entre las rodillas, imaginando otro lugar. Un hogar que no existía. Una vida que aún no había llegado. Y mientras tanto, en la cabeza sonaban canciones. Aquellas canciones que parecían hablarle solo a él. Canciones de Los Secretos, de Radio Futura, de gente que cantaba bajito para no romper lo que dolía.

Porque había una verdad que nadie decía en voz alta:
ser diferente en aquellos lugares era aprender a resistir en silencio.

Los domingos eran más difíciles para los que no podíamos escondernos del todo. Para los que sentíamos más. Para los que sabíamos que éramos otra cosa, aunque aún no tuviéramos palabras para nombrarla. El Niño Canela lo sabía. Y por eso escribía. En cuadernos pequeños, en papeles sueltos, en la memoria.

Hoy, tantos años después, ese niño sigue aquí.

Vive en este blog.
Vive en cada historia.
Vive en cada persona que lee y reconoce algo propio en estas líneas.

Este domingo no es un día cualquiera. Es un recordatorio de que seguimos en pie. De que el tiempo ha pasado, pero la esencia permanece. Que el niño que sobrevivió a pasillos fríos, miradas duras y silencios largos ahora tiene voz, palabras y un mundo propio.

El Mundo Canela no es un refugio de fantasía. Es una forma de dignidad.

Aquí caben los que fueron niños solos.
Los que crecieron demasiado rápido.
Los que aprendieron a amar desde la herida.
Los que hoy solo quieren paz.

Que este domingo te encuentre despacio.
Que no tengas que demostrar nada.
Que puedas, aunque sea un rato, respirar sin miedo.

El Niño Canela sigue caminando.
Y mientras lo haga, nadie que se haya sentido pequeño volverá a estar solo.

DMA

viernes, 9 de enero de 2026

Cuando la música de Los Secretos vuelve a casa



Hay días en los que la música no se escucha: se recuerda. El 9 de enero es uno de ellos. El año acaba de empezar, el frío aprieta y el calendario aún huele a páginas nuevas. En jornadas así, regreso a Los Secretos con la misma naturalidad con la que se vuelve a una cocina conocida o a una calle que aún conserva la luz de entonces.

No es nostalgia gratuita. Es memoria ordenada. Las canciones de Los Secretos fueron escritas para durar porque nacieron sin prisa, con palabras sencillas y una verdad que no necesitaba gritar. Hablan de ausencias, de amores que no siempre salieron bien, de noches largas y mañanas que pedían calma. Y, sobre todo, hablan de personas. De lo que somos cuando nadie nos mira.

Escuchar hoy Déjame no es repetir un gesto antiguo; es comprobar que hay verdades que siguen intactas. La melodía se posa despacio, la letra entra sin permiso y uno entiende que crecer no consiste en olvidar, sino en aprender a convivir con lo vivido. Esa es la grandeza de esta música: no empuja, acompaña.

En mi historia personal, Los Secretos siempre estuvieron cerca. En etapas difíciles, cuando el ruido del mundo resultaba excesivo, sus canciones eran una habitación con la luz baja. No ofrecían soluciones —nunca lo hicieron—, pero sí algo más valioso: comprensión. Y a veces eso basta para seguir.

Hay una honestidad antigua en su forma de escribir. Una elegancia que hoy escasea. Nada de artificios innecesarios. Nada de épicas forzadas. Solo canciones bien hechas, con principio y final, como se han hecho siempre. Como deberían seguir haciéndose.

Este 9 de enero no celebro una fecha concreta. Celebro un modo de entender la música y la vida: sin estridencias, con respeto por el pasado y con la serenidad de quien sabe que lo importante no pasa de moda. Los Secretos siguen sonando porque nunca intentaron ser otra cosa que ellos mismos. Y eso, con los años, se agradece.

Hoy dejo que su música suene de fondo mientras escribo. No para volver atrás, sino para recordar de dónde vengo. Porque hay canciones que no pertenecen a una época, sino a una forma de estar en el mundo.

Y algunas, como estas, siempre huelen a hogar.

El Niño Canela
DMA

jueves, 8 de enero de 2026

Aquí empezó todo



En esta foto aún no sabía que un día me llamarían El Niño Canela.
Ni siquiera sabía que un día escribiría sobre mí.

Solo estaba allí. De pie. En silencio. Intentando hacerlo bien.

Recuerdo ese tiempo como se recuerdan las cosas importantes: sin demasiados detalles, pero con una sensación clara en el cuerpo. La de estar aprendiendo algo que no se podía explicar con palabras. La de saber que el trabajo, si se hace con respeto, también puede ser una forma de hogar.

No era un momento especial. O eso creía entonces. Era un día más. Una sala preparada con cuidado. Las mesas puestas como me habían enseñado. Las copas alineadas. El mantel estirado sin arrugas. Yo, con la chaquetilla puesta, esperando. Siempre esperando. Aprendiendo a observar antes de moverme.

En aquel tiempo no hablaba mucho. Escuchaba. Miraba. Me equivocaba en silencio. Y volvía al día siguiente con la idea firme de mejorar un poco. Nadie me dijo que eso era carácter. Nadie me habló de vocación. Pero yo sentía que allí, entre mesas y paredes viejas, estaba aprendiendo a sostenerme.

No sabía casi nada de la vida, pero intuía algo importante: que las cosas bien hechas protegen. Que el orden calma. Que el respeto —por el espacio, por las personas, por uno mismo— acaba dejando huella.

No era feliz todo el tiempo. Tampoco estaba perdido. Estaba creciendo, aunque entonces no lo supiera. Estaba formándome sin palabras grandes, sin promesas. Solo con gestos pequeños y repetidos.

Hoy miro esta imagen y no veo un principio literario. Veo a alguien intentando estar a la altura. Intentando no fallar. Intentando no endurecerse. Veo a alguien que aún no tenía voz, pero ya tenía una manera de estar en el mundo.

El Niño Canela no nació ese día como nombre. Nació como necesidad. Como refugio interior. Como una forma lenta de salvarse sin ruido. A fuego bajo.

Todo lo que vino después —los libros, las palabras, la memoria— se apoya aquí. En este tiempo sin épica. En este aprendizaje silencioso. En este chico que aún no sabía que un día escribiría para entenderse.

Esta foto no es pasado.
Es raíz.

Aquí empezó todo.
Y sigo siendo, en el fondo, ese mismo chico que intenta hacerlo bien.

El Niño Canela · DMA

Volver a lo esencial



Hoy no pasa nada extraordinario.
Y, sin embargo, pasa lo más importante.

El Niño que huele a canela se sienta despacio, como se hacía antes. Sin prisas. Con un cuaderno apoyado en la mesa y la vida respirando al otro lado de la ventana. No hay fuegos artificiales ni grandes titulares. Solo el sonido del lápiz, el recuerdo del café caliente y esa certeza antigua de que escribir también es una forma de resistir.

Aprendí pronto que no todo debía decirse en voz alta. Que algunas cosas se conservan mejor si se escriben con cuidado, como se guardaban antes las fotos buenas en un cajón. La memoria no grita: susurra. Y quien sabe escucharla, encuentra refugio.

Este libro nació así. Sin estrategia. Sin cálculo. Como nacen las cosas que importan: por necesidad. Para ordenar la infancia, para reconciliarse con el pasado, para entender por qué ciertas heridas siguen oliendo a canela y no a rencor.

Hoy vuelvo a eso.
A lo sencillo.
A lo honesto.
A escribir porque sí.

Si has llegado hasta aquí, quédate un momento. No prometo respuestas, pero sí compañía. Y, a veces, eso es suficiente.

El Niño Canela
DMA


miércoles, 7 de enero de 2026

7 DE ENERO


Hoy es 7 de enero.
Las luces ya no parpadean, los villancicos se han callado y el calendario vuelve a hablar en serio. Se acabaron las Navidades. Empieza la rutina. Y no pasa nada.

En casa del Niño Canela, el silencio vuelve a ocupar su sitio. La mesa está más desnuda, el aire es más frío y el día se presenta sin promesas brillantes. Pero hay algo profundamente honesto en este regreso. Algo antiguo. Algo necesario.

La rutina no es un castigo.
Es el lugar donde la vida se sostiene.

El Niño Canela lo sabe bien. Por eso hoy no corre, no se queja, no se disfraza de entusiasmo. Hoy se sienta despacio, pone música baja y deja que el día empiece como tiene que empezar: sin ruido.

Suena Los Secretos.
Una canción vieja, de esas que no necesitan explicación. Luego quizá Antonio Vega, o alguna melodía suave que no empuje, que acompañe. La música no está para animar: está para acompañar el regreso.

Enero siempre ha sido así.
Un mes austero.
Un mes sincero.
Un mes que no promete nada, pero lo permite todo.

El Niño Canela vuelve a su cuaderno. A su café caliente. A la mirada larga por la ventana. Afuera la calle ya no huele a fiesta, huele a paso rápido, a abrigo cerrado, a vida real. Y eso está bien.

Porque en la rutina también hay belleza.
En levantarse aunque cueste.
En repetir gestos.
En seguir.

La Navidad es un paréntesis.
La vida es lo que viene después.

Hoy el Niño Canela no pide deseos. Hoy se conforma con estar. Con escribir una línea. Con escuchar una canción entera sin pensar en nada más. Con recordar que no hace falta que todo sea extraordinario para ser verdadero.

Y así, con las manos templadas por la taza y el corazón un poco más lento, vuelve al mundo. Sin ruido. Sin fuegos artificiales. Con la dignidad de quien sabe que lo importante no era la fiesta…
sino saber volver.

Bienvenido, enero.
Aquí estamos.
A fuego lento.
Como siempre.

martes, 6 de enero de 2026

Escribo desde la memoria y para la memoria.
No para embellecer el pasado, sino para ordenarlo, comprenderlo y salvar lo esencial.

Creo en la escritura lenta, en la frase trabajada con respeto, en la palabra que no grita. La literatura, para mí, es oficio antes que espectáculo. Se hereda como se heredan los gestos: con humildad y constancia.

No invento para huir de lo vivido. Escribo para darle dignidad. La infancia, la familia, el hogar, la ausencia, el perdón: ahí está mi materia. Lo íntimo no es menor; es fundamento. La verdad no necesita ornamento.

Defiendo una narrativa clásica, honesta, humana. Un lenguaje claro, preciso, capaz de sostener el silencio. Rechazo el sentimentalismo fácil y la urgencia del ruido. Prefiero la emoción contenida y el ritmo pausado que permite al lector reconocerse.

La figura materna, la memoria doméstica, los pequeños rituales —la cocina, la mesa, la espera— son mi territorio. Porque lo cotidiano también es épico cuando se cuenta con respeto.

Escribo para quienes no siempre tuvieron voz. Para que lo vivido no se pierda. Para que el pasado encuentre descanso en la palabra justa.

La literatura no me pertenece: me atraviesa.
Mi deber es servirla con verdad.

DMA


domingo, 4 de enero de 2026

A fuego lento, también hoy




Hay días en los que no pasa nada extraordinario.
Y, sin embargo, pasa todo.

Hoy es uno de esos días.
El mundo no se ha detenido, pero ha bajado el volumen. La prisa ha perdido importancia y el cuerpo —ese lugar donde se guarda la memoria— pide silencio, respeto y tiempo. Tiempo de los de antes. De los que no se miden en productividad, sino en respiraciones.

Escribir hoy no nace de la euforia. Nace de la necesidad.
De sentarse despacio, como se sentaban nuestros mayores a la mesa, sin saber si habría mucho o poco, pero con la certeza de que se compartiría.

El Niño que huele a canela no escribe cuando todo va bien.
Escribe cuando la vida aprieta, cuando caminar cuesta, cuando la noche se alarga más de la cuenta y el dolor se vuelve conversación obligada. Es entonces cuando aparecen las palabras justas. No muchas. Las necesarias.

Canela.
No como adorno, sino como memoria.
La canela no grita: acompaña. Endulza sin imponerse. Corrige sin borrar el sabor original. Así debería ser la vida cuando se vuelve difícil: fiel a lo que somos, aunque duela.

Hoy el cuerpo va más lento.
Y no pasa nada.
Porque ir despacio también es avanzar.

Este blog —y este libro— no nacieron para correr. Nacieron para quedarse. Para leerse con la misma calma con la que se removía una olla antigua al fondo de la cocina, mientras alguien decía: “esto necesita su tiempo”. Y tenía razón.

He aprendido que la dignidad no está en aguantarlo todo, sino en saber parar.
Que la fuerza no siempre se nota en las piernas, a veces se nota en la manera de mirar el día sin rencor.
Que escribir también puede ser una forma de cuidarse.

Hoy no prometo nada grandioso.
Prometo verdad.
Prometo no maquillar el cansancio ni disfrazar la esperanza. Prometo seguir aquí, escribiendo cuando se pueda, descansando cuando haga falta, y creyendo —como se creía antes— que las cosas importantes no se abandonan, se sostienen.

A fuego lento.
Como la vida cuando se hace mayor.
Como los libros que no buscan aplauso, sino compañía.

El Niño que huele a canela
DMA


sábado, 3 de enero de 2026

Cuando la música también huele a canela



Hay días en los que el mundo no pide ruido, sino compás.
Hoy es uno de esos días.

El Niño que huele a canela se ha levantado despacio, como se levantaban antes las cosas importantes: sin prisas, sin notificaciones, sin urgencias ajenas. Ha abierto la ventana lo justo para que entre el aire frío y ha dejado que la casa se llene de una música antigua, de esa que no se impone, que acompaña.

La música, cuando es buena, no distrae.
La música ordena.

Hoy no suenan canciones para presumir, suenan canciones para sostenerse. Canciones que no necesitan volumen porque ya tienen verdad. Canciones que no gritan porque saben esperar.

En el tocadiscos —o en la memoria— aparece Los Secretos.
Y con ellos vuelve todo: las cocinas pequeñas, las noches largas, los bares que cerraban tarde, las conversaciones que nunca se acababan porque nadie quería irse a casa. Hay grupos que no se escuchan: se habitan.

Después entra Joaquín Sabina, con su voz gastada y honesta, recordándonos que crecer no era esto, pero que rendirse tampoco. Sabina no canta para animar; canta para acompañar al que ya sabe que la vida no viene limpia de fábrica.

Y cuando el día pide un poco más de silencio, aparece Antonio Vega. Ahí la música ya no suena fuera, suena dentro. Es la banda sonora de quien mira por la ventana y entiende que la nostalgia no es tristeza, es memoria bien conservada.

El Niño Canela escribe mientras suenan estas canciones.
No para publicar, no para gustar. Escribe como se hacía antes: para no olvidarse de quién es.

La música tiene algo de cocina lenta.
No sirve con prisas. Hay que dejarla reposar, dejar que impregne. Como la canela: no se nota al principio, pero cuando falta, todo sabe menos.

Hoy la música no es fondo.
Hoy la música es refugio.

Porque hay días en los que no se puede correr, ni luchar, ni demostrar nada. Días en los que lo más valiente es sentarse, poner una canción, cerrar los ojos y recordar que uno sigue aquí. Entero. Digno. Vivo.

El Niño que huele a canela no busca himnos.
Busca canciones que le recuerden que todavía vale la pena escribir, sentir y quedarse un rato más.

Si hoy lees esto con música de fondo, hazlo despacio.
Como se vivía antes.
Como se escriben las cosas que importan.

DMA

El aroma que permanece

Hay aromas que no se olvidan. No porque sean intensos, sino porque son honestos. La canela es uno de ellos. No grita: acompaña. No invade: ...