martes, 6 de enero de 2026

Escribo desde la memoria y para la memoria.
No para embellecer el pasado, sino para ordenarlo, comprenderlo y salvar lo esencial.

Creo en la escritura lenta, en la frase trabajada con respeto, en la palabra que no grita. La literatura, para mí, es oficio antes que espectáculo. Se hereda como se heredan los gestos: con humildad y constancia.

No invento para huir de lo vivido. Escribo para darle dignidad. La infancia, la familia, el hogar, la ausencia, el perdón: ahí está mi materia. Lo íntimo no es menor; es fundamento. La verdad no necesita ornamento.

Defiendo una narrativa clásica, honesta, humana. Un lenguaje claro, preciso, capaz de sostener el silencio. Rechazo el sentimentalismo fácil y la urgencia del ruido. Prefiero la emoción contenida y el ritmo pausado que permite al lector reconocerse.

La figura materna, la memoria doméstica, los pequeños rituales —la cocina, la mesa, la espera— son mi territorio. Porque lo cotidiano también es épico cuando se cuenta con respeto.

Escribo para quienes no siempre tuvieron voz. Para que lo vivido no se pierda. Para que el pasado encuentre descanso en la palabra justa.

La literatura no me pertenece: me atraviesa.
Mi deber es servirla con verdad.

DMA


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