Hoy no pasa nada extraordinario.
Y, sin embargo, pasa lo más importante.
El Niño que huele a canela se sienta despacio, como se hacía antes. Sin prisas. Con un cuaderno apoyado en la mesa y la vida respirando al otro lado de la ventana. No hay fuegos artificiales ni grandes titulares. Solo el sonido del lápiz, el recuerdo del café caliente y esa certeza antigua de que escribir también es una forma de resistir.
Aprendí pronto que no todo debía decirse en voz alta. Que algunas cosas se conservan mejor si se escriben con cuidado, como se guardaban antes las fotos buenas en un cajón. La memoria no grita: susurra. Y quien sabe escucharla, encuentra refugio.
Este libro nació así. Sin estrategia. Sin cálculo. Como nacen las cosas que importan: por necesidad. Para ordenar la infancia, para reconciliarse con el pasado, para entender por qué ciertas heridas siguen oliendo a canela y no a rencor.
Hoy vuelvo a eso.
A lo sencillo.
A lo honesto.
A escribir porque sí.
Si has llegado hasta aquí, quédate un momento. No prometo respuestas, pero sí compañía. Y, a veces, eso es suficiente.
— El Niño Canela
DMA

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En El Niño que huele a canela cada palabra cuenta.