Hay mañanas que no empiezan con ruido, sino con memoria.
La cocina aún está fría, la luz entra despacio y el café tarda en hacerse, como si también él necesitara recordar de dónde viene. En esos instantes, cuando el día todavía no exige nada, el pasado se sienta conmigo a la mesa sin pedir permiso.
No llega como un golpe, llega como un olor.
A pan caliente. A detergente barato. A pasillo largo. A silencio compartido.
La memoria no grita: insiste.
Fui un niño que aprendió pronto a observar. En los márgenes, en las esquinas, en los lugares donde nadie miraba. Allí entendí que la vida no siempre se explica, pero se soporta. Que crecer no es olvidar, sino aprender a colocar cada recuerdo en su sitio para que no pese más de lo necesario.
Hubo cocinas grandes, con horarios estrictos y mesas largas. Lugares donde el hambre era real, pero también lo era la disciplina. Donde se rezaba antes de comer y se aprendía a callar después. En aquellos espacios, entre cucharas golpeando platos y miradas que evitaban cruzarse, descubrí algo esencial: la dignidad no depende de lo que te falte, sino de cómo te mantienes en pie cuando falta.
No todo fue duro. La memoria también guarda risas breves, complicidades silenciosas, canciones que se colaban por una radio vieja. Aprendí que incluso en los sitios más ásperos crece algo parecido al afecto. No siempre tiene nombre, pero existe. Y salva.
Con los años entendí que la herida no es el problema. El problema es negarla. Yo tardé, como tantos, en aceptar que lo vivido no se borra, se integra. Que no se trata de ajustar cuentas con el pasado, sino de mirarlo de frente y decirle: ya te he entendido.
Ser diferente nunca fue una elección, fue una constatación. Y durante mucho tiempo pensé que eso me alejaba del mundo. Hoy sé que me enseñó a mirarlo con más cuidado. La diferencia afina la sensibilidad, obliga a escuchar mejor, a leer los gestos pequeños. A sobrevivir, primero. A vivir, después.
El tiempo, que parece cruel cuando uno es joven, acaba siendo un aliado discreto. Coloca las cosas. Suaviza los bordes. Permite perdonar sin olvidar. Y enseña algo fundamental: no todo merece respuesta, pero casi todo merece comprensión.
Ahora, cuando escribo, no lo hago para ajustar cuentas ni para buscar consuelo. Escribo para ordenar. Para dejar constancia. Para que aquello que fue no se pierda en el ruido. Cada palabra es una forma de respeto hacia el niño que fui y hacia el adulto que sigo aprendiendo a ser.
La vida, al final, no se mide por los golpes recibidos, sino por la capacidad de sentarse en silencio y reconocerse entero. Con cicatrices, sí. Pero también con memoria, con oficio, con calma.
El café ya está hecho. La mañana avanza.
Y yo sigo aquí, escribiendo despacio, como se hacen las cosas importantes.
DMA / El Niño Canela

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