En esta foto aún no sabía que un día me llamarían El Niño Canela.
Ni siquiera sabía que un día escribiría sobre mí.
Solo estaba allí. De pie. En silencio. Intentando hacerlo bien.
Recuerdo ese tiempo como se recuerdan las cosas importantes: sin demasiados detalles, pero con una sensación clara en el cuerpo. La de estar aprendiendo algo que no se podía explicar con palabras. La de saber que el trabajo, si se hace con respeto, también puede ser una forma de hogar.
No era un momento especial. O eso creía entonces. Era un día más. Una sala preparada con cuidado. Las mesas puestas como me habían enseñado. Las copas alineadas. El mantel estirado sin arrugas. Yo, con la chaquetilla puesta, esperando. Siempre esperando. Aprendiendo a observar antes de moverme.
En aquel tiempo no hablaba mucho. Escuchaba. Miraba. Me equivocaba en silencio. Y volvía al día siguiente con la idea firme de mejorar un poco. Nadie me dijo que eso era carácter. Nadie me habló de vocación. Pero yo sentía que allí, entre mesas y paredes viejas, estaba aprendiendo a sostenerme.
No sabía casi nada de la vida, pero intuía algo importante: que las cosas bien hechas protegen. Que el orden calma. Que el respeto —por el espacio, por las personas, por uno mismo— acaba dejando huella.
No era feliz todo el tiempo. Tampoco estaba perdido. Estaba creciendo, aunque entonces no lo supiera. Estaba formándome sin palabras grandes, sin promesas. Solo con gestos pequeños y repetidos.
Hoy miro esta imagen y no veo un principio literario. Veo a alguien intentando estar a la altura. Intentando no fallar. Intentando no endurecerse. Veo a alguien que aún no tenía voz, pero ya tenía una manera de estar en el mundo.
El Niño Canela no nació ese día como nombre. Nació como necesidad. Como refugio interior. Como una forma lenta de salvarse sin ruido. A fuego bajo.
Todo lo que vino después —los libros, las palabras, la memoria— se apoya aquí. En este tiempo sin épica. En este aprendizaje silencioso. En este chico que aún no sabía que un día escribiría para entenderse.
Esta foto no es pasado.
Es raíz.
Aquí empezó todo.
Y sigo siendo, en el fondo, ese mismo chico que intenta hacerlo bien.
— El Niño Canela · DMA

No hay comentarios:
Publicar un comentario
Este espacio también es tuyo.
Si esta historia te ha despertado un recuerdo, una emoción o una sonrisa, déjalo aquí.
En El Niño que huele a canela cada palabra cuenta.