Hay días en los que el pasado no golpea. Llega en silencio, como ese primer aliento de canela en la mañana: discreto, pero profundo. Te sorprende en la penumbra de la memoria, sin estridencias, sin prisas, igual que se descubre el fuego lento cuando nadie mira.
El aroma no es un mero olor. Es un pacto con lo que fuimos. Con las cocinas donde nadie preguntaba por qué se hacía así, simplemente se hacía. Donde las manos sabían más que las palabras y el tiempo se contaba en cucharadas de memoria. Aquí, en esta mesa invisible que une generaciones, cada gesto repite lo que siempre ha sido. Porque hay saberes que no necesitan ser explicados para ser verdaderos.
El pasado nos sostiene. Lo hace igual que la canela sostiene a un guiso o a un pan templado: con firmeza, con paciencia, sin arrogancias. No se impone; acompaña. Y cuando nos hacemos mayores —o simplemente más conscientes— entendemos que la tradición no es una carga, sino un legado silencioso que nos enseña cómo mirar, cómo recordar y, sobre todo, cómo permanecer fieles a lo esencial.
No es nostalgia lo que buscamos aquí. Es reconocimiento. Saborear lo que nos alimentó, lo que nos modeló y lo que volvió nuestras manos rituales y humanas. Porque cocinar no fue nunca solo un acto técnico; fue —y sigue siendo— una manera de nombrar lo íntimo. Una forma humilde de decir: estuve aquí. Pensé. Recordé. Amé.
Hoy, cuando enciendo la cocina y dejo que el aroma despierte recuerdos, sé que cada gesto me ancla a un tiempo más lento, a una memoria más verdadera. Y sé también que escribir —como cocinar— es un acto de fidelidad: a quienes nos enseñaron, a quienes nos vieron crecer y a quienes no estarán, pero viven en el aroma de cada palabra.










