Hay aromas que no se olvidan. No porque sean intensos, sino porque son honestos. La canela es uno de ellos. No grita: acompaña. No invade: se queda. Así debería ser también un hombre bien hecho.
El mino que huele a canela no es una pose ni una moda. Es una forma de estar en el mundo. Es el que sabe llegar a tiempo, mirar a los ojos y sostener la palabra. El que entiende que la elegancia no se compra, se cultiva. Que el carácter se forja en el silencio, en la constancia, en la manera correcta de hacer las cosas, incluso cuando nadie está mirando.
Antes, los hombres sabían quiénes eran por lo que hacían cada día. Por cómo trabajaban, cómo comían, cómo se sentaban a la mesa. No necesitaban proclamarse nada. Bastaba con abrir una puerta, servir un café, cumplir una promesa. Ese legado no está perdido: está esperando ser retomado.
La canela huele a hogar, a fuego lento, a recetas heredadas. Huele a paciencia. A tiempo bien empleado. El mino que huele a canela entiende que lo bueno no se improvisa. Se construye. Como un guiso serio, como un libro bien editado, como una vida con sentido.
Hoy, en medio del ruido, reivindicamos al hombre que no corre detrás de todo, sino que camina firme hacia lo suyo. El que no busca agradar a todos, sino ser fiel a su criterio. El que respeta el pasado porque sabe que ahí están las bases de lo que vale la pena.
Si algo queda cuando uno se va, que sea esto: un aroma limpio, cálido y reconocible. Como la canela.









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