domingo, 11 de enero de 2026

Diario de domingo



Hoy es domingo.
Y los domingos, en el Mundo Canela, no se miden por el reloj, sino por la memoria.

Los domingos siempre fueron así: lentos, con olor a café recalentado, con una radio encendida en alguna parte de la casa y una melancolía suave que no dolía, pero tampoco se iba. Para el Niño Canela, el domingo no era descanso. Era reflexión. Era ese momento en que el corazón, al no tener que correr, empezaba a hablar.

En los centros de menores de los años ochenta, el domingo era especial. No por alegre, sino por distinto. Cambiaba el ritmo: había misa por la mañana, ropa algo más limpia, comida un poco mejor y un silencio más largo en los pasillos. Los curas hablaban de perdón, los educadores bajaban el tono, y los chicos —los que no encajábamos del todo— aprendíamos a mirar por la ventana sin saber muy bien qué esperábamos ver.

El Niño Canela solía sentarse junto al radiador frío, con las manos entre las rodillas, imaginando otro lugar. Un hogar que no existía. Una vida que aún no había llegado. Y mientras tanto, en la cabeza sonaban canciones. Aquellas canciones que parecían hablarle solo a él. Canciones de Los Secretos, de Radio Futura, de gente que cantaba bajito para no romper lo que dolía.

Porque había una verdad que nadie decía en voz alta:
ser diferente en aquellos lugares era aprender a resistir en silencio.

Los domingos eran más difíciles para los que no podíamos escondernos del todo. Para los que sentíamos más. Para los que sabíamos que éramos otra cosa, aunque aún no tuviéramos palabras para nombrarla. El Niño Canela lo sabía. Y por eso escribía. En cuadernos pequeños, en papeles sueltos, en la memoria.

Hoy, tantos años después, ese niño sigue aquí.

Vive en este blog.
Vive en cada historia.
Vive en cada persona que lee y reconoce algo propio en estas líneas.

Este domingo no es un día cualquiera. Es un recordatorio de que seguimos en pie. De que el tiempo ha pasado, pero la esencia permanece. Que el niño que sobrevivió a pasillos fríos, miradas duras y silencios largos ahora tiene voz, palabras y un mundo propio.

El Mundo Canela no es un refugio de fantasía. Es una forma de dignidad.

Aquí caben los que fueron niños solos.
Los que crecieron demasiado rápido.
Los que aprendieron a amar desde la herida.
Los que hoy solo quieren paz.

Que este domingo te encuentre despacio.
Que no tengas que demostrar nada.
Que puedas, aunque sea un rato, respirar sin miedo.

El Niño Canela sigue caminando.
Y mientras lo haga, nadie que se haya sentido pequeño volverá a estar solo.

DMA

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