Hay días en los que no hace falta mucho para seguir adelante.
No hacen falta grandes discursos ni promesas solemnes. A veces basta una taza caliente entre las manos, una canción antigua sonando de fondo o el olor persistente de la canela que recuerda que hubo cocinas donde nadie tenía prisa.
Las cosas que nos sostienen casi nunca son ruidosas.
Son discretas. Vienen del pasado. Se parecen mucho a lo que nos enseñaron quienes ya no están o a lo poco que aprendimos a cuidar cuando todo iba mal. Un gesto repetido, una costumbre humilde, una palabra dicha a tiempo.
Sostiene la memoria.
Sostiene saber de dónde venimos, incluso cuando no fue fácil. Sostiene aceptar que la vida no siempre se endulza, pero que puede hacerse más llevadera si se cocina a fuego lento, como se hacía antes, sin atajos y sin trampas.
Sostiene también la escritura.
Poner las cosas en orden, nombrarlas, mirarlas de frente. Escribir no para impresionar, sino para entender. Para dejar constancia de que, pese a todo, uno sigue aquí.
El niño que huele a canela nace precisamente de ahí: de las cosas pequeñas que no se ven, pero que sostienen una vida entera. No es un libro para correr, sino para acompañar. Para quienes saben que resistir también es un acto silencioso.
Hoy, como tantos otros días, conviene recordarlo:
no siempre nos sostienen las grandes victorias, sino aquello que cuidamos cuando nadie mira.
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Blog oficial:
https://elchicocanela.blogspot.com/

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En El Niño que huele a canela cada palabra cuenta.