Mundo Canela · historias y cocina tradicional

Historias para leer despacio, recetas para recordar.

El lugar donde los aromas de la infancia se convierten en palabras, platos de casa y pequeños rituales para compartir.

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La cocina del Niño Canela

Recetas tradicionales con memoria, hechas sin prisa.

01 · DULCES DE INFANCIA

Arroz con leche para volver a casa

Canela, limón y paciencia en una receta cremosa para cuatro recuerdos.

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02 · PLATOS DE CASA

Guisos que esperan a fuego lento

Una colección de platos sencillos, de los que llenan la cocina antes que el plato.

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03 · RECETAS CON HISTORIA

El sabor de las tardes de domingo

Recetas familiares contadas desde el recuerdo y explicadas paso a paso.

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Voces del libro

Palabras que se quedan

Una pequeña ventana a la memoria de El niño que huele a canela.

“La infancia no se mide por los regalos que se reciben, sino por los abrazos que faltan.”

— David Maroto Avilés, capítulo I

“En esas cucharadas lentas, comencé a intuir que cocinar era un acto de amor.”

— David Maroto Avilés, capítulo II

“El amor también puede ser un hogar. No un incendio. No una montaña rusa. Un hogar.”

— David Maroto Avilés, capítulo IV

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lunes, 19 de enero de 2026

PORQUE AHORA

 Escribo ahora porque antes no podía.

No porque no supiera juntar palabras, sino porque no sabía dónde colocarlas sin que me dolieran demasiado.

Durante mucho tiempo fui ruido, prisa, supervivencia.
Fui un niño que aprendió a callar antes que a hablar, a observar antes que a pedir.
La vida me enseñó a resistir, no a contar.
Y mientras uno resiste, no escribe: aguanta.

Me lancé a escribir cuando entendí que ya no estaba huyendo.
Cuando el silencio dejó de ser un enemigo y se volvió mesa, cuaderno y tiempo.
Cuando el cuerpo, cansado de pelear, pidió memoria.
Cuando el pasado dejó de morder y empezó a preguntar.

Escribo ahora porque ahora sé quién soy.
Porque ya no necesito inventarme una voz: la tengo.
Huele a cocina, a tardes largas, a música bajita, a cicatrices limpias.
Huele a canela.

Antes tenía heridas.
Ahora tengo historia.

Antes quería que me vieran.
Ahora quiero dejar algo para quien venga detrás.

Escribo porque entendí que lo vivido no era una carga, sino un legado.
Porque alguien tiene que decir que se puede salir del frío con las manos llenas de palabras.
Porque la dignidad también se escribe despacio, a fuego lento.

Me lancé a escribir cuando comprendí que no debía explicarme, sino ser honesto.
Cuando dejé de pedir permiso al pasado.
Cuando asumí que contar mi verdad no era traicionar a nadie, sino reconciliarme conmigo.

No escribo para brillar.
Escribo para poner orden.
Para dar nombre a lo que fue confuso.
Para que el niño que fui pueda sentarse tranquilo y decir:
—Ahora sí.

Por eso escribo ahora y no antes.
Porque ahora no sangro al recordar.
Ahora cocino la memoria.
Ahora soy el Niño Canela…
y ya no tengo miedo de contar mi historia.


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