No empecé a escribir pensando en una colección.
Empecé a escribir para no romperme.
Al principio solo había recuerdos sueltos.
Olores.
Cocinas pequeñas.
Radios encendidas.
Canciones que sonaban mientras la vida pasaba sin pedir permiso.
Escribí para entender de dónde venía.
Para poner orden en una infancia que no siempre fue sencilla.
Para darle nombre a cosas que durante años no lo tuvieron.
Con el tiempo, me di cuenta de algo:
no estaba escribiendo solo mi historia.
Estaba escribiendo una forma de mirar.
Una forma de contar lo que casi nunca se cuenta.
Las vidas discretas.
Los amores silenciosos.
Las heridas que no hacen ruido, pero pesan.
Mundo Canela nace ahí.
En esa necesidad de transformar lo cotidiano en memoria.
De convertir la cocina en refugio.
De hacer de la música un lugar al que volver.
De darle dignidad a todo lo que durante años fue pequeño, invisible o callado.
Cada libro de esta colección es una habitación de la misma casa.
En todas huele a algo conocido.
En todas suena una canción.
En todas hay una historia que alguien creyó que no merecía ser contada.
Aquí no hay héroes perfectos.
Hay personas que hicieron lo que pudieron.
Que amaron como supieron.
Que sobrevivieron cuando amar, ser o decir era más difícil.
No escribo para explicar el pasado.
Escribo para acompañarlo.
Para mirarlo sin miedo.
Para decirle: te veo, aunque llegues tarde.
Si estás leyendo esto, entras en un lugar donde no se grita.
Se escucha.
Donde no se juzga.
Se recuerda.
Mundo Canela no es una colección para correr.
Es una colección para quedarse un rato.
Para leer despacio.
Para reconocer algo propio en la historia de otro.
Esto es una invitación.
A sentarte.
A escuchar.
A recordar.
Porque, al final,
todas las vidas que pasan por aquí
tienen algo en común:
sobrevivieron.

No hay comentarios:
Publicar un comentario
Este espacio también es tuyo.
Si esta historia te ha despertado un recuerdo, una emoción o una sonrisa, déjalo aquí.
En El Niño que huele a canela cada palabra cuenta.