Hay días en los que no pasa nada extraordinario.
Y, sin embargo, pasa todo.
Hoy es uno de esos días.
El mundo no se ha detenido, pero ha bajado el volumen. La prisa ha perdido importancia y el cuerpo —ese lugar donde se guarda la memoria— pide silencio, respeto y tiempo. Tiempo de los de antes. De los que no se miden en productividad, sino en respiraciones.
Escribir hoy no nace de la euforia. Nace de la necesidad.
De sentarse despacio, como se sentaban nuestros mayores a la mesa, sin saber si habría mucho o poco, pero con la certeza de que se compartiría.
El Niño que huele a canela no escribe cuando todo va bien.
Escribe cuando la vida aprieta, cuando caminar cuesta, cuando la noche se alarga más de la cuenta y el dolor se vuelve conversación obligada. Es entonces cuando aparecen las palabras justas. No muchas. Las necesarias.
Canela.
No como adorno, sino como memoria.
La canela no grita: acompaña. Endulza sin imponerse. Corrige sin borrar el sabor original. Así debería ser la vida cuando se vuelve difícil: fiel a lo que somos, aunque duela.
Hoy el cuerpo va más lento.
Y no pasa nada.
Porque ir despacio también es avanzar.
Este blog —y este libro— no nacieron para correr. Nacieron para quedarse. Para leerse con la misma calma con la que se removía una olla antigua al fondo de la cocina, mientras alguien decía: “esto necesita su tiempo”. Y tenía razón.
He aprendido que la dignidad no está en aguantarlo todo, sino en saber parar.
Que la fuerza no siempre se nota en las piernas, a veces se nota en la manera de mirar el día sin rencor.
Que escribir también puede ser una forma de cuidarse.
Hoy no prometo nada grandioso.
Prometo verdad.
Prometo no maquillar el cansancio ni disfrazar la esperanza. Prometo seguir aquí, escribiendo cuando se pueda, descansando cuando haga falta, y creyendo —como se creía antes— que las cosas importantes no se abandonan, se sostienen.
A fuego lento.
Como la vida cuando se hace mayor.
Como los libros que no buscan aplauso, sino compañía.
— El Niño que huele a canela
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En El Niño que huele a canela cada palabra cuenta.