Los lunes no están hechos para correr.
Están hechos para poner la olla al fuego, escuchar el primer burbujeo y recordar por qué uno decidió seguir adelante.
En el mundo del Niño Canela los lunes siempre han sido así:
el día en que se limpia la mesa, se ordenan los papeles, se abre el cuaderno y se vuelve a creer.
Vengo de una vida donde nadie regalaba comienzos.
Ni en los centros de menores, ni en los pisos tutelados, ni cuando todo parecía perdido.
Allí aprendí que empezar de nuevo no es un lujo: es una disciplina.
Y eso es lo que representa este lunes.
No importa cómo haya terminado la semana anterior.
Importa cómo se pone hoy la primera piedra.
Con calma.
Con respeto.
Con la dignidad de quien no se rinde.
Esta semana el Niño Canela sigue caminando con su libro bajo el brazo.
El niño que huele a canela – A fuego lento ya está en manos de lectores que nunca me conocieron,
pero que reconocen en sus páginas algo que también les pertenece:
el miedo, la ternura, la memoria, la necesidad de hogar.
Eso es lo que hacemos aquí.
Construir hogar con palabras.
Hoy lunes no prometo milagros.
Prometo trabajo honesto.
Prometo seguir escribiendo.
Prometo seguir contando.
Prometo no maquillar el pasado ni traicionar al niño que fui.
Porque cada vez que alguien entra en este blog,
ese niño vuelve a sentarse a la mesa.
Y mientras haya una silla libre,
el guiso seguirá al fuego.
Que esta semana sea como debe ser:
lenta, firme y verdadera.
— El Niño Canela
DMA

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