jueves, 31 de julio de 2025

VERANO CANELA





Agosto huele a campo recién regado, a piel salada y a meriendas que no se olvidan.

En estos días de sol lento y descanso, la memoria también se tumba a la sombra y repasa sus veranos.
Yo recuerdo el de 1997. No hubo playa ni montaña, pero el comedor del centro tenía sabor a compota tibia y pan con aceite. Me quedaba en la escalera del patio hasta que el cielo se ponía rosa. No tenía a nadie, y sin embargo, no estaba solo: me acompañaban mis ganas de imaginar.

El niño que huele a canela sigue oliendo los veranos como entonces. Por eso, este blog no se detiene. Porque hay recuerdos que nunca se toman vacaciones.

Felices días de sol, lectores.

El Niño Canela 🍞




📦 Caja de recuerdos



Los objetos que me salvaron sin saberlo

En esta caja hay tres cosas que nadie me regaló, pero que me encontré en el camino.

Un cuaderno de tapas duras, rayado y con manchas de tinta.
Lo usé para escribir mi primer secreto:
que quería vivir, aunque no supiera cómo.
Cada página era un susurro, un refugio, una forma de hablar conmigo mismo sin pedir permiso.

Un auricular viejo, solo uno.
El otro estaba roto.
Por él me llegaban las canciones que me daban sentido,
esas que hablaban de huir, de resistir, de abrazar lo que uno es aunque nadie lo entienda.

Una piedra lisa, redonda, de río.
La llevaba en el bolsillo siempre.
No era por suerte. Era porque pesaba.
Me recordaba que existía, que no era invisible. Que tenía cuerpo. Que estaba aquí.


Y aunque el mundo se caía, yo tenía mi cuaderno, mi canción y mi piedra.
No era mucho.
Pero con eso, podía aguantar otro día.




TIEMPO PARA SOÑAR






“Aquel niño no tenía mucho… pero tenía un disco de Los Secretos, una rebanada de pan caliente, y tiempo para soñar. Y con eso, le bastaba para inventarse el mundo.”

Hay recuerdos que huelen a hogar, aunque el hogar no exista.

📘 El niño que huele a canela
Una historia real, para los que aprendieron a abrazarse a sí mismos.


GRACIAS


 Mi primer lector: gracias por abrir este libro



Hoy es un día especial.
No por cifras. No por ventas. Sino por lo que significa: alguien, en algún lugar, ha abierto El niño que huele a canela y ha decidido empezar a leerme.

Esa persona no sabe que su gesto vale más que cualquier estadística. Porque este libro nació en la soledad, entre pasillos fríos y silencios densos. Porque cada palabra que escribí fue un intento de no desaparecer.

Hoy, una primera venta.
Una primera mirada.
Una primera mano tendida al niño que fui.

Gracias por elegir este libro entre tantos.
Gracias por no pasar de largo.

A ti, que has abierto la primera página, te entrego este aroma de canela con gratitud, con temblor, con verdad.

Porque quizás no cambie el mundo,
pero ya ha cambiado el mío.

– El Niño Canela



miércoles, 30 de julio de 2025

OJOS DE GATA

🌿 A fuego lento, con ojos de gata


Por El Niño Canela

Hay aromas que no se van nunca. Se quedan pegados al alma como el vaho en los cristales de una ventana cerrada. El mío, ya lo sabes, es el de la canela. Pero también el de la tinta húmeda, la piel de los silencios y los recuerdos que no pidieron permiso para quedarse.

Hoy quiero hablarte del Volumen 1 de El niño que huele a canela, ese libro que no escribí con las manos, sino con cicatrices.
Lo abrí al azar esta mañana, y me encontré con una frase que decía:
"El niño que fui no sabía que lo mejor de él era su fragilidad."
Y me quedé quieto. Como si alguien me susurrara al oído algo que ya sabía, pero había olvidado.

Y entonces sonó en la radio una canción de Los Secretos, esa que tantas veces me salvó sin saberlo:

“Me dijeron que te vieron sola, llorando, no sé por qué... Ojos de gata, labios de fresa…”

Y me acordé de ella. De esa parte de mí que aún espera, que aún confía, que aún ama.
Porque todos llevamos dentro una gata herida, una promesa rota, una canción a medio terminar.
Este libro no pretende salvar a nadie, pero quizás logre acompañar.
Como lo hacen esas canciones que no se olvidan.


Si aún no lo has leído, este es tu momento.
Déjate llevar por el aroma del pan de anís, las cocinas de los centros tutelados, las cartas que nunca se enviaron, y los abrazos que aún arden.

📘 El niño que huele a canela: a fuego lento
🌐 Disponible en Kindle y papel en Amazon.



Gracias por seguir ahí, a fuego lento,
con ojos de gata y palabras que aún duelen bonito.

– El Niño Canela



PERO A TU LADO , HUELE A CANELA



🌿

“Pero a tu lado, huele a canela”

Firmado: El Niño Canela

Hay canciones que no se escuchan: se respiran. Como el pan recién hecho, como la canela al abrir el cajón de la infancia.
Hoy sonaba “Pero a tu lado” de Los Secretos, y no pude evitar cerrar los ojos. La letra entraba suave, como si alguien me la cantara desde un rincón de aquellos centros que aún llevo en los huesos.

“He muerto y he resucitado / con mis cenizas un árbol he plantado”

Yo también morí muchas veces en aquellas habitaciones compartidas, entre normas que apretaban más que el frío, entre abrazos que se daban a medias y silencios que duraban semanas. Pero planté un árbol. Era pequeño, torcido, lleno de cicatrices, pero era mío. Y olía a canela.

A veces me pregunto qué habría pasado si hubiera tenido una voz así, al lado, diciéndome que el dolor también pasa, que resucitar no es cosa de santos, sino de niños que lloran en silencio y aún así madrugan al día siguiente.

“He navegado en cien mares y atracado en cien ríos”

Los mares eran las mudanzas emocionales, los cambios de centro, las despedidas forzadas. Y los ríos, los amigos que me tendieron la mano —como Aarón, como Josep— y que aún hoy siguen flotando en mi memoria.

Hoy escribo esto con una taza de anís y canela al lado, el mismo aroma que me salvó tantas veces. Y la canción sigue sonando, como si supiera que el Niño Canela necesita de vez en cuando un poco de música para no romperse del todo.

Porque sí: vivir con cicatrices también puede oler bonito.



PAN MOJADO



🌟 Capítulo breve: “El pan mojado”

Era invierno en Granollers y los cristales amanecían cubiertos de vaho. El comedor del centro olía a leche tibia y a ese pan mojado que nos daban cuando no había galletas. A mí me gustaba ese pan. Sabía a todo lo que no teníamos: a consuelo, a casa, a la abuela que nadie recordaba pero que seguro horneaba cosas dulces.

Aarón siempre se lo daba a Josep. Yo lo miraba, en silencio, fingiendo que no tenía hambre. Pero una mañana, cuando la monitora se dio la vuelta, Josep partió su pan mojado en tres. Y esa fue la primera vez que alguien me eligió sin tener que hacerlo.

Guardé ese trozo de pan como se guarda una promesa. Y desde entonces, cada vez que huelo el vapor de un desayuno pobre, recuerdo que fuimos niños que compartieron lo poco, no por carencia, sino por ternura


que viene .....



*🎉 ¡Atención, atención! 🎉*  
Llega el único, el inigualable…  
*¡El Niño que Huele a Canela! 🌟*  
Dulce, misterioso y 100% natural.  
A donde va, deja una estela de magia y pan recién horneado. 🍞✨

¿Problemas con el mal humor?  
¿Tu día necesita un giro aromático?  
¡Solo sigue el rastro de canela y déjate sorprender!

*El Niño que Huele a Canela*  
No es perfume… ¡es leyenda. 🌬️🍂**

martes, 29 de julio de 2025

ya llega

📘 El Chico Canela – Volumen I ya está disponible

Hoy por fin comparto algo más que un libro. Comparto una vida. Una infancia marcada por la ausencia, por los centros tutelados, por las camas vacías y los silencios prolongados. Pero también por la fuerza, la ternura y el aroma constante de la canela, que me acompañó incluso cuando no había nada más.

Este primer volumen de El niño que huele a canela es una carta abierta al niño que fui y al lector que quiera asomarse a mi historia sin prejuicios. No es una autobiografía al uso, es una memoria contada con el corazón. Con verdad, con cicatrices, con cocina, con amor.

“Dormía en la cama de arriba, la que crujía. Abajo dormía Josep, que no hablaba mucho pero me cubría cuando tenía frío. Yo no tenía nada, salvo el olor a canela que alguien, alguna vez, dejó caer entre mis sábanas. Era mi forma de sobrevivir: oler el recuerdo de algo dulce para soportar lo salado del abandono.”



Si has llegado hasta aquí, si te han conmovido mis palabras o te has visto reflejado entre líneas, te invito a leer el libro completo. Está disponible 

para que lo leas con calma, con tus tiempos, en silencio o en voz alta, como prefieras. Yo solo quiero que este fuego lento llegue a alguna parte.

🌿 Gracias por leerme. Por quedarte. Por oler a memoria y por dejar que este niño —que todavía camina conmigo— también camine contigo.

— El Niño Canela

🪶 Caja de Memoria





"Volver a ser el que fui cuando nadie miraba"

Había una canción que me dolía.
Pero la escuchaba igual.
La ponía bajito, en una radio que apenas funcionaba, justo antes de dormir.
No por masoquismo.
Por fidelidad.

Era de Los Secretos.
No recuerdo si era "Ojos de Gata" o "Pero a tu lado", porque todas me dolían igual.
O mejor dicho: me dolían bien.
Me acompañaban.

A veces, mientras fregaba platos en la cocina del centro, me imaginaba que alguien llegaría a buscarme.
Que al abrir la puerta sonaría esa canción como en las películas.
Y que yo, por fin, podría abrazar sin miedo.
Pero no venía nadie.
Venía la espuma, la grasa, el frío.
Y la canción.

"Y ahora que no hay nada que perder… me dices que me vas a enloquecer..."

En El Niño Canela I, conté muchas cosas.
Otras, me las guardé.
Por pudor, por protección.
Pero hoy las saco aquí, en esta caja de memoria, como quien abre un cajón con miedo pero sin rabia.

Había una manta gris.
Había un cuaderno sin tapas.
Había una cinta con canciones grabadas desde la radio, con interferencias y todo.
Yo escribía los títulos de las canciones como si fueran claves para sobrevivir.

“Déjame” fue mi himno cuando no sabía decir que me dolía.
“Cambio de planes” fue mi forma de aceptar que el futuro no iba a ser como lo contaban en los cuentos.
Y “Por el boulevard de los sueños rotos”, aunque no era de ellos, la cantaba como si me la hubieran escrito en la frente.

Cuando publiqué el primer volumen, muchos lectores me dijeron que les olía a canela, a pan tostado, a casa.
Pero lo que no sabían es que cada capítulo tenía un acorde de fondo.
Una estrofa escondida.
Una guitarra tímida que aún hoy me tiembla por dentro.

El Niño Canela no sería el mismo sin esas canciones.
Sin esa radio oxidada.
Sin ese adolescente que se cantaba bajito para no desaparecer.

Y por eso, hoy, si me preguntan por mis influencias, no digo autores.
Digo:
"una cocina, una manta, y Los Secretos sonando en la noche".

Ahí aprendí a escribir.
A resistir.
A llorar sin hacer ruido.
Y a amar sin garantías.



CANELA




El Niño Canela nació una noche de julio de 2023.

No como un personaje, sino como un refugio.

No como un nombre artístico, sino como una necesidad urgente de nombrarme desde otro lugar.

Un lugar donde la memoria no fuera solo dolor, sino también alimento.


Durante años guardé silencio.

Llevaba dentro un niño que nunca tuvo casa, que creció entre pasillos fríos, que aprendió a leer antes que a confiar.

Un niño que olía a canela cuando todo lo demás olía a lejía, a papeles sellados y a sopa de sobre.


Un día entendí que la única manera de no convertirme en piedra era escribir.

Y que para escribir desde la herida sin sangrar a los demás, necesitaba hacerlo desde un nombre nuevo.

Así nació El Niño Canela: como identidad poética, como escudo emocional, como puente entre el hombre que soy y el niño que aún me habita.


Este blog —y el libro que lo acompaña— es una mezcla consciente de realidad y ficción.

He narrado desde la experiencia, sí, pero también desde el deseo, la ausencia y la imaginación.

Algunos hechos ocurrieron tal cual los relato. Otros han sido transformados o reinventados para proteger a quienes estuvieron allí o para protegerme a mí.


No es una autobiografía exacta.

Es un acto de memoria emocional.

Una cocina donde se cuecen traumas, ternuras, platos sencillos y palabras con olor a infancia.


Si alguien se reconoce en estos textos, le pido que no los lea como acusación ni ajuste de cuentas.

No hay rencor aquí.

Solo un intento honesto de comprender lo vivido, de nombrar lo innombrable y de rendir homenaje a los invisibles: los niños de centros, los hijos del miedo, los que crecimos sin manual.


Este proyecto no busca incomodar a nadie, sino abrazar desde la distancia del tiempo y la lucidez que da la escritura.

No hay intención de herir, sino de curar.


Gracias por estar aquí.

Gracias por leer con el alma abierta.

Y gracias, sobre todo, por dejarme ser este niño que huele a canela… y que por fin aprendió a contarse sin vergüenza.


Con ternura y respeto,


El Niño Canela


LA LECHE DE LA MAÑANA




Hay mañanas en las que el mundo se detiene, como si el sol saliera despacito solo para no despertarte del todo.

En mi infancia, esas mañanas eran escasas.

Pero cuando llegaban, lo hacían con olor a leche caliente y una ramita de canela que flotaba como un milagro dentro de la olla.


No teníamos mucho, pero ese gesto —poner canela a la leche— era una declaración de ternura.

Una forma de decir: "Hoy estás a salvo".

Yo bebía lento, como si pudiera quedarme a vivir dentro de esa taza.


A veces, la memoria no necesita palabras. Solo vapor.


☕ Receta: Leche con canela y miel (la del alma)


Ingredientes

– 500 ml de leche entera (o vegetal, si así lo dicta tu cuerpo)

– 1 rama de canela

– 1 cucharadita de miel (o azúcar moreno)

– Piel de medio limón (opcional)


Preparación


1. En un cazo, calienta la leche junto con la rama de canela y la piel de limón.



2. Cuando comience a humear, baja el fuego y deja que infusione 5 minutos.



3. Retira del fuego, cuela si lo deseas y añade la miel.



4. Sirve caliente, en taza gruesa, sin prisa.



5. Acompaña con silencio, una manta o una historia por contar.


LA COCINA DE LOS VIERNES POR LA TARDE




Los viernes por la tarde tenían un ritmo distinto.

Algo cambiaba en el aire, como si el centro entero se aflojara un poco el cinturón.

Las cuidadoras hablaban más bajo, los pasillos olían a lejía y promesa.

Y a veces, solo a veces, uno de nosotros conseguía colarse en la cocina.


Ese día fui yo.

Entré con las manos en los bolsillos y el corazón latiendo como si fuera delito.

La señora Pilar —que nos trataba como a personas incluso cuando no lo merecíamos— me miró de reojo y me dijo:

—Si no sabes batir huevos, fuera.

No supe si bromeaba, así que me puse a batir.


Aquella tarde hicimos tortitas dulces de sartén, con harina y cariño, sin receta escrita, pero con memoria suficiente.

Ella medía “a ojo”, pero con precisión de relojero.

Yo pensaba que cocinar era complicado, pero la verdad es que solo hacía falta que alguien te enseñara a esperar.

Y a no tener miedo de fallar.


Cuando me dejó probar la primera, aún humeante, pensé que ojalá todos los viernes terminaran así:

con una sartén, dos huevos y alguien que no se ha rendido contigo.



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🥞 Receta: Tortitas dulces de sartén al estilo de la señora Pilar


Ingredientes:


1 huevo


100 ml de leche


100 g de harina


2 cucharadas de azúcar


1 pizca de sal


1/2 cucharadita de canela (opcional)


Aceite o mantequilla para la sartén



Preparación:


1. En un bol, bate el huevo con el azúcar y la leche.



2. Añade la harina poco a poco, la sal y la canela, mezclando hasta que no queden grumos.



3. Calienta una sartén pequeña con un poco de aceite o mantequilla.



4. Vierte una pequeña cantidad de masa y cocina por ambos lados hasta que esté dorada.



5. Sirve calientes, con azúcar espolvoreada, mermelada, o lo que tengas a mano.




Consejo de la señora Pilar:

“La primera nunca sale bien. Y está bien que así sea.”


TARDES DE MANZANA CALIENTE




A veces, en las tardes lentas del centro, cuando el mundo parecía quedarse quieto tras las rejas del patio, bajábamos a la cocina buscando algo que no sabíamos nombrar. No era hambre exactamente. Era otra cosa. Algo que dolía por dentro y que pedía abrigo.


Josep, con su sonrisa ladeada y sus manos de aprendiz de mago, se metía en el pequeño cuartito donde guardaban las frutas y salía con manzanas algo arrugadas, como si las hubiese elegido a propósito por su tristeza.

—Están perfectas —decía—. Solo necesitan calor.


Entonces encendíamos el horno viejo, ese que olía a recuerdos tostados, y comenzaba el ritual. No había prisas. Solo murmullos, pasos suaves, y el sonido del cuchillo pelando.


Las manzanas se cocían despacio, envueltas en canela, azúcar y un poco de mantequilla robada con permiso.

El aire se llenaba de ese olor que te abriga por dentro.

Era nuestro hechizo secreto.

Nuestro modo de decirnos “estoy aquí”.


Y cuando por fin salían del horno, con la piel rota y el alma tierna, las servíamos sobre pan del día anterior.

Calientes.

Sinceras.

Como un abrazo que no supimos darnos, pero que se entendía igual.


Aquel día, mientras comíamos en silencio, pensé que tal vez la felicidad era eso.

Una cucharada de compota compartida entre amigos que no eliges, pero que se vuelven hogar.



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🍎 Receta: Compota de manzana caliente con canela


Ingredientes:


4 manzanas maduras (las que tengas, incluso feas)


1 cucharada de mantequilla


2 cucharadas de azúcar moreno


1 cucharadita de canela en polvo


Opcional: unas pasas, un chorrito de zumo de limón



Preparación:


1. Pela las manzanas y córtalas en trozos medianos.



2. En una sartén grande, derrite la mantequilla a fuego bajo.



3. Añade las manzanas, el azúcar, la canela (y el limón si usas).



4. Cocina todo a fuego lento, removiendo de vez en cuando, hasta que las manzanas estén tiernas y empiecen a deshacerse (15–20 minutos).



5. Sírvela caliente sobre pan tostado o sola, en un cuenco humilde.




Se come mejor si estás acompañado.

Y si no, piensa en alguien que te habría abrazado.

EL CAJÓN DE LOS MANTELES BORDADOS

🪡 El cajón de los manteles bordados


Había un cajón en casa que casi nadie abría.

No tenía cerradura, pero sí algo más fuerte: el respeto.

Dentro dormían los manteles bordados de la abuela, con iniciales deshilachadas y flores que parecían pintadas por el tiempo.


Ese cajón olía a almidón, a casa limpia los domingos por la tarde, a las manos que ya no están.

Cuando era niño me gustaba abrirlo a escondidas, meter la cara entre los paños como quien se asoma a un mundo secreto.

Aquel aroma a lino antiguo y lavanda me enseñó que no todas las memorias son ruidosas.

Algunas huelen a descanso.

A sobremesa.

A canela.


Recuerdo especialmente uno: blanco con bordes celestes. Lo usaban solo en ocasiones especiales. Cuando alguien importante venía. O cuando, sin decirlo, nos hacíamos falta.

Sobre él descansaban platos de loza, jarritas de leche templada y rebanadas de pan con mantequilla y azúcar.

No era una fiesta, pero lo parecía.


Hoy he vuelto a sacar ese mantel. Está un poco más frágil. Como yo.

Lo he puesto sobre la mesa con cariño. He preparado una merienda sencilla.

Y he pensado que los manteles no son para guardarlos.

Son para contar historias en voz baja.

Con las manos ocupadas.

Y la boca llena de infancia.




🥣 Receta: Pan con mantequilla tostada y azúcar


Ingredientes:


4 rebanadas de pan del día anterior


2 cucharadas de mantequilla (a temperatura ambiente)


2 cucharadas de azúcar


Opcional: una pizca de canela o ralladura de limón



Preparación:


1. Tuesta ligeramente las rebanadas en una sartén o tostadora.



2. Úntalas con la mantequilla mientras aún están calientes.



3. Espolvorea azúcar por encima (y un toque de canela si quieres).



4. Si te animas, pasa las rebanadas unos segundos por la sartén, con el azúcar hacia abajo, hasta que caramelice.




Sírvelas sobre un mantel viejo.

Con una infusión.

Y un poco de silencio.




GACHAS PARA LOS DÍAS SIN NOMBRE






Hay días que no llegan a ser días.

No son lunes, ni jueves, ni festivos.

Son esos huecos del calendario donde uno se levanta como por inercia, donde la memoria duele más que el cuerpo y uno se pregunta: ¿cuánto tiempo más puedo sostener esta tristeza sin que se me note?


En los centros donde crecí, había mañanas frías en las que nadie hablaba. Nos servían un desayuno aguado, sin sabor, sin alma. Y sin embargo, algo dentro de mí imaginaba un desayuno distinto.

Unas gachas calientes. Una mesa pequeña. Una cucharita de madera. Alguien que dijera: “tranquilo, hoy no tienes que ser fuerte”.


No lo tuve.

Pero me lo inventé.

Y hoy, cuando preparo esta receta, siento que por fin me lo estoy dando.



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🍯 Receta del día: Gachas dulces de avena, almendra y miel


Ingredientes (para 1 alma herida):


250 ml de leche vegetal (almendra o avena, ideal)


4 cucharadas de copos de avena


1 cucharada de crema de almendra


1 cucharadita de miel pura


1 pizca de sal


Toppings: almendras laminadas, fruta fresca, un poco de ralladura de limón



Preparación:


1. Calienta la leche en un cazo pequeño junto con la avena y la sal.



2. Cocina a fuego lento, removiendo sin prisa, hasta que espese (unos 6–8 minutos).



3. Apaga el fuego. Añade la crema de almendra y mezcla bien.



4. Sirve en un cuenco, corona con la miel y los toppings.



5. Tómalo caliente, sentado, sin mirar el móvil.



6. Y si puedes, sonríe un poquito. El niño que fuiste te está mirando desde algún rincón.






lunes, 28 de julio de 2025

RECETA CON ALMA



Infusión reconfortante de canela y jengibre


Ingredientes (2 tazas):


500 ml de agua


1 rama de canela


2 rodajas finas de jengibre fresco


1 cucharada de miel



Elaboración:


1. Hierve el agua con la rama de canela y el jengibre durante 5 min.



2. Retira del fuego, tapa y deja reposar 5 min más.



3. Cuela la infusión, endulza con miel al gusto y sirve caliente.




Tiempo: 15 min.




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4. Desarrollo reflexivo


Cada sorbo de esta infusión reúne la dulzura de la canela y el calor punzante del jengibre, tal como mi pasado mezcla ternura y desafío. Es un recuerdo líquido: calma la mente y reconecta con aquel niño que aprendió a encontrar consuelo en el aroma de lo sencillo.






Ahora te invito a construir tu propio Top 10 aromático.


> ¿Qué diez olores han marcado tu historia?


PAN DE ANÍS Y CANELA


 Pan de anís y canela un olor que no olvido 



Introducción

Hay aromas que no se olvidan: el pan recién horneado, tibio, con el toque sutil de anís y canela que inundaba cada rincón de aquel centro tutelado. Esta receta fue mi primer refugio, mi lazo con la memoria y el calor humano.


Ingredientes

  • 500 g de harina de fuerza
  • 10 g de sal
  • 25 g de levadura fresca (o 7 g de levadura seca)
  • 300 ml de agua templada
  • 50 g de azúcar
  • 1 cda. de anís en grano (triturado)
  • 1 cda. de canela en polvo
  • 30 ml de aceite de oliva virgen extra

Elaboración

  1. Activar la levadura
    Disuelve la levadura y una cucharadita de azúcar en el agua templada. Deja reposar 10 min hasta que empiece a formar espuma.

  2. Mezclar los secos
    En un bol amplio, tamiza la harina junto a la sal, el resto del azúcar, el anís triturado y la canela.

  3. Amasado inicial
    Vierte el agua con levadura y añade el aceite. Amasa 10 min, hasta obtener una masa lisa y elástica.

  4. Primer levado
    Forma una bola, colócala en un bol engrasado y cubre con film. Deja fermentar 1 h en un lugar cálido, hasta que doble volumen.

  5. Formado y segundo levado
    Desgasifica suavemente, da forma al pan (barra o bollo) y deja reposar 30 min más.

  6. Horneado
    Precalienta el horno a 200 °C. Hornea 25–30 min, o hasta que la corteza sea dorada y al golpear la base suene hueca.


Memoria y sabor

Este pan me enseñó que, a fuego lento y con las especias adecuadas, se cuecen también los recuerdos. Cada bocado me devolvía a aquellas tardes compartidas con Aarón y Josep, buscando en el aroma de la canela el consuelo que el silencio no podía dar.



Prueba esta receta en tu cocina y comparte aquí tus fotos o anécdotas. ¿Qué aroma de tu pasado te reconforta?

Y si quieres conocer mi historia completa, “El niño que huele a canela: a fuego lento” ya está disponible en Amazon KDP.


David Maroto Avilés

El aroma que permanece

Hay aromas que no se olvidan. No porque sean intensos, sino porque son honestos. La canela es uno de ellos. No grita: acompaña. No invade: ...