Los objetos que me salvaron sin saberlo
En esta caja hay tres cosas que nadie me regaló, pero que me encontré en el camino.
Un cuaderno de tapas duras, rayado y con manchas de tinta.
Lo usé para escribir mi primer secreto:
que quería vivir, aunque no supiera cómo.
Cada página era un susurro, un refugio, una forma de hablar conmigo mismo sin pedir permiso.
Un auricular viejo, solo uno.
El otro estaba roto.
Por él me llegaban las canciones que me daban sentido,
esas que hablaban de huir, de resistir, de abrazar lo que uno es aunque nadie lo entienda.
Una piedra lisa, redonda, de río.
La llevaba en el bolsillo siempre.
No era por suerte. Era porque pesaba.
Me recordaba que existía, que no era invisible. Que tenía cuerpo. Que estaba aquí.
Y aunque el mundo se caía, yo tenía mi cuaderno, mi canción y mi piedra.
No era mucho.
Pero con eso, podía aguantar otro día.

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En El Niño que huele a canela cada palabra cuenta.