sábado, 29 de noviembre de 2025

El silencio que también cuenta


 El silencio que también cuenta

Hay días en los que no hace falta una gran historia para escribir, basta con escuchar el propio silencio. Ese silencio que acompaña cuando uno repasa lo vivido, cuando mira hacia atrás y reconoce en aquel niño —el que olía a canela— la raíz de todo lo que hoy sostiene la vida.

Esta mañana he pensado en él. En su forma de esperar sin perder la esperanza, en su capacidad de imaginar un futuro aun cuando el presente era estrecho. Y me he dado cuenta de que, aunque el tiempo haya pasado, sigue guiando mis pasos. No con palabras, sino con esa intuición que nace de haber aprendido a sobrevivir con poco.

Escribir sobre él es escribir sobre mí, pero también sobre todos los que alguna vez se sintieron fuera de lugar y aun así continuaron. La literatura me ha enseñado que cada cicatriz tiene su ritmo, su manera de hacerse visible, su temperamento. No todas duelen igual, pero todas empujan hacia adelante si uno sabe escucharlas.

Hoy elijo honrar ese silencio que también cuenta. Ese espacio íntimo donde uno se reconcilia con su pasado y comprende que la verdadera fortaleza no viene de lo que mostramos, sino de lo que hemos tenido que aprender a callar.

A veces basta una memoria, una canción de Los Secretos o el olor a algo que ya no existe. Y en ese instante, uno vuelve a ser aquel niño que soñaba con una vida tranquila, rodeada de los suyos.

Quizás hoy no haga falta más.
Solo recordar de dónde vengo para entender hacia dónde quiero seguir caminando.

DMA

martes, 25 de noviembre de 2025

Cuando la memoria vuelve con olor a invierno




Hoy he despertado con el aroma de la canela más presente que nunca, como si el aire quisiera recordarme que no todo lo vivido se pierde, que algunas cosas regresan para acomodarse en el pecho con una suavidad inesperada. Hay días así: silenciosos, templados, casi antiguos. Días que huelen a cocina lenta, a historias que se remueven sin prisas.

Mientras caminaba por la ciudad, he reconocido rincones que parecían dormidos. La barbería que ya no existe, la vieja tienda de ultramarinos donde el tiempo se guardaba en tarros de cristal, y ese portal donde solía esperar a que alguien me prestara un poco de mundo. Uno crece, se endurece, trabaja, ama y se equivoca… pero siempre queda dentro un eco que nos llama por nuestro nombre de niño.

Hoy ese eco sonaba fuerte.

Quizá por eso me he sentado a escribir, para sostener un poco ese temblor que deja la memoria cuando vuelve sin avisar. Para recordarme que no estoy hecho solo de heridas, sino también de pequeños milagros: una canción de Los Secretos, una sobremesa tranquila, la mano de quien te quiere, el olor del hogar que uno aprende a construir cuando por fin tiene calma.

El Niño Canela me mira desde atrás, como preguntándose si he aprendido algo. Supongo que sí. Aprendí que la dignidad no se grita: se vive. Y que la felicidad, cuando llega, exige una casa abierta y un corazón humilde para recibirla.

Hoy no traigo grandes historias. Solo un pensamiento sencillo:
a veces basta una chispa de aroma para entender que seguimos aquí, de pie, y que el invierno también sabe abrazar.

DMA


sábado, 22 de noviembre de 2025

El eco tibio de las cosas sencillas


Hay mañanas que no necesitan grandes gestos para dejar una huella en el alma. A veces basta el sonido de una cazuela vieja al colocarse sobre el fuego, el olor tímido del pan tostándose o la luz que entra inclinada por la ventana, como si quisiera pedir permiso para despertarnos.

Hoy he recordado aquellos días en los que, aun sin saberlo, la vida me enseñaba a reconocer el valor de lo pequeño. Una taza caliente entre las manos. Las migas sobre el mantel. KUKY 


moviéndose despacio, sin ruido, como si cada gesto suyo fuese una oración hecha con paciencia.

En aquel silencio dulce descubrí que la felicidad rara vez llega corriendo; suele venir despacio, a fuego lento, como todo lo que merece quedarse.
Y quizá por eso sigo buscando ese eco tibio en cada jornada: un olor, una palabra, un instante que me devuelva a la verdad que nunca se pierde… la de las cosas sencillas que nos sostienen.


jueves, 20 de noviembre de 2025

El aroma que todo lo nombra

Hoy el calendario me recuerda algo profundo: es el Día Universal de la Infancia , ese día en que el mundo entero se detiene para pensar en los niños que fuimos, en los niños que son, en los niños que merecen un mundo más cálido. Y yo, desde este rincón de memoria y canela, no puedo evitar sentir que cada palabra que escribo es un abrazo a ese niño que aún vive en mí, el que huele a canela, el que guardaba secretos en los bolsillos y miraba el mundo con los ojos abiertos de par en par.​


Hoy celebro a San Edmundo , el rey justo que eligió la fidelidad por encima de todo, ya San Félix de Valois , el que dedicó su vida a liberar cautivos. Pienso en cómo la infancia misma es una especie de cautiverio hermoso: estamos atrapados en un tiempo que no volverá, en olores que nos persiguen, en sabores que nos definen. Y sin embargo, esa jaula de recuerdos es también nuestra mayor libertad, porque nos enseña quiénes somos.​


Hoy, en el Mundo Canela , el aire huele a hogar. Huele una infancia rescatada, una verdad emocional, a esos pequeños gestos cotidianos que construyen una vida entera. Pienso en los niños de Villa Nueva de la Fuente, los que corrían por las calles de tierra mientras el aroma de la canela se colaba en cada rincón de la memoria. Pienso en cómo niños esos —todos ellos, todos nosotros— merecemos ser recordados, celebrados, protegidos.​


La infancia no es sólo un tiempo pasado. Es un territorio al que podemos regresar cada vez que cerramos los ojos y dejamos que los aromas nos guían de vuelta a casa. Hoy celebro a ese niño que fui, al niño que soy, al niño eterno que habita en cada página de este universo narrativo. Porque el tiempo es fuego lento , y la memoria, canela que endulza todo lo vivido.


Bienvenido al Mundo Canela .



DMA

miércoles, 19 de noviembre de 2025

MI TAZA

Había una taza en la cocina de la casa de acogida. Era blanca, con una grieta fina que la atravesaba como un río seco. Nadie la usaba. Decían que estaba rota, que no servía. Que había que tirarla.

Pero yo la elegía siempre.

La primera vez que la vi, estaba al fondo del armario, escondida entre las tazas perfectas. Las otras eran de colores brillantes, con dibujos de flores o frases motivadoras que nadie leía. Esta era simple. Blanca. Agrietada. Y por eso mismo, mía.

Cada mañana, cuando el resto de los niños aún dormían, yo bajaba a la cocina en silencio. Sacaba esa taza del armario con cuidado, como si fuera un secreto. La llenaba con leche tibia que calentaba en el microondas, y luego le añadía canela. Siempre canela.

Mientras la sostenía entre mis manos, sentía su calor atravesar la grieta. Y me daba cuenta de algo extraño: la grieta no hacía que la taza fuera menos útil. Solo la hacía diferente. Solo la hacía reconocible.

Esa taza y yo éramos iguales. Agrietados, pero aún capaces de contener algo caliente. Aún útiles. Aún vivos. Aún elegibles.

A veces, una de las educadoras entraba y me veía allí, con mi taza rota en las manos. Sonreía y no decía nada. Creo que ella también entendía que hay cosas que no se tiran, aunque estén rotas. Que hay grietas que no necesitan ser reparadas, solo aceptadas.

Las cosas rotas no piden perdón. Solo piden que alguien las mire sin miedo. Que alguien las elija, precisamente por lo que son.

Y esa taza me enseñó algo que nunca olvidé: que lo roto también puede ser refugio. Que lo imperfecto también puede ser hogar.

Hoy, cuando preparo mi café con canela, siempre busco la taza que tiene alguna pequeña marca. Alguna grieta. Alguna historia.

Porque sé que esas son las que más te necesitan. Y las que más te entienden.

— DMA / El Niño Canela 


lunes, 17 de noviembre de 2025

El estudiante con camiseta de Spider-Man


En el universo de "El niño que huele a canela", cada fotografía es una ventana que no se cierra. Hoy miro esa imagen mía: el pequeño de mirada dulce frente a un fondo escolar lleno de colores, con mi camiseta de Spider-Man como armadura inocente.

Spider-Man no nació siendo héroe. Peter Parker era un niño sensible, tímido, que aprendía a tejer redes invisibles. Como yo. Como ese pequeño que enfrentaba el colegio sabiendo que la verdadera educación no está en la velocidad, sino en la capacidad de sentir profundo.



Mientras miras, escucha "MI PEQUEÑO TESORO " de Presuntos Implicados. Deja que la canción y la memoria se fundan, como la canela en el agua caliente.


domingo, 16 de noviembre de 2025

La mirada de ese niño


Cuando miro esta foto, veo más de lo que cualquier otra persona podría ver. Veo al niño que aprendió a sonreír aunque por dentro temblara. Veo las preguntas sin respuesta: ¿Por qué yo? ¿Dónde está mi lugar? ¿Alguien me recordará cuando ya no esté aquí?

Veo también la semilla de lo que vendría después.


 La necesidad de contar, de escribir, de dejar huella. Porque cuando eres un niño invisible para el mundo, lo único que te queda es convertirte en tu propio testigo. Y eso hice. Empecé a escribir mucho antes de saber que me convertiría en escritor.

miércoles, 12 de noviembre de 2025

Arroz con leche y canela
ento Hoy quiero compartir contigo una receta que no es solo alimento, sino un pequeño ritual para celebrar el tiempo pausado y la memoria que habita en cada grano. Es el arroz canela, cocinado a fuego lento, con ese toque cálido y persistente que solo la canela sabe dar. receta: 1 taza de arroz 2 tazas de agua 1 rama de canela 1 cucharada de miel (opcional) Una pizca de sal Procedimiento: Lava el arroz con cuidado, como quien prepara el acto sagrado de la paciencia. En una olla mediana, pon el agua a calentar con la rama de canela. Escucharás cómo la esencia empieza a despertar. Agregue el arroz y la pizca de sal. Baja el fuego al mínimo y deja que el arroz se cocine lentamente, casi como un susurro del tiempo. Mientras esperas, cierra los ojos y respira el aroma que se va extendiendo. Imagina esas tardes antiguas, donde el tiempo era un aliado, no un enemigo. Cuando el arroz esté tierno y el agua se haya absorbido, retira la rama de canela y añade la miel si deseas un toque dulce, como un abrazo silencioso. Sirve con calma, recuerda cada bocado es un viaje a ese mundo donde lo imperfecto es bello y la vida se siente en cada gesto pequeño. Este arroz canela es más que una receta, es un acto de amor hacia la memoria, hacia el pasado que nos forma y la belleza que seguimos creando hoy.
Hoy me he despertado con la luz suave que entra por la ventana, esa luz que parece acariciar cada rincón de la casa y hacerme sentir que el tiempo es mi aliado, no un enemigo. He preparado un café, ese aroma cálido que despierta recuerdos de infancia, y mientras sorbía tranquilo, he pensado en cómo este ciclo de días me invita a escribir desde la verdad emocional, con autenticidad y sencillez. En mi Mundo Canela, cada día trae su propia melodía silenciosa. Hoy, escucho esa música que me acompaña mientras pongo palabras a lo vivido, a lo sentido, y redescubro la belleza en lo pequeño, en lo imperfecto, en lo cotidiano. Me doy cuenta de que escribir es también un acto de amor hacia mi propio pasado y hacia ese niño que un día fui, el Niño que huele a canela. Así, mientras la ciudad despierta fuera, printo historias íntimas que me reconcilian conmigo mismo y me permiten seguir creando, siempre desde el fuego lento de la memoria y del presente. Esta es mi manera de estar en el mundo, esta es mi esencia y mi verdad.

martes, 11 de noviembre de 2025


La memoria que huele a canela 

Hay momentos que parecen simples, pero guardan en su esencia un trozo de eternidad. Un gesto, un aroma, una luz que se cuela despacio, como un suspiro dulce que nunca se olvida. La canela no es solo una especia; es un puente invisible que une el niño que fuimos con el hombre que somos.

 En el Mundo Canela cada pequeño detalle es sagrado. 
El calor de una taza de chocolate, el crujir suave de una hoja seca, el susurro de una caricia que se convierte en refugio. 

Allí habita la verdad de lo cotidiano, el arte de vivir despacio y con el alma despierta.
 
 Este blog es una invitación a detenernos juntos, a respirar profundo y recordar que todos llevamos dentro un Niño que Huele a Canela. Porque en esa memoria auténtica y tierna reside la fuerza que nos impulsa a seguir creando, amando y soñando.

El aroma que permanece

Hay aromas que no se olvidan. No porque sean intensos, sino porque son honestos. La canela es uno de ellos. No grita: acompaña. No invade: ...