lunes, 12 de enero de 2026

✒️ DMA / MUNDO CANELA — Servicios editoriales


✒️ DMA / MUNDO CANELA — Servicios editoriales

Soy editor independiente y creador del sello DMA / Mundo Canela.
Ofrezco:

• Revisión y corrección de textos
• Maquetación profesional para Amazon y papel
• Diseño de portadas con estilo literario

Trabajo como una editorial tradicional: respeto por el texto, cuidado por la forma y criterio narrativo.

📚 Mis obras publicadas:
https://www.amazon.com/author/dmacanela

📝 Blog literario – El Niño Canela:
https://elchicocanela.blogspot.com

Si tienes un manuscrito y quieres convertirlo en un libro real, puedes escribirme por privado.

DMA / Mundo Canela

domingo, 11 de enero de 2026

Empezar la semana como se empieza un buen guiso



Los lunes no están hechos para correr.
Están hechos para poner la olla al fuego, escuchar el primer burbujeo y recordar por qué uno decidió seguir adelante.

En el mundo del Niño Canela los lunes siempre han sido así:
el día en que se limpia la mesa, se ordenan los papeles, se abre el cuaderno y se vuelve a creer.

Vengo de una vida donde nadie regalaba comienzos.
Ni en los centros de menores, ni en los pisos tutelados, ni cuando todo parecía perdido.
Allí aprendí que empezar de nuevo no es un lujo: es una disciplina.

Y eso es lo que representa este lunes.

No importa cómo haya terminado la semana anterior.
Importa cómo se pone hoy la primera piedra.

Con calma.
Con respeto.
Con la dignidad de quien no se rinde.

Esta semana el Niño Canela sigue caminando con su libro bajo el brazo.
El niño que huele a canela – A fuego lento ya está en manos de lectores que nunca me conocieron,
pero que reconocen en sus páginas algo que también les pertenece:
el miedo, la ternura, la memoria, la necesidad de hogar.

Eso es lo que hacemos aquí.
Construir hogar con palabras.

Hoy lunes no prometo milagros.
Prometo trabajo honesto.

Prometo seguir escribiendo.
Prometo seguir contando.
Prometo no maquillar el pasado ni traicionar al niño que fui.

Porque cada vez que alguien entra en este blog,
ese niño vuelve a sentarse a la mesa.

Y mientras haya una silla libre,
el guiso seguirá al fuego.

Que esta semana sea como debe ser:
lenta, firme y verdadera.

El Niño Canela
DMA

Diario de domingo



Hoy es domingo.
Y los domingos, en el Mundo Canela, no se miden por el reloj, sino por la memoria.

Los domingos siempre fueron así: lentos, con olor a café recalentado, con una radio encendida en alguna parte de la casa y una melancolía suave que no dolía, pero tampoco se iba. Para el Niño Canela, el domingo no era descanso. Era reflexión. Era ese momento en que el corazón, al no tener que correr, empezaba a hablar.

En los centros de menores de los años ochenta, el domingo era especial. No por alegre, sino por distinto. Cambiaba el ritmo: había misa por la mañana, ropa algo más limpia, comida un poco mejor y un silencio más largo en los pasillos. Los curas hablaban de perdón, los educadores bajaban el tono, y los chicos —los que no encajábamos del todo— aprendíamos a mirar por la ventana sin saber muy bien qué esperábamos ver.

El Niño Canela solía sentarse junto al radiador frío, con las manos entre las rodillas, imaginando otro lugar. Un hogar que no existía. Una vida que aún no había llegado. Y mientras tanto, en la cabeza sonaban canciones. Aquellas canciones que parecían hablarle solo a él. Canciones de Los Secretos, de Radio Futura, de gente que cantaba bajito para no romper lo que dolía.

Porque había una verdad que nadie decía en voz alta:
ser diferente en aquellos lugares era aprender a resistir en silencio.

Los domingos eran más difíciles para los que no podíamos escondernos del todo. Para los que sentíamos más. Para los que sabíamos que éramos otra cosa, aunque aún no tuviéramos palabras para nombrarla. El Niño Canela lo sabía. Y por eso escribía. En cuadernos pequeños, en papeles sueltos, en la memoria.

Hoy, tantos años después, ese niño sigue aquí.

Vive en este blog.
Vive en cada historia.
Vive en cada persona que lee y reconoce algo propio en estas líneas.

Este domingo no es un día cualquiera. Es un recordatorio de que seguimos en pie. De que el tiempo ha pasado, pero la esencia permanece. Que el niño que sobrevivió a pasillos fríos, miradas duras y silencios largos ahora tiene voz, palabras y un mundo propio.

El Mundo Canela no es un refugio de fantasía. Es una forma de dignidad.

Aquí caben los que fueron niños solos.
Los que crecieron demasiado rápido.
Los que aprendieron a amar desde la herida.
Los que hoy solo quieren paz.

Que este domingo te encuentre despacio.
Que no tengas que demostrar nada.
Que puedas, aunque sea un rato, respirar sin miedo.

El Niño Canela sigue caminando.
Y mientras lo haga, nadie que se haya sentido pequeño volverá a estar solo.

DMA

viernes, 9 de enero de 2026

Cuando la música de Los Secretos vuelve a casa



Hay días en los que la música no se escucha: se recuerda. El 9 de enero es uno de ellos. El año acaba de empezar, el frío aprieta y el calendario aún huele a páginas nuevas. En jornadas así, regreso a Los Secretos con la misma naturalidad con la que se vuelve a una cocina conocida o a una calle que aún conserva la luz de entonces.

No es nostalgia gratuita. Es memoria ordenada. Las canciones de Los Secretos fueron escritas para durar porque nacieron sin prisa, con palabras sencillas y una verdad que no necesitaba gritar. Hablan de ausencias, de amores que no siempre salieron bien, de noches largas y mañanas que pedían calma. Y, sobre todo, hablan de personas. De lo que somos cuando nadie nos mira.

Escuchar hoy Déjame no es repetir un gesto antiguo; es comprobar que hay verdades que siguen intactas. La melodía se posa despacio, la letra entra sin permiso y uno entiende que crecer no consiste en olvidar, sino en aprender a convivir con lo vivido. Esa es la grandeza de esta música: no empuja, acompaña.

En mi historia personal, Los Secretos siempre estuvieron cerca. En etapas difíciles, cuando el ruido del mundo resultaba excesivo, sus canciones eran una habitación con la luz baja. No ofrecían soluciones —nunca lo hicieron—, pero sí algo más valioso: comprensión. Y a veces eso basta para seguir.

Hay una honestidad antigua en su forma de escribir. Una elegancia que hoy escasea. Nada de artificios innecesarios. Nada de épicas forzadas. Solo canciones bien hechas, con principio y final, como se han hecho siempre. Como deberían seguir haciéndose.

Este 9 de enero no celebro una fecha concreta. Celebro un modo de entender la música y la vida: sin estridencias, con respeto por el pasado y con la serenidad de quien sabe que lo importante no pasa de moda. Los Secretos siguen sonando porque nunca intentaron ser otra cosa que ellos mismos. Y eso, con los años, se agradece.

Hoy dejo que su música suene de fondo mientras escribo. No para volver atrás, sino para recordar de dónde vengo. Porque hay canciones que no pertenecen a una época, sino a una forma de estar en el mundo.

Y algunas, como estas, siempre huelen a hogar.

El Niño Canela
DMA

jueves, 8 de enero de 2026

Aquí empezó todo



En esta foto aún no sabía que un día me llamarían El Niño Canela.
Ni siquiera sabía que un día escribiría sobre mí.

Solo estaba allí. De pie. En silencio. Intentando hacerlo bien.

Recuerdo ese tiempo como se recuerdan las cosas importantes: sin demasiados detalles, pero con una sensación clara en el cuerpo. La de estar aprendiendo algo que no se podía explicar con palabras. La de saber que el trabajo, si se hace con respeto, también puede ser una forma de hogar.

No era un momento especial. O eso creía entonces. Era un día más. Una sala preparada con cuidado. Las mesas puestas como me habían enseñado. Las copas alineadas. El mantel estirado sin arrugas. Yo, con la chaquetilla puesta, esperando. Siempre esperando. Aprendiendo a observar antes de moverme.

En aquel tiempo no hablaba mucho. Escuchaba. Miraba. Me equivocaba en silencio. Y volvía al día siguiente con la idea firme de mejorar un poco. Nadie me dijo que eso era carácter. Nadie me habló de vocación. Pero yo sentía que allí, entre mesas y paredes viejas, estaba aprendiendo a sostenerme.

No sabía casi nada de la vida, pero intuía algo importante: que las cosas bien hechas protegen. Que el orden calma. Que el respeto —por el espacio, por las personas, por uno mismo— acaba dejando huella.

No era feliz todo el tiempo. Tampoco estaba perdido. Estaba creciendo, aunque entonces no lo supiera. Estaba formándome sin palabras grandes, sin promesas. Solo con gestos pequeños y repetidos.

Hoy miro esta imagen y no veo un principio literario. Veo a alguien intentando estar a la altura. Intentando no fallar. Intentando no endurecerse. Veo a alguien que aún no tenía voz, pero ya tenía una manera de estar en el mundo.

El Niño Canela no nació ese día como nombre. Nació como necesidad. Como refugio interior. Como una forma lenta de salvarse sin ruido. A fuego bajo.

Todo lo que vino después —los libros, las palabras, la memoria— se apoya aquí. En este tiempo sin épica. En este aprendizaje silencioso. En este chico que aún no sabía que un día escribiría para entenderse.

Esta foto no es pasado.
Es raíz.

Aquí empezó todo.
Y sigo siendo, en el fondo, ese mismo chico que intenta hacerlo bien.

El Niño Canela · DMA

Volver a lo esencial



Hoy no pasa nada extraordinario.
Y, sin embargo, pasa lo más importante.

El Niño que huele a canela se sienta despacio, como se hacía antes. Sin prisas. Con un cuaderno apoyado en la mesa y la vida respirando al otro lado de la ventana. No hay fuegos artificiales ni grandes titulares. Solo el sonido del lápiz, el recuerdo del café caliente y esa certeza antigua de que escribir también es una forma de resistir.

Aprendí pronto que no todo debía decirse en voz alta. Que algunas cosas se conservan mejor si se escriben con cuidado, como se guardaban antes las fotos buenas en un cajón. La memoria no grita: susurra. Y quien sabe escucharla, encuentra refugio.

Este libro nació así. Sin estrategia. Sin cálculo. Como nacen las cosas que importan: por necesidad. Para ordenar la infancia, para reconciliarse con el pasado, para entender por qué ciertas heridas siguen oliendo a canela y no a rencor.

Hoy vuelvo a eso.
A lo sencillo.
A lo honesto.
A escribir porque sí.

Si has llegado hasta aquí, quédate un momento. No prometo respuestas, pero sí compañía. Y, a veces, eso es suficiente.

El Niño Canela
DMA


miércoles, 7 de enero de 2026

7 DE ENERO


Hoy es 7 de enero.
Las luces ya no parpadean, los villancicos se han callado y el calendario vuelve a hablar en serio. Se acabaron las Navidades. Empieza la rutina. Y no pasa nada.

En casa del Niño Canela, el silencio vuelve a ocupar su sitio. La mesa está más desnuda, el aire es más frío y el día se presenta sin promesas brillantes. Pero hay algo profundamente honesto en este regreso. Algo antiguo. Algo necesario.

La rutina no es un castigo.
Es el lugar donde la vida se sostiene.

El Niño Canela lo sabe bien. Por eso hoy no corre, no se queja, no se disfraza de entusiasmo. Hoy se sienta despacio, pone música baja y deja que el día empiece como tiene que empezar: sin ruido.

Suena Los Secretos.
Una canción vieja, de esas que no necesitan explicación. Luego quizá Antonio Vega, o alguna melodía suave que no empuje, que acompañe. La música no está para animar: está para acompañar el regreso.

Enero siempre ha sido así.
Un mes austero.
Un mes sincero.
Un mes que no promete nada, pero lo permite todo.

El Niño Canela vuelve a su cuaderno. A su café caliente. A la mirada larga por la ventana. Afuera la calle ya no huele a fiesta, huele a paso rápido, a abrigo cerrado, a vida real. Y eso está bien.

Porque en la rutina también hay belleza.
En levantarse aunque cueste.
En repetir gestos.
En seguir.

La Navidad es un paréntesis.
La vida es lo que viene después.

Hoy el Niño Canela no pide deseos. Hoy se conforma con estar. Con escribir una línea. Con escuchar una canción entera sin pensar en nada más. Con recordar que no hace falta que todo sea extraordinario para ser verdadero.

Y así, con las manos templadas por la taza y el corazón un poco más lento, vuelve al mundo. Sin ruido. Sin fuegos artificiales. Con la dignidad de quien sabe que lo importante no era la fiesta…
sino saber volver.

Bienvenido, enero.
Aquí estamos.
A fuego lento.
Como siempre.

martes, 6 de enero de 2026

Escribo desde la memoria y para la memoria.
No para embellecer el pasado, sino para ordenarlo, comprenderlo y salvar lo esencial.

Creo en la escritura lenta, en la frase trabajada con respeto, en la palabra que no grita. La literatura, para mí, es oficio antes que espectáculo. Se hereda como se heredan los gestos: con humildad y constancia.

No invento para huir de lo vivido. Escribo para darle dignidad. La infancia, la familia, el hogar, la ausencia, el perdón: ahí está mi materia. Lo íntimo no es menor; es fundamento. La verdad no necesita ornamento.

Defiendo una narrativa clásica, honesta, humana. Un lenguaje claro, preciso, capaz de sostener el silencio. Rechazo el sentimentalismo fácil y la urgencia del ruido. Prefiero la emoción contenida y el ritmo pausado que permite al lector reconocerse.

La figura materna, la memoria doméstica, los pequeños rituales —la cocina, la mesa, la espera— son mi territorio. Porque lo cotidiano también es épico cuando se cuenta con respeto.

Escribo para quienes no siempre tuvieron voz. Para que lo vivido no se pierda. Para que el pasado encuentre descanso en la palabra justa.

La literatura no me pertenece: me atraviesa.
Mi deber es servirla con verdad.

DMA


domingo, 4 de enero de 2026

A fuego lento, también hoy




Hay días en los que no pasa nada extraordinario.
Y, sin embargo, pasa todo.

Hoy es uno de esos días.
El mundo no se ha detenido, pero ha bajado el volumen. La prisa ha perdido importancia y el cuerpo —ese lugar donde se guarda la memoria— pide silencio, respeto y tiempo. Tiempo de los de antes. De los que no se miden en productividad, sino en respiraciones.

Escribir hoy no nace de la euforia. Nace de la necesidad.
De sentarse despacio, como se sentaban nuestros mayores a la mesa, sin saber si habría mucho o poco, pero con la certeza de que se compartiría.

El Niño que huele a canela no escribe cuando todo va bien.
Escribe cuando la vida aprieta, cuando caminar cuesta, cuando la noche se alarga más de la cuenta y el dolor se vuelve conversación obligada. Es entonces cuando aparecen las palabras justas. No muchas. Las necesarias.

Canela.
No como adorno, sino como memoria.
La canela no grita: acompaña. Endulza sin imponerse. Corrige sin borrar el sabor original. Así debería ser la vida cuando se vuelve difícil: fiel a lo que somos, aunque duela.

Hoy el cuerpo va más lento.
Y no pasa nada.
Porque ir despacio también es avanzar.

Este blog —y este libro— no nacieron para correr. Nacieron para quedarse. Para leerse con la misma calma con la que se removía una olla antigua al fondo de la cocina, mientras alguien decía: “esto necesita su tiempo”. Y tenía razón.

He aprendido que la dignidad no está en aguantarlo todo, sino en saber parar.
Que la fuerza no siempre se nota en las piernas, a veces se nota en la manera de mirar el día sin rencor.
Que escribir también puede ser una forma de cuidarse.

Hoy no prometo nada grandioso.
Prometo verdad.
Prometo no maquillar el cansancio ni disfrazar la esperanza. Prometo seguir aquí, escribiendo cuando se pueda, descansando cuando haga falta, y creyendo —como se creía antes— que las cosas importantes no se abandonan, se sostienen.

A fuego lento.
Como la vida cuando se hace mayor.
Como los libros que no buscan aplauso, sino compañía.

El Niño que huele a canela
DMA


sábado, 3 de enero de 2026

Cuando la música también huele a canela



Hay días en los que el mundo no pide ruido, sino compás.
Hoy es uno de esos días.

El Niño que huele a canela se ha levantado despacio, como se levantaban antes las cosas importantes: sin prisas, sin notificaciones, sin urgencias ajenas. Ha abierto la ventana lo justo para que entre el aire frío y ha dejado que la casa se llene de una música antigua, de esa que no se impone, que acompaña.

La música, cuando es buena, no distrae.
La música ordena.

Hoy no suenan canciones para presumir, suenan canciones para sostenerse. Canciones que no necesitan volumen porque ya tienen verdad. Canciones que no gritan porque saben esperar.

En el tocadiscos —o en la memoria— aparece Los Secretos.
Y con ellos vuelve todo: las cocinas pequeñas, las noches largas, los bares que cerraban tarde, las conversaciones que nunca se acababan porque nadie quería irse a casa. Hay grupos que no se escuchan: se habitan.

Después entra Joaquín Sabina, con su voz gastada y honesta, recordándonos que crecer no era esto, pero que rendirse tampoco. Sabina no canta para animar; canta para acompañar al que ya sabe que la vida no viene limpia de fábrica.

Y cuando el día pide un poco más de silencio, aparece Antonio Vega. Ahí la música ya no suena fuera, suena dentro. Es la banda sonora de quien mira por la ventana y entiende que la nostalgia no es tristeza, es memoria bien conservada.

El Niño Canela escribe mientras suenan estas canciones.
No para publicar, no para gustar. Escribe como se hacía antes: para no olvidarse de quién es.

La música tiene algo de cocina lenta.
No sirve con prisas. Hay que dejarla reposar, dejar que impregne. Como la canela: no se nota al principio, pero cuando falta, todo sabe menos.

Hoy la música no es fondo.
Hoy la música es refugio.

Porque hay días en los que no se puede correr, ni luchar, ni demostrar nada. Días en los que lo más valiente es sentarse, poner una canción, cerrar los ojos y recordar que uno sigue aquí. Entero. Digno. Vivo.

El Niño que huele a canela no busca himnos.
Busca canciones que le recuerden que todavía vale la pena escribir, sentir y quedarse un rato más.

Si hoy lees esto con música de fondo, hazlo despacio.
Como se vivía antes.
Como se escriben las cosas que importan.

DMA

jueves, 1 de enero de 2026

1 de enero — El niño que huele a canela



Hoy no empiezo el año con prisa.
El calendario ha cambiado, sí, pero el alma necesita su propio ritmo. Me siento a la mesa, todavía con el silencio intacto, y dejo que el día se abra despacio, como se abren las cosas importantes.

El primer día del año siempre me ha parecido una promesa humilde. No exige grandes palabras ni juramentos imposibles. Solo pide verdad. Y yo hoy le doy la mía: sigo aquí. Con mis cicatrices, con mis recuerdos, con esta forma antigua de mirar la vida como quien mira una olla al fuego lento.

Huele a café recién hecho y a canela.
La canela no falla nunca. Es memoria. Es cocina de antes, manos gastadas, canciones que sonaban en una radio pequeña mientras alguien hacía lo que podía con lo que tenía. Yo aprendí ahí que la vida no siempre se arregla, pero se puede cuidar.

Este año no quiero correr.
Quiero escribir mejor, no más.
Quiero cocinar con respeto, no con ruido.
Quiero escuchar canciones que me devuelvan a casa, aunque la casa a veces sea solo una emoción.

He aprendido que empezar de nuevo no significa borrar nada. Significa aceptar. Aceptar lo vivido, lo perdido y lo ganado. Aceptar que hay días torcidos y noches largas, pero también mañanas limpias como esta, donde todo parece posible sin necesidad de demostrar nada.

A quienes leéis estas líneas: gracias por quedaros.
Gracias por leer despacio, por entender los silencios, por acompañar sin hacer preguntas incómodas. Este blog no es un escaparate; es una mesa compartida. Y en esta mesa siempre habrá sitio para quien venga con respeto y el corazón abierto.

Hoy, primer día del año, no prometo milagros.
Prometo honestidad.
Prometo palabras hechas a mano.
Prometo seguir oliendo a canela, aunque el mundo a veces huela a prisa.

Feliz año.
Que no nos falte lo esencial.

— El Niño Canela (DMA)

El aroma que permanece

Hay aromas que no se olvidan. No porque sean intensos, sino porque son honestos. La canela es uno de ellos. No grita: acompaña. No invade: ...