domingo, 31 de agosto de 2025

1 de Septiembre

El mes comienza con un aire distinto, como si las hojas del calendario también guardaran memoria. El Niño Canela despierta temprano, con ese olfato suyo que parece atrapar no solo el aroma del café, sino también el de los días nuevos.

Septiembre le recuerda que todo regreso es también un comienzo. Los caminos se llenan de pasos que vuelven a la rutina, pero él prefiere caminar despacio, mirando los detalles pequeños que nadie nota: una ventana entreabierta, un ramo de albahaca en el balcón, una canción perdida en la radio de algún vecino.

Hoy escribe en su cuaderno:
"No quiero correr tras el tiempo. Prefiero que el tiempo venga a mí, como el olor de la canela que se queda en la casa después de hornear."

Con esa calma empieza septiembre. Con la certeza de que cada día guarda una chispa de dulzura, si sabemos detenernos a sentirla.


EL FINAL DEL VERANO

El verano se despide despacio, como si no quisiera marcharse del todo. Las calles guardan aún el eco de las risas y los pasos ligeros, pero la luz empieza a doblarse distinta, más suave, más corta. El niño que huele a canela siente que cada cambio de estación trae consigo un recuerdo, como si el aire mismo supiera contarle secretos que no deben olvidarse.

Hay finales que pesan y otros que alivian. El de agosto siempre se parece a un cuaderno en blanco que espera ser escrito. Quizá porque septiembre anuncia un nuevo comienzo, o porque nos recuerda que, aun con las cicatrices del tiempo, la vida sigue ofreciéndose en presente.

Hoy, entre olor a canela y aire de despedida, el niño mira al horizonte con calma. Aprende que lo importante no es retener lo que se va, sino agradecer lo vivido y abrir espacio a lo que llega.


sábado, 30 de agosto de 2025

El sabor de las cicatrices



"Las cicatrices no siempre se ven en la piel. Algunas se esconden en rincones de la memoria, y basta una palabra o un olor para que vuelvan a abrirse. El Niño Canela aprendió que no hay que temerles: son huellas que recuerdan lo vivido, señales de que incluso en la herida hubo vida, hubo fuego, hubo verdad."

Las cicatrices son maestras silenciosas. Nos recuerdan que hemos pasado por tormentas, que hemos resistido y que seguimos en pie. Cada marca, visible o invisible, guarda una historia que merece ser contada.

En el universo del Niño Canela, cicatriz significa memoria, pero también renacimiento.
Porque solo quien acepta sus heridas puede seguir adelante con la serenidad de lo auténtico.

📖 DMA – El sabor de las cicatrices


jueves, 28 de agosto de 2025

SUSPIRO DE AGOSTO


El 29 de agosto amanece como un suspiro suave. No necesita grandes gestos, solo el murmullo de la vida cotidiana. A veces basta con el aroma del café, una mirada cómplice o el calor de una mano para que el día tenga sentido.

El Niño Canela lo sabe: los días pequeños son también importantes. Son los que se guardan en el corazón como tesoros sencillos, envueltos en ternura. Hoy es uno de esos días que invitan a vivir despacio, con calma, como quien se deja mecer por el recuerdo


DMA

Agosto se despide con aroma a canela



Los últimos días de agosto siempre tienen un sabor particular. El verano se va apagando poco a poco y el aire anuncia cambios. En el Universo Canela, este final de mes nos invita a hacer balance: de lo vivido, de lo aprendido y de lo que aún queda por compartir.

El Niño Canela observa el calendario con calma, sabiendo que septiembre traerá encuentros y presentaciones importantes. Pero ahora es tiempo de agradecer los pasos dados en silencio, las páginas escritas con paciencia y los lectores que se han ido acercando a esta historia.

Agosto termina, pero la canela sigue impregnando cada palabra y cada recuerdo. Pronto llegará el momento de abrir nuevas puertas, pero hoy nos quedamos con la certeza de que todo lo sembrado florecerá a su debido tiempo.

Firmado: DMA

martes, 26 de agosto de 2025

EL TIEMPO DE LA MEMORIA

El tiempo de la memoria



Hoy el calendario marca 27 de agosto y vuelvo a mirar atrás, a ese hilo invisible que une los días. Cada fecha parece traer consigo un eco, un olor o una cicatriz que aún respira en mí. He aprendido que escribir es la manera más digna de ordenar la memoria, de darle forma a lo que parecía perdido.


El Niño Canela sigue caminando conmigo. Sus pasos son los míos, sus heridas se han hecho palabra, y su voz se ha transformado en libros que viajan más allá de mi mesa de trabajo. Todo lo que ayer parecía silencio, hoy se convierte en relato.


En este camino no hay prisa. Todo llega a fuego lento, como se cuecen los guisos de la vida y como cicatrizan las heridas. El futuro se construye con la paciencia de quien sabe que cada palabra escrita es semilla para quien quiera recogerla.


Hoy escribo para recordar que el tiempo no se detiene, pero la memoria, cuando se convierte en letra, permanece.

lunes, 25 de agosto de 2025

LA MEMORIA COMO REFUGIO

 Hay días en que basta una chispa para que la memoria despierte. Puede ser un olor, un reflejo de luz en una ventana, o el eco de una canción escuchada en otra época. La memoria no se limita a registrar, también crea refugios: pequeños espacios íntimos donde volvemos una y otra vez para recordar quiénes somos.


El Niño Canela solía quedarse quieto en medio del bullicio, como si supiera que guardar silencio era la única manera de escuchar lo que realmente importaba. Allí encontraba su fuerza: en los recuerdos sencillos, en las imágenes que parecían no tener valor y que, sin embargo, sostienen la vida.


Hoy, cuando el mundo gira con prisa, conviene detenerse un momento. Abrir esa caja de recuerdos que todos llevamos dentro y rescatar un instante capaz de recordarnos lo esencial: que seguimos aquí, que aún respiramos, que cada día puede ser comienzo.


La música que acompaña las cicatrices



Hay días en los que el silencio pesa demasiado y la vida pide una banda sonora. Hoy, de fondo, suenan Los Secretos. Cada acorde se convierte en un puente entre lo que fui y lo que sigo siendo. No necesito cerrar los ojos para viajar; la música se encarga de recordarme quién era aquel niño que olía a canela y qué caminos recorrió para llegar hasta aquí.

No siempre fueron caminos fáciles. Hubo muros altos, pasillos largos en centros donde la rutina imponía sus reglas, y también hubo la ternura de un amigo que reía a mi lado, o la complicidad de quienes me enseñaron a resistir. La música estaba allí, como un refugio invisible, capaz de transformar el dolor en memoria y la soledad en compañía.

Con los años aprendí que todos guardamos un lado oculto, como la cara de la luna que nunca vemos. El mío se esconde en esas canciones que me devuelven la infancia y me recuerdan que, incluso en medio de la herida, había belleza. Y esa belleza es la que hoy comparto, porque escribir es otra forma de cantar, otra manera de darle voz a lo que callamos demasiado tiempo.

El Niño Canela sigue vivo en cada página escrita, en cada ilustración que nace, en cada presentación que se prepara. Lo que un día fue cicatriz, ahora es fuego lento que alimenta nuevas historias.

Hoy no traigo respuestas, solo un recordatorio: detenerse, escuchar una canción y dejar que la memoria haga su trabajo. Al fin y al cabo, somos lo que recordamos y lo que decidimos no olvidar.

Firmado discretamente: DMA


viernes, 22 de agosto de 2025

A fuego lento

Hay canciones que parecen escritas para guardar la memoria. Cuando suenan, la vida se detiene y regresan las imágenes que nunca se fueron del todo. Hoy escucho a Los Secretos mientras escribo, y cada acorde me recuerda que la música es un refugio, igual que los libros.

Mi historia, la del Niño que huele a canela, se ha cocinado con recuerdos de infancia, con noches en centros de acogida, con silencios y con ternura. No es un relato de lamentos, sino de supervivencia y de amor por lo vivido. La música de fondo me acompaña, como lo hicieron las canciones en aquellos días donde parecía que todo faltaba y, sin embargo, aún quedaba esperanza.

Quien abre mi libro no solo lee páginas, escucha también esas melodías que estuvieron en cada paso. Porque un libro no es solo tinta: es memoria, es olor, es sonido.

Si quieres descubrirlo, puedes hacerlo aquí:
👉 El niño que huele a canela: a fuego lento – Amazon

Que cada lector ponga su propia banda sonora. Yo sigo con Los Secretos, porque hay canciones que nunca se apagan.

— DMA


jueves, 21 de agosto de 2025

Aarón, memoria que permanece




Cuando pienso en Aarón, lo primero que me viene a la mente no es una escena grandiosa, sino algo sencillo: su manera de estar. No necesitaba hablar mucho ni llamar la atención. Su presencia era tranquila, casi invisible, pero siempre constante. Recuerdo verlo en los pasillos del centro, sentado en un banco o compartiendo mesa en el comedor. No hacía falta nada más; él estaba ahí, y eso bastaba.

En medio de aquel mundo rígido y frío, Aarón era un respiro. Para un niño como yo, que buscaba cualquier señal de complicidad, él se convirtió en un espejo donde encontraba paz.

La vida en el centro era un engranaje que giraba sin parar: horarios fijos, rutinas que se repetían una y otra vez. Pero dentro de esa rigidez, Aarón supo crear un espacio distinto. A veces era un juego improvisado, otras un silencio compartido en el patio, o un gesto pequeño que rompía la monotonía.

Era un amigo de los que no necesitan explicar nada. De los que están, simplemente. Y esa manera de acompañar me enseñó que la amistad puede ser ligera y profunda a la vez, sin adornos, sin promesas, pero con la certeza de que no estás solo.

El día que me dijeron que Aarón había muerto en un accidente, la noticia me atravesó como un rayo. No estaba preparado, nadie lo está a esa edad. Todo sucedió demasiado rápido, demasiado injusto.

Lo que más me dolió fue no poder ir a su entierro. No estuve allí cuando lo despedían, no pude poner flores ni decir adiós. Esa ausencia se quedó clavada en mí como una espina. Con el tiempo entendí que lo que más pesa no es la muerte en sí, sino las despedidas que nos roban.

Han pasado más de tres décadas y, aun así, Aarón sigue presente. No como un recuerdo lejano, sino como una voz interna que me acompaña en silencio. Aparece en los reflejos de las ventanas, en las tardes tranquilas, en la memoria de una infancia marcada por la falta de libertad.

Treinta años después, sigo sintiendo que quedó algo inconcluso. Que ese adiós nunca dicho aún me persigue. Pero también he aprendido que la memoria es un refugio: mientras lo recuerde, Aarón no habrá desaparecido del todo.

Querido Aarón,

Han pasado treinta años y aún me duele escribirte. No pude despedirme, no pude acompañarte en tu último viaje, y esa ausencia me marcó para siempre.

Hoy quiero decirte lo que entonces no pude: gracias por haber estado, por haber compartido conmigo silencios, juegos y complicidad en un mundo que no siempre nos lo puso fácil. Tu amistad fue un refugio, y aunque el tiempo te arrebató demasiado pronto, yo sigo guardando lo que me diste.

Me hubiera gustado crecer contigo, ver hacia dónde nos habría llevado la vida. Pero la vida eligió otro camino, y yo aprendí a llevar tu ausencia como quien lleva una cicatriz: visible, dolorosa, pero también testigo de algo real y verdadero.

Este capítulo  especial  es mi forma de darte el adiós que no tuve. Porque aunque te hayas ido, tu nombre seguirá en mis páginas, en mis recuerdos, en mi historia.

Con afecto eterno,
DMA

La Casa Sant Josep y las cristaleras verdes



La primera impresión

Entrar en la Casa Sant Josep de Tarragona era como adentrarse en un mundo aparte, ajeno al ritmo de la ciudad que se extendía más allá de sus muros. El edificio imponía desde el primer instante: altos ventanales, pasillos largos, un eco constante de pasos que se mezclaba con voces apagadas. Allí no había lugar para la improvisación. Todo estaba marcado, todo tenía un orden.

Pero si hay una imagen que aún hoy me persigue, es la de las cristaleras antiguas que se encontraban a la entrada del comedor. Eran vidrios gruesos, teñidos en tonos verdes y dorados, desgastados por el tiempo y la humedad. Cuando el sol de Tarragona caía sobre ellas, la luz se filtraba como un río de color, dibujando mosaicos en el suelo. Yo, niño curioso, me quedaba fascinado, casi hipnotizado por esos reflejos que parecían abrir ventanas a otros mundos.

No podía mirar demasiado tiempo. Los educadores vigilaban y no permitían distracciones. Había que caminar en fila, con la cabeza erguida, hacia el comedor. Pero, aun así, esas cristaleras fueron para mí un secreto silencioso: un pequeño refugio en el que mi imaginación podía volar antes de entrar en el ritual diario de la comida.

El comedor era el corazón de la Casa Sant Josep. Mesas largas de madera, desgastadas por los años, se extendían como raíles interminables. A los lados, bancos que crujían cuando decenas de niños se sentaban al mismo tiempo. Allí se reunía la gran familia que no era familia, unida no por la sangre sino por el destino compartido.

Yo tenía, más de una vez, el encargo de preparar las mesas. Colocar platos de loza blanca, vasos de vidrio grueso, cubiertos alineados. No era una tarea menor: en ese gesto se escondía la enseñanza de la disciplina, del cuidado, de la igualdad. Después venía el momento que más me marcó: cortar el pan.

El pan llegaba en hogazas grandes, con una corteza dura que crujía al contacto del cuchillo. Me sentaba con aquella pieza enorme entre las manos y, con cuidado, iba cortando rebanada tras rebanada. Había que repartir justo: ni más para uno, ni menos para otro. Cada niño debía recibir su parte. Ese gesto repetido se convirtió en una especie de rito personal. El olor a pan recién cortado llenaba el comedor, mezclado con el murmullo creciente de voces que aguardaban.

Cuando todos estábamos sentados, reinaba un silencio que podía cortarse. Bastaba con que Mossèn Perfecte Cabré apareciera en la cabecera para que la algarabía se deshiciera como un soplo. Alto, con sotana oscura y gesto severo, imponía respeto con solo caminar entre las mesas. Levantaba la mano, bendecía los alimentos y entonces sí, se podía empezar a comer.

Los menús eran sencillos: sopas claras, guisos humildes de legumbres, a veces un trozo de carne o pescado, fruta de temporada. Los días de postre eran celebrados como fiestas. El comedor se llenaba del sonido de cucharas golpeando contra los platos, de risas contenidas, de niños que encontraban en esa comida compartida un respiro de comunidad.

La vida en la Casa Sant Josep estaba pautada hasta el mínimo detalle. El día comenzaba con el sonido de una campana, que nos arrancaba de los sueños para recordarnos que allí no había espacio para el descuido. Dormíamos en dormitorios colectivos, camas alineadas en filas perfectas. Al despertar, había que doblar la manta con precisión, dejar todo en orden. Después, la capilla: rezos, cantos, silencio obligatorio.

El colegio funcionaba dentro del propio centro. Allí aprendimos a leer, a escribir, a memorizar oraciones y a resolver problemas de matemáticas. Las clases eran austeras, pero se mezclaban con una firme intención educativa: formarnos, más allá de la tutela, para un futuro incierto.

Por la tarde llegaban los talleres: carpintería, zapatería, cerrajería, imprenta. El ruido de martillos, el olor de la madera recién cortada, el polvo de las virutas que se pegaban a la ropa… Todo era parte del aprendizaje. A veces se trabajaba más por obligación que por vocación, pero esas tareas nos dieron disciplina, paciencia y un sentido de oficio.


Mossèn Perfecte Cabré

La figura de Mossèn Perfecte estaba presente en cada rincón. Era severo, distante, pero también había en él una visión adelantada para su tiempo. Fue quien decidió eliminar los antiguos uniformes, cerrar las celdas de castigo y apostar por un modelo más humano. Bajo su dirección se construyeron instalaciones que hicieron de la Casa un lugar más habitable: una piscina, una sala de música, un gimnasio, incluso un cine.

Recuerdo el verano en la piscina como un paréntesis de alegría. El agua fría borraba por un momento la sensación de encierro. En el cine vimos películas que, aunque antiguas, nos parecían una ventana al mundo. En la sala de música se aprendía a cantar, aunque las voces desafinadas terminaran en risas.

Mossèn Perfecte no era un hombre de gestos afectuosos, pero sabía que los niños necesitábamos más que disciplina: necesitábamos cultura, deporte, arte. Ese contraste lo hacía enigmático: un director duro, pero con la intuición de que la humanidad no podía borrarse.

La Casa Sant Josep era un lugar de contrastes. Por un lado, la rigidez de las normas, la vigilancia constante, la sensación de vivir bajo una autoridad inflexible. Por otro, los pequeños momentos de libertad: una carcajada compartida en el comedor, una travesura en los pasillos, el brillo de las cristaleras verdes que me recordaban que el mundo podía ser más bello de lo que parecía 

En esas mesas largas aprendí a compartir. En los talleres descubrí el valor del esfuerzo. En la disciplina entendí que la vida podía ser dura, pero también justa.


Una generación marcada

Con el tiempo, la Casa Sant Josep cambió. La Generalitat asumió las competencias, llegaron los CRAE, la educación se modernizó. Pero quienes pasamos allí nuestra infancia durante la época de Mossèn Perfecte Cabré llevamos su huella para siempre.

Las cristaleras verdes, el pan partido en rebanadas justas, las mesas largas donde todos éramos iguales, la piscina de verano, las oraciones en la capilla… Todo ello forma parte de mi memoria más íntima. No fueron años fáciles, pero me enseñaron la fuerza de la disciplina y el valor de la comunidad.

La Casa Sant Josep fue, para mí, un lugar donde convivieron la dureza y la esperanza. Un lugar donde aprendí que incluso en los espacios más rígidos se pueden encontrar pequeñas luces de humanidad. Y en esas luces, como en las cristaleras verdes, descubrí que siempre hay un resquicio por donde entra la belleza, incluso en medio del dolor.

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El aroma que permanece

Hay aromas que no se olvidan. No porque sean intensos, sino porque son honestos. La canela es uno de ellos. No grita: acompaña. No invade: ...