jueves, 21 de agosto de 2025

Aarón, memoria que permanece




Cuando pienso en Aarón, lo primero que me viene a la mente no es una escena grandiosa, sino algo sencillo: su manera de estar. No necesitaba hablar mucho ni llamar la atención. Su presencia era tranquila, casi invisible, pero siempre constante. Recuerdo verlo en los pasillos del centro, sentado en un banco o compartiendo mesa en el comedor. No hacía falta nada más; él estaba ahí, y eso bastaba.

En medio de aquel mundo rígido y frío, Aarón era un respiro. Para un niño como yo, que buscaba cualquier señal de complicidad, él se convirtió en un espejo donde encontraba paz.

La vida en el centro era un engranaje que giraba sin parar: horarios fijos, rutinas que se repetían una y otra vez. Pero dentro de esa rigidez, Aarón supo crear un espacio distinto. A veces era un juego improvisado, otras un silencio compartido en el patio, o un gesto pequeño que rompía la monotonía.

Era un amigo de los que no necesitan explicar nada. De los que están, simplemente. Y esa manera de acompañar me enseñó que la amistad puede ser ligera y profunda a la vez, sin adornos, sin promesas, pero con la certeza de que no estás solo.

El día que me dijeron que Aarón había muerto en un accidente, la noticia me atravesó como un rayo. No estaba preparado, nadie lo está a esa edad. Todo sucedió demasiado rápido, demasiado injusto.

Lo que más me dolió fue no poder ir a su entierro. No estuve allí cuando lo despedían, no pude poner flores ni decir adiós. Esa ausencia se quedó clavada en mí como una espina. Con el tiempo entendí que lo que más pesa no es la muerte en sí, sino las despedidas que nos roban.

Han pasado más de tres décadas y, aun así, Aarón sigue presente. No como un recuerdo lejano, sino como una voz interna que me acompaña en silencio. Aparece en los reflejos de las ventanas, en las tardes tranquilas, en la memoria de una infancia marcada por la falta de libertad.

Treinta años después, sigo sintiendo que quedó algo inconcluso. Que ese adiós nunca dicho aún me persigue. Pero también he aprendido que la memoria es un refugio: mientras lo recuerde, Aarón no habrá desaparecido del todo.

Querido Aarón,

Han pasado treinta años y aún me duele escribirte. No pude despedirme, no pude acompañarte en tu último viaje, y esa ausencia me marcó para siempre.

Hoy quiero decirte lo que entonces no pude: gracias por haber estado, por haber compartido conmigo silencios, juegos y complicidad en un mundo que no siempre nos lo puso fácil. Tu amistad fue un refugio, y aunque el tiempo te arrebató demasiado pronto, yo sigo guardando lo que me diste.

Me hubiera gustado crecer contigo, ver hacia dónde nos habría llevado la vida. Pero la vida eligió otro camino, y yo aprendí a llevar tu ausencia como quien lleva una cicatriz: visible, dolorosa, pero también testigo de algo real y verdadero.

Este capítulo  especial  es mi forma de darte el adiós que no tuve. Porque aunque te hayas ido, tu nombre seguirá en mis páginas, en mis recuerdos, en mi historia.

Con afecto eterno,
DMA

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