El tiempo de la memoria
Hoy el calendario marca 27 de agosto y vuelvo a mirar atrás, a ese hilo invisible que une los días. Cada fecha parece traer consigo un eco, un olor o una cicatriz que aún respira en mí. He aprendido que escribir es la manera más digna de ordenar la memoria, de darle forma a lo que parecía perdido.
El Niño Canela sigue caminando conmigo. Sus pasos son los míos, sus heridas se han hecho palabra, y su voz se ha transformado en libros que viajan más allá de mi mesa de trabajo. Todo lo que ayer parecía silencio, hoy se convierte en relato.
En este camino no hay prisa. Todo llega a fuego lento, como se cuecen los guisos de la vida y como cicatrizan las heridas. El futuro se construye con la paciencia de quien sabe que cada palabra escrita es semilla para quien quiera recogerla.
Hoy escribo para recordar que el tiempo no se detiene, pero la memoria, cuando se convierte en letra, permanece.

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En El Niño que huele a canela cada palabra cuenta.