domingo, 18 de enero de 2026

El Grito en las Migas

 


El Grito en las Migas

En una cocina perdida de La Mancha, Alejo aprendió a cocinar siguiendo recetas que no eran suyas. En un Madrid que despertaba a la libertad, descubrió que también podía reinventarse.

🔥 Tradición o libertad. 🔥 Silencio o verdad. 🔥 Herencia o identidad.

El Grito en las Migas es la historia de un joven que se atreve a romper el molde, a desafiar el sabor de su destino y a cocinar su propia vida. Una novela sobre raíces, deseo y el coraje de elegir quién quieres ser.

¿Estás listo para escuchar el grito que esconden las migas?

LAS COSAS QUE NOS SOSTIENEN

 



Hay días en los que no hace falta mucho para seguir adelante.
No hacen falta grandes discursos ni promesas solemnes. A veces basta una taza caliente entre las manos, una canción antigua sonando de fondo o el olor persistente de la canela que recuerda que hubo cocinas donde nadie tenía prisa.

Las cosas que nos sostienen casi nunca son ruidosas.
Son discretas. Vienen del pasado. Se parecen mucho a lo que nos enseñaron quienes ya no están o a lo poco que aprendimos a cuidar cuando todo iba mal. Un gesto repetido, una costumbre humilde, una palabra dicha a tiempo.

Sostiene la memoria.
Sostiene saber de dónde venimos, incluso cuando no fue fácil. Sostiene aceptar que la vida no siempre se endulza, pero que puede hacerse más llevadera si se cocina a fuego lento, como se hacía antes, sin atajos y sin trampas.

Sostiene también la escritura.
Poner las cosas en orden, nombrarlas, mirarlas de frente. Escribir no para impresionar, sino para entender. Para dejar constancia de que, pese a todo, uno sigue aquí.

El niño que huele a canela  nace precisamente de ahí: de las cosas pequeñas que no se ven, pero que sostienen una vida entera. No es un libro para correr, sino para acompañar. Para quienes saben que resistir también es un acto silencioso.

Hoy, como tantos otros días, conviene recordarlo:
no siempre nos sostienen las grandes victorias, sino aquello que cuidamos cuando nadie mira.


Disponible en Amazon:
https://www.amazon.com/author/dmacanela

Blog oficial:
https://elchicocanela.blogspot.com/

sábado, 17 de enero de 2026

El grito que también se come

 


El grito que también se come


Hay días en los que el grito no sale por la boca.
Se queda en las manos.
En el gesto de cortar el pan.
En la forma de remover una olla sin levantar la voz.

Hoy quiero hablarte de eso.

De las migas.
No como receta, sino como memoria.

Las migas siempre fueron un plato humilde. Pan duro, ajo, aceite, fuego lento. Nada más. Y, sin embargo, ahí dentro cabía todo: el hambre, la posguerra, las casas frías, las cocinas pequeñas y las órdenes que no se discutían. Las migas se hacían como siempre se habían hecho. Sin preguntas. Sin cambios. Sin margen para uno mismo.

Durante mucho tiempo yo también fui así.
Cociné como me enseñaron. Viví como se esperaba. Callé más de lo que debía.
Hasta que entendí que incluso en el plato más humilde puede haber un grito.

Un grito contenido.
Un grito limpio.
Un grito que no rompe, pero despierta.

Escribir El grito en las migas ha sido volver a esa cocina y mirarla con otros ojos. Respetar lo aprendido, sí, pero atreverme a decir: esto también soy yo. Porque la tradición no está reñida con la verdad. Lo que mata es el silencio cuando se convierte en norma.

Este blog, como mis libros, no va de recetas perfectas. Va de memoria. De identidad. De aceptar que todos llevamos algo que durante años no nos atrevimos a nombrar. Y de entender que a veces basta con un pequeño gesto —una especia nueva, una palabra escrita, una decisión tomada— para empezar a vivir de otra manera.

Si alguna vez sentiste que tenías que encajar a la fuerza.
Si creciste obedeciendo más que eligiendo.
Si también llevas un grito discreto guardado dentro…

Este espacio es para ti.

📖 El niño que huele a canela está disponible y sigue vivo en cada lector que se reconoce en sus páginas.
📝 Aquí, en el blog, seguimos caminando despacio, a fuego lento, sin ruido pero con verdad.

Gracias por estar.
Gracias por leer.
Gracias por no callarte del todo.

El Niño Canela (DMA)

viernes, 16 de enero de 2026

 

Ritual de cocina para no perder el norte

(con Los Secretos acompañando)

Hay días en los que no hace falta pensar demasiado.
Basta con repetir un gesto conocido.
Entrar en la cocina. Poner música. Respirar.

Hoy suenan Los Secretos.
No como ruido de fondo, sino como se escuchaban antes: acompañando la vida. Una canción que no exige nada, pero lo dice todo. Pero a tu lado suele funcionar. Siempre.

Este es un ritual sencillo.
De esos que no salen en los libros de cocina modernos, pero que sostienen a una persona entera.

Ingredientes

  • Una cocina en calma.

  • Una sartén con uso, mejor si tiene marcas del tiempo.

  • Pan.

  • Aceite de oliva.

  • Un recuerdo bueno.

  • Una pizca de canela, casi invisible.

El ritual

Pon la música antes que el fuego.
La cocina no empieza en los fogones, empieza en el ánimo.

Calienta el aceite despacio.
No busques el punto exacto: busca el momento.
Mientras, deja que la canción avance sin tocar nada.

Tuesta el pan sin prisas.
Cuando esté, añade una mínima pizca de canela.
No para que se note, sino para que quede.

Apaga el fuego antes de tiempo.
La vida tampoco se termina de hacer nunca del todo.

Siéntate.
Come despacio.
Deja que la canción acabe antes del último bocado.

El sentido

Este mismo gesto —tan simple— es el que atraviesa El niño que huele a canela: la manera en que las pequeñas rutinas salvan días grandes. Cocinas compartidas, silencios largos, música que acompaña y una forma de estar en el mundo sin disfraz.

Escribir este blog y escribir el libro nacen del mismo lugar:
de la necesidad de contar sin gritar,
de recordar sin rencor,
de vivir a fuego lento.

Si estás aquí leyendo, este espacio también es tuyo.
El blog sigue creciendo día a día,
y el libro permanece, esperando a quien necesite reconocerse en él.

Seguimos.
Con música.
Con cocina.
Con memoria.

El Niño Canela
DMA




jueves, 15 de enero de 2026

UNA MAÑANA MAS

Hay mañanas que no empiezan con ruido, sino con memoria.
La cocina aún está fría, la luz entra despacio y el café tarda en hacerse, como si también él necesitara recordar de dónde viene. En esos instantes, cuando el día todavía no exige nada, el pasado se sienta conmigo a la mesa sin pedir permiso.

No llega como un golpe, llega como un olor.
A pan caliente. A detergente barato. A pasillo largo. A silencio compartido.
La memoria no grita: insiste.

Fui un niño que aprendió pronto a observar. En los márgenes, en las esquinas, en los lugares donde nadie miraba. Allí entendí que la vida no siempre se explica, pero se soporta. Que crecer no es olvidar, sino aprender a colocar cada recuerdo en su sitio para que no pese más de lo necesario.

Hubo cocinas grandes, con horarios estrictos y mesas largas. Lugares donde el hambre era real, pero también lo era la disciplina. Donde se rezaba antes de comer y se aprendía a callar después. En aquellos espacios, entre cucharas golpeando platos y miradas que evitaban cruzarse, descubrí algo esencial: la dignidad no depende de lo que te falte, sino de cómo te mantienes en pie cuando falta.

No todo fue duro. La memoria también guarda risas breves, complicidades silenciosas, canciones que se colaban por una radio vieja. Aprendí que incluso en los sitios más ásperos crece algo parecido al afecto. No siempre tiene nombre, pero existe. Y salva.

Con los años entendí que la herida no es el problema. El problema es negarla. Yo tardé, como tantos, en aceptar que lo vivido no se borra, se integra. Que no se trata de ajustar cuentas con el pasado, sino de mirarlo de frente y decirle: ya te he entendido.

Ser diferente nunca fue una elección, fue una constatación. Y durante mucho tiempo pensé que eso me alejaba del mundo. Hoy sé que me enseñó a mirarlo con más cuidado. La diferencia afina la sensibilidad, obliga a escuchar mejor, a leer los gestos pequeños. A sobrevivir, primero. A vivir, después.

El tiempo, que parece cruel cuando uno es joven, acaba siendo un aliado discreto. Coloca las cosas. Suaviza los bordes. Permite perdonar sin olvidar. Y enseña algo fundamental: no todo merece respuesta, pero casi todo merece comprensión.

Ahora, cuando escribo, no lo hago para ajustar cuentas ni para buscar consuelo. Escribo para ordenar. Para dejar constancia. Para que aquello que fue no se pierda en el ruido. Cada palabra es una forma de respeto hacia el niño que fui y hacia el adulto que sigo aprendiendo a ser.

La vida, al final, no se mide por los golpes recibidos, sino por la capacidad de sentarse en silencio y reconocerse entero. Con cicatrices, sí. Pero también con memoria, con oficio, con calma.

El café ya está hecho. La mañana avanza.
Y yo sigo aquí, escribiendo despacio, como se hacen las cosas importantes.

DMA / El Niño Canela


martes, 13 de enero de 2026

Cuando un libro encuentra su casa


Hay libros que se escriben.
Y hay libros que, además, encuentran hogar.

El niño que huele a canela – A fuego lento nació de una vida que no fue fácil,
pero hoy camina con nombre propio dentro de una editorial literaria



con lectores reales y con un espacio que lo cuida: este blog.

Eso no es poco.
Eso es oficio.

En un mundo saturado de ruido, el Universo Canela ha elegido el camino antiguo:
escribir bien, editar con respeto y publicar con dignidad.
Como se ha hecho siempre en la literatura de verdad.

Nuestra editorial no es una fábrica.
Es una mesa de madera, una lámpara encendida y una corrección hecha a mano.
Es DMA / Mundo Canela:
un sello creado para proteger historias humanas, no para explotarlas.

Y este blog, El Chico Canela, es su voz diaria.
Aquí no se publican anuncios vacíos.
Aquí se publica memoria.

Cada entrada que lees sostiene al libro.
Cada lector que llega mantiene viva la editorial.
Cada palabra compartida construye comunidad.

Por eso este martes no se vende nada:
se presenta.

Se presenta una obra que ya está en librerías digitales,
en plataformas literarias
y en manos de lectores que han encontrado en ella algo que no sabían que necesitaban.

Se presenta un autor que firma como DMA,
porque a veces el nombre verdadero no es el del DNI,
sino el de la historia que uno ha sobrevivido.

Y se presenta un proyecto editorial que no va a desaparecer mañana,
porque está hecho con el mismo material que los libros que perduran:
verdad.

Si estás aquí, ya formas parte de eso.

El Niño Canela
DMA

lunes, 12 de enero de 2026

Apoya el proyecto Mundo Canela

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Mundo Canela nació como un libro.
Hoy es un universo literario independiente que reúne a más de 9.000 lectores y seguidores entre el blog y las redes sociales.

No es una editorial industrial ni una marca vacía.
Es un proyecto de memoria, literatura y creación sostenido por una sola voz, un oficio y una comunidad que cree en el valor de la palabra.

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Gracias por leer.
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✒️ DMA / MUNDO CANELA — Servicios editoriales


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DMA / Mundo Canela

domingo, 11 de enero de 2026

Empezar la semana como se empieza un buen guiso



Los lunes no están hechos para correr.
Están hechos para poner la olla al fuego, escuchar el primer burbujeo y recordar por qué uno decidió seguir adelante.

En el mundo del Niño Canela los lunes siempre han sido así:
el día en que se limpia la mesa, se ordenan los papeles, se abre el cuaderno y se vuelve a creer.

Vengo de una vida donde nadie regalaba comienzos.
Ni en los centros de menores, ni en los pisos tutelados, ni cuando todo parecía perdido.
Allí aprendí que empezar de nuevo no es un lujo: es una disciplina.

Y eso es lo que representa este lunes.

No importa cómo haya terminado la semana anterior.
Importa cómo se pone hoy la primera piedra.

Con calma.
Con respeto.
Con la dignidad de quien no se rinde.

Esta semana el Niño Canela sigue caminando con su libro bajo el brazo.
El niño que huele a canela – A fuego lento ya está en manos de lectores que nunca me conocieron,
pero que reconocen en sus páginas algo que también les pertenece:
el miedo, la ternura, la memoria, la necesidad de hogar.

Eso es lo que hacemos aquí.
Construir hogar con palabras.

Hoy lunes no prometo milagros.
Prometo trabajo honesto.

Prometo seguir escribiendo.
Prometo seguir contando.
Prometo no maquillar el pasado ni traicionar al niño que fui.

Porque cada vez que alguien entra en este blog,
ese niño vuelve a sentarse a la mesa.

Y mientras haya una silla libre,
el guiso seguirá al fuego.

Que esta semana sea como debe ser:
lenta, firme y verdadera.

El Niño Canela
DMA

Diario de domingo



Hoy es domingo.
Y los domingos, en el Mundo Canela, no se miden por el reloj, sino por la memoria.

Los domingos siempre fueron así: lentos, con olor a café recalentado, con una radio encendida en alguna parte de la casa y una melancolía suave que no dolía, pero tampoco se iba. Para el Niño Canela, el domingo no era descanso. Era reflexión. Era ese momento en que el corazón, al no tener que correr, empezaba a hablar.

En los centros de menores de los años ochenta, el domingo era especial. No por alegre, sino por distinto. Cambiaba el ritmo: había misa por la mañana, ropa algo más limpia, comida un poco mejor y un silencio más largo en los pasillos. Los curas hablaban de perdón, los educadores bajaban el tono, y los chicos —los que no encajábamos del todo— aprendíamos a mirar por la ventana sin saber muy bien qué esperábamos ver.

El Niño Canela solía sentarse junto al radiador frío, con las manos entre las rodillas, imaginando otro lugar. Un hogar que no existía. Una vida que aún no había llegado. Y mientras tanto, en la cabeza sonaban canciones. Aquellas canciones que parecían hablarle solo a él. Canciones de Los Secretos, de Radio Futura, de gente que cantaba bajito para no romper lo que dolía.

Porque había una verdad que nadie decía en voz alta:
ser diferente en aquellos lugares era aprender a resistir en silencio.

Los domingos eran más difíciles para los que no podíamos escondernos del todo. Para los que sentíamos más. Para los que sabíamos que éramos otra cosa, aunque aún no tuviéramos palabras para nombrarla. El Niño Canela lo sabía. Y por eso escribía. En cuadernos pequeños, en papeles sueltos, en la memoria.

Hoy, tantos años después, ese niño sigue aquí.

Vive en este blog.
Vive en cada historia.
Vive en cada persona que lee y reconoce algo propio en estas líneas.

Este domingo no es un día cualquiera. Es un recordatorio de que seguimos en pie. De que el tiempo ha pasado, pero la esencia permanece. Que el niño que sobrevivió a pasillos fríos, miradas duras y silencios largos ahora tiene voz, palabras y un mundo propio.

El Mundo Canela no es un refugio de fantasía. Es una forma de dignidad.

Aquí caben los que fueron niños solos.
Los que crecieron demasiado rápido.
Los que aprendieron a amar desde la herida.
Los que hoy solo quieren paz.

Que este domingo te encuentre despacio.
Que no tengas que demostrar nada.
Que puedas, aunque sea un rato, respirar sin miedo.

El Niño Canela sigue caminando.
Y mientras lo haga, nadie que se haya sentido pequeño volverá a estar solo.

DMA

viernes, 9 de enero de 2026

Cuando la música de Los Secretos vuelve a casa



Hay días en los que la música no se escucha: se recuerda. El 9 de enero es uno de ellos. El año acaba de empezar, el frío aprieta y el calendario aún huele a páginas nuevas. En jornadas así, regreso a Los Secretos con la misma naturalidad con la que se vuelve a una cocina conocida o a una calle que aún conserva la luz de entonces.

No es nostalgia gratuita. Es memoria ordenada. Las canciones de Los Secretos fueron escritas para durar porque nacieron sin prisa, con palabras sencillas y una verdad que no necesitaba gritar. Hablan de ausencias, de amores que no siempre salieron bien, de noches largas y mañanas que pedían calma. Y, sobre todo, hablan de personas. De lo que somos cuando nadie nos mira.

Escuchar hoy Déjame no es repetir un gesto antiguo; es comprobar que hay verdades que siguen intactas. La melodía se posa despacio, la letra entra sin permiso y uno entiende que crecer no consiste en olvidar, sino en aprender a convivir con lo vivido. Esa es la grandeza de esta música: no empuja, acompaña.

En mi historia personal, Los Secretos siempre estuvieron cerca. En etapas difíciles, cuando el ruido del mundo resultaba excesivo, sus canciones eran una habitación con la luz baja. No ofrecían soluciones —nunca lo hicieron—, pero sí algo más valioso: comprensión. Y a veces eso basta para seguir.

Hay una honestidad antigua en su forma de escribir. Una elegancia que hoy escasea. Nada de artificios innecesarios. Nada de épicas forzadas. Solo canciones bien hechas, con principio y final, como se han hecho siempre. Como deberían seguir haciéndose.

Este 9 de enero no celebro una fecha concreta. Celebro un modo de entender la música y la vida: sin estridencias, con respeto por el pasado y con la serenidad de quien sabe que lo importante no pasa de moda. Los Secretos siguen sonando porque nunca intentaron ser otra cosa que ellos mismos. Y eso, con los años, se agradece.

Hoy dejo que su música suene de fondo mientras escribo. No para volver atrás, sino para recordar de dónde vengo. Porque hay canciones que no pertenecen a una época, sino a una forma de estar en el mundo.

Y algunas, como estas, siempre huelen a hogar.

El Niño Canela
DMA

🌿 *El Chico Canela* 🌿

Hoy comparto algo que va más allá de las palabras: la protección oficial de mi universo.  La marca **DMA - El Niño que huele a canela**, el ...