martes, 30 de diciembre de 2025

UN AÑO MAS

Fin de año. 


Hoy no cierro un calendario. Apago el fuego y dejo reposar la olla. El año, como los buenos guisos, pide silencio antes del primer bocado. He aprendido a escuchar ese silencio.

Este año me ha enseñado que la música no suena igual cuando se la respeta. Vuelvo a Los Secretos, a esas canciones que no gritan y por eso perduran. Las escucho como quien abre una ventana antigua: entra aire, entra memoria. La música me sostuvo cuando las palabras no alcanzaban. Me recordó que hay verdades que solo se dicen en voz baja.

En la cocina he vuelto a lo esencial. Menos artificio, más fondo. He removido despacio, he esperado. Cocinar es una forma de fe: confiar en el tiempo. El aroma de la canela no tapa nada; acompaña. Así he querido vivir este año: acompañando, sin imponer. He entendido que la tradición no es nostalgia, es método. Lo que funciona, se cuida.

También he sentido. Mucho. He tenido días de fragilidad y otros de firmeza callada. He aprendido a no pedirle al cuerpo más de lo que puede dar y al alma menos de lo que necesita. He aceptado que el cansancio no es derrota y que la calma es un logro. He perdonado —sobre todo— y me he perdonado. No por olvido, sino por respeto a lo vivido.

He escrito cuando he podido, y cuando no, he observado. Escribir no siempre es llenar páginas; a veces es saber cuándo no hacerlo. He entendido que la dignidad está en sostener el ritmo propio. Ni prisa ni pausa impostada.

Si algo me llevo de este año es una certeza antigua: lo sencillo bien hecho es extraordinario. Una canción honesta. Un plato caliente. Una frase que no miente. Un silencio compartido. Eso es hogar.

Cierro el año como se cierra una cocina al final del servicio: limpio, agradecido y con la despensa ordenada para mañana. A quienes habéis leído, escuchado y acompañado, gracias. Seguimos. A fuego lento.

El Niño Canela (DMA)

El nombre que aprendí a decir en voz baja

Hay amores que no piden permiso. No hacen ruido. No se anuncian.
Este es el recuerdo de uno de ellos: limpio, silencioso y verdadero.
Una historia sobre aprender a habitarse cuando aún no existen palabras.



El nombre que aprendí a decir en voz baja

Hay recuerdos que no regresan como imágenes, sino como olores.
El mío vuelve siempre con la canela.

No sé cuándo empezó exactamente. Tal vez fue una tarde cualquiera, de esas que no se anotan en ningún calendario. Yo era un niño todavía, o eso creía. Llevaba los bolsillos llenos de migas, los zapatos gastados y una forma torpe de mirar el mundo. No sabía casi nada, pero ya empezaba a intuirlo todo.

Él se sentaba a mi lado sin pedir permiso. Nunca lo hizo. Compartíamos el banco de siempre, la sombra justa, el silencio necesario. Hablábamos poco. No hacía falta. A veces bastaba con mirarnos para saber que el otro estaba ahí, sin condiciones.

Recuerdo sus manos. No porque las tocara, sino porque aprendí a medir la distancia entre las suyas y las mías. Un centímetro podía ser un abismo. Un descuido, una revelación.

En aquel tiempo nadie nos había explicado que había nombres para lo que sentíamos. Nadie nos dijo que el amor podía presentarse así, sin alboroto, sin fuegos artificiales, sin permiso. Yo solo sabía que, cuando se acercaba, el mundo se ordenaba un poco mejor. Que el ruido se apagaba. Que mi respiración encontraba sitio.

Olía a canela incluso entonces. A pan caliente, a cosas hechas despacio. No porque alguien me lo dijera, sino porque así lo sentía en el cuerpo. La canela fue siempre mi manera de entender que algo era verdadero.

Nunca hablamos de lo que pasaba entre nosotros. No porque no quisiéramos, sino porque no sabíamos cómo hacerlo. Las palabras no estaban a nuestra altura todavía. Y quizás tampoco lo necesitábamos. Había una dignidad profunda en aquel silencio compartido.

Una tarde nuestras manos se rozaron por error. O eso fingimos. Nadie retiró la suya de inmediato. No hubo sobresalto. Solo una certeza breve, clara, limpia. Como si el corazón hubiese dicho: es esto. Y ya está.

Después vino la vida. Siempre viene. Con sus prisas, sus miedos heredados, sus instrucciones no escritas. Yo aprendí a callar lo que sentía. A doblarlo con cuidado y guardarlo en el cajón más hondo. Él también. Nos separamos sin drama, como se separan los caminos que nunca prometieron nada en voz alta.

Durante años pensé que aquello había sido una confusión. Un error tierno. Una etapa. Me lo dijeron sin decirlo. Me lo repetí sin creerlo del todo.

Hoy, desde este lado del tiempo, lo entiendo mejor.

No fue un error. Fue un aprendizaje.
No fue una carencia. Fue una forma de amar.
No fue vergüenza. Fue falta de palabras.

Aquel niño que olía a canela ya sabía amar. Lo hacía con cuidado, con respeto, con una verdad que no necesitaba testigos. Solo necesitaba tiempo.

Ahora puedo decir su nombre sin miedo. No el suyo —que ya no importa—, sino el del sentimiento. Amor. Así, sin adjetivos. Sin explicaciones.

Cuando cierro los ojos todavía lo veo sentado a mi lado. No me reprocha nada. Sonríe. Sabe que he llegado hasta aquí. Sabe que ya no me escondo de mí mismo.

La canela sigue conmigo.
Siempre estuvo.
Como una promesa cumplida en silencio.

Gracias por leer despacio.
Si esta historia te ha tocado, quizá no sea casualidad.

Aquí seguimos, escribiendo a fuego lento.

— El Niño Canela
Firma: DMA


lunes, 29 de diciembre de 2025

Cuando el año se apaga y la música sabe a memoria


Hay canciones que no pasan.
No porque suenen en la radio, ni porque vuelvan de moda, sino porque se quedan a vivir dentro.
Cuando el año se acerca a su final y todo parece exigir balances, propósitos y fuegos artificiales, el Niño Canela prefiere bajar el volumen del mundo y subir el de la memoria.

En estas fechas, la música no es ruido de fondo. Es refugio.

Hay noches de diciembre que piden silencio, una luz tenue y una canción bien elegida. Y entonces aparecen ellos, como lo han hecho siempre: Los Secretos y Mecano. No como nostalgia impostada, sino como verdad. Como esas voces que no explican nada, pero lo dicen todo.

Los Secretos no cantaban para impresionar. Cantaban para sobrevivir.
Sus canciones tienen algo de conversación a media voz, de confesión que no se hace mirando a los ojos. Déjame, Pero a tu lado, Ojos de gata… No envejecen porque nunca fueron jóvenes del todo. Siempre fueron adultas, siempre fueron sinceras. Son canciones que entienden el cansancio, la pérdida, el amor que no sale bien y aun así merece la pena.

Y Mecano… Mecano es otra cosa.
Es la prueba de que se puede ser elegante sin ser frío, popular sin ser vulgar, profundo sin levantar la voz. Hijo de la luna, Un año más, Cruz de navajas. Mecano supo poner palabras a lo que muchos no sabían decir. Supo contar historias cuando todavía no se hablaba de storytelling. Supo mirar la vida con una mezcla perfecta de ingenuidad y lucidez.

Cuando suena Un año más, algo


se recoloca por dentro.
Porque no habla de promesas grandilocuentes, sino de la realidad: mesas llenas, copas a medio beber, abrazos que a veces sobran y a veces faltan. Es una canción que no idealiza el cambio de calendario. Lo observa. Y eso, hoy, es un lujo.

El Niño Canela no entiende el fin de año como un borrón y cuenta nueva.
Lo entiende como un punto y seguido. Como una pausa para respirar, no para fingir que todo empieza de cero. La vida no funciona así. La vida se cuece a fuego lento, arrastra heridas, conserva alegrías pequeñas y aprende —si tiene suerte— a perdonar.

Por eso esta música importa.
Porque no empuja. Acompaña.
Porque no grita. Susurra.
Porque no exige felicidad. Permite estar como uno está.

Hay quien celebra el fin de año rodeado de ruido. El Niño Canela lo hace rodeado de canciones. Con recuerdos que no pesan, aunque duelan. Con la certeza de que lo vivido no se tira a la basura solo porque cambie el número del calendario.

Escuchar a Los Secretos o a Mecano en estas fechas es un acto casi revolucionario. Es decirle al mundo que no todo tiene que ser nuevo para ser valioso. Que el pasado no siempre es una carga; a veces es una brújula. Que hay cosas que se hicieron bien y no necesitan ser corregidas.

El Niño Canela levanta la copa —sin prisa, sin estridencias— por quienes siguen aquí, por quienes ya no están y por quienes todavía no saben que llegarán. Brinda por la música que le salvó cuando no había palabras, por las canciones que siguen sabiendo a casa, por los finales de año que no prometen nada pero lo significan todo.

Y cuando el reloj marque la medianoche, no pedirá doce deseos.
Le basta con uno:
seguir escuchando música que diga la verdad.

Porque mientras existan canciones así,
todavía hay esperanza.

domingo, 28 de diciembre de 2025

DECISIONES


Hay momentos en los que la vida no pide grandes decisiones, sino algo mucho más sencillo y, a la vez, más difícil: parar.

No detenerse por miedo, ni por cansancio del alma, sino parar con conciencia. Escuchar el propio ritmo. Respetar los silencios. Entender que no todo se construye avanzando deprisa, y que también hay caminos que se recorren quedándose quieto un instante.

Empieza ahora una temporada de descanso. Un tiempo sin ruido, sin exigencias innecesarias, sin prisas por llegar a ningún sitio. Un tiempo para cuidarme y para ordenar lo que de verdad importa, sin dar explicaciones y sin dramatismos, como se han hecho siempre las cosas cuando se hacen bien.

El Niño Canela no desaparece. No se apaga. No se rompe.
Sigue aquí.

Quizá escribe menos, quizá observa más. Quizá cambia el modo, pero no la esencia. Porque lo que nace de verdad no entiende de pausas como finales, sino como parte natural del proceso. Igual que el fuego lento necesita tiempo para dar sabor, hay momentos en los que bajar la llama es también una forma de seguir cocinando la vida.

Este espacio continuará habitado por palabras honestas, recuerdos que pesan lo justo y pensamientos que llegan cuando deben llegar. Sin forzar nada. Sin prometer más de lo que toca. Con respeto por el camino recorrido y por el que aún queda.

Gracias a quienes acompañáis incluso cuando el ritmo cambia.
Gracias por entender que el silencio también comunica.
Gracias por permanecer.

Seguimos.
A nuestra manera.
A fuego lento, como siempre.

El Niño Canela
DMA

domingo, 21 de diciembre de 2025

Domingo. A fuego lento.



Los domingos no están hechos para correr.
Están hechos para escuchar el silencio, para ordenar los recuerdos con cuidado y para dejar que el tiempo haga su trabajo sin prisas.

El Niño que huele a canela aprendió pronto que no todo se cocina a fuego fuerte. Hay días —como hoy— en los que la vida pide pausa, respeto y una mirada limpia hacia dentro. No es rendirse; es entender el ritmo natural de las cosas, como hacían antes nuestros mayores, cuando el domingo era casi sagrado.

Hoy es un día para aceptar lo que hay. Para agradecer lo que permanece. Para no exigirle al cuerpo ni al alma más de lo que pueden dar. El descanso también es una forma de valentía.

Que este domingo sea un lugar seguro.
Que sea una mesa sencilla, una ventana abierta, una canción antigua sonando bajito.
Que sea canela: discreta, cálida, honesta.

Mañana ya vendrá con sus obligaciones.
Hoy basta con estar.

Con respeto.
Con memoria.
Con calma.

DMA
El Niño que huele a canela

jueves, 18 de diciembre de 2025

Queridos lectores del Niño Canela:



Hay silencios que no nacen del olvido, sino del cuidado.
Este es uno de ellos.

En las últimas semanas mi cuerpo me ha pedido bajar el ritmo, escuchar con humildad y aceptar que incluso quienes vivimos del fuego lento necesitamos, a veces, apagar los fogones para no quemarnos por dentro. Por motivos de salud, haré un pequeño parón. No es una despedida, es una pausa consciente. De esas que se toman para volver con sentido, con verdad y con fuerzas renovadas.

La Navidad siempre ha sido tiempo de recogimiento, de mirar atrás con respeto y agradecer lo vivido. También de pensar en lo que viene. Yo lo hago desde la calma, rodeado de palabras, recuerdos y ese aroma a canela que nunca se va del todo. Ese que nos recuerda quiénes somos cuando todo se detiene.

Quiero aprovechar estas fechas para daros las gracias. Gracias por leer, por acompañar, por sostener este universo hecho de memoria, cocina, cicatrices y afecto. Nada de esto tendría sentido sin vosotros al otro lado.

Y porque regalar no siempre es comprar, sino compartir algo que nace de dentro, sigo creyendo en los regalos con alma:
un libro leído despacio,
una historia que abriga,
una receta heredada,
un detalle pensado para quien aprecia lo auténtico.

El mundo del Niño Canela nació precisamente para eso: para regalar tiempo, palabras y emociones honestas. Si estos días alguien pregunta qué regalar, recordad que un libro no ocupa espacio: ocupa memoria.

Os deseo unas Navidades serenas, sin ruido innecesario, con mesas sencillas y conversaciones verdaderas. Yo estaré cuidándome, escribiendo en silencio, preparando lo que vendrá… porque vendrá.

Nos reencontraremos pronto.
Con más calma.
Con más verdad.
Como siempre se han hecho bien las cosas: despacio.

Con gratitud y respeto,

DMA
El Niño Canela

lunes, 15 de diciembre de 2025

Si este texto te ha tocado, compártelo. A veces alguien lo necesita hoy

No todos los niños tienen una infancia fácil.
No todos los adultos sobreviven a ella con dignidad.
Algunos lo hacemos escribiendo.

El niño que huele a canela no es un personaje bonito para adornar estanterías. Es memoria. Es cicatriz. Es una forma de mirar atrás sin rencor y hacia delante sin miedo.

Durante años creí que el pasado debía esconderse. Que hablar de centros tutelados, de silencios familiares, de caídas físicas y emocionales, era una forma de debilidad. Me equivoqué. El tiempo —y la escritura— me enseñaron que solo se sana lo que se nombra.

Este blog nace para eso:
para nombrar.

Aquí no encontrarás frases huecas ni optimismo impostado. Encontrarás recuerdos que pesan, palabras que abrigan y reflexiones escritas a fuego lento, como se han hecho siempre las cosas que importan de verdad.

La canela no es un adorno literario. Es un olor que vuelve cuando todo parece perdido. Es cocina, infancia, refugio. Es la prueba de que incluso en los contextos más duros puede quedar algo cálido si sabemos buscarlo.

Este espacio no es solo mío.
Es para quien ha sobrevivido en silencio.
Para quien se siente fuera de lugar.
Para quien necesita leer algo honesto y descansar un momento del ruido.

Si has llegado hasta aquí, no es casualidad.
Quizá también hueles a canela y aún no lo sabías.

Bienvenido.
Este es tu sitio.

El Niño Canela (DMA)


sábado, 13 de diciembre de 2025

Descanso merecido

El  Niño Canela deja el fuego en reposo.

No es cierre.
Es pausa.

Como el guiso que se aparta unos días
para que asiente,
como la casa antigua que se airea
antes de volver a habitarse.

El cuerpo manda parar
y el Niño Canela obedece,
con respeto y sin ruido,
como se ha hecho siempre.

Serán unos días.
Los justos.
Ni uno más, ni uno menos.

jueves, 11 de diciembre de 2025

Cuando el frío vuelve a la mesa



Hay días en los que el cuerpo pide poco y el alma pide mucho. Días en los que el frío no solo se cuela por las mangas, sino que se instala dentro y obliga a buscar refugio en lo conocido. En esos días, la memoria se convierte en cocina y el recuerdo en plato caliente.

El invierno siempre ha sido tiempo de volver a lo esencial. A la mesa compartida, al fuego lento, a los gestos repetidos sin prisa. No hacía falta hablar demasiado: bastaba con servir, sentarse y dejar que el vapor hiciera su trabajo. El olor lo decía todo. Era hogar, aunque no siempre hubiese una casa perfecta alrededor.

El Niño que huele a canela aprendió pronto que la dignidad también se cocina. Que un plato sencillo puede sostener una vida entera. Que dar de comer —aunque sea un cuenco humilde— es una forma antigua y silenciosa de cuidar a los demás. Y de cuidarse uno mismo.

Hoy, cuando todo parece correr más de la cuenta, conviene detenerse un instante. Recordar que no todo debe ser nuevo, ni brillante, ni inmediato. Hay cosas que funcionan porque siempre se han hecho así. Porque resisten el tiempo y el ruido.

Este blog no es una prisa. Es una pausa. Un lugar donde sentarse un momento, respirar hondo y recordar que todavía existen los sabores que abrigan, las palabras que no gritan y las historias que se cuentan despacio.

Hoy no hace falta más. Con eso basta.

DMA

lunes, 8 de diciembre de 2025

A fuego lento



Hay días en los que todo parece avanzar sin ruido. Sin titulares. Sin aplausos. Son esos días los que más importan. Los que se viven despacio. Los que no necesitan testigos para ser verdaderos.

Escribir también es eso: un acto silencioso. Uno se sienta frente a la página como quien se sienta ante una mesa antigua. No para exhibirse, sino para servir algo honesto. Una emoción. Un recuerdo. Una herida que ya no sangra, pero sigue diciendo.

He aprendido que lo importante no siempre ocurre cuando pasa algo grande. A veces sucede cuando no pasa nada. Cuando el mundo, por un instante, se detiene y uno puede escuchar su propio pulso. Ahí nació este proyecto. En ese silencio. Y ahí regresa cada vez que escribo.

No busco la prisa. Nunca la busqué. Prefiero el paso corto y firme. La palabra que se queda. El lector que regresa. La historia que madura como madura el pan bueno: con tiempo, con manos, con verdad.

Hoy no traigo noticias.
Traigo vida.
Traigo memoria.
Traigo la calma de seguir.

Y con eso basta.

El Niño Canela | DMA


sábado, 6 de diciembre de 2025

EL VALOR DE LO SENCILLO



Hoy he vuelto a acordarme de algo que durante años di por hecho: lo sencillo también es valioso. Lo aprendí tarde, quizá porque la vida me enseñó primero a resistir antes que a disfrutar.

Hubo un tiempo en el que pensaba que todo lo importante tenía que doler, que había que sufrir para merecer. Crecí con esa idea clavada en los huesos. Y sin darme cuenta, fui acumulando silencios, esfuerzos, noches largas y decisiones hechas desde el miedo.

Con los años entendí que lo sencillo no es pobreza, es sabiduría. Un café caliente por la mañana. Una conversación sin prisas. Un plato humilde bien hecho. Una canción que te acompaña desde hace treinta años. Eso también es vida. Y es de la que dura.

He vivido deprisa cuando tocaba correr, y cargado con pesos que no me correspondían. Pero hoy sé que la paz no se negocia. Que vivir tranquilo no es rendirse, es elegir. Y que no hace falta demostrar nada todo el tiempo: basta con estar.

Miro atrás con respeto, no con rencor. Agradezco lo que fui porque me trajo hasta aquí. Y miro adelante sin soberbia, con la serenidad de quien ya no persigue aplausos, sino días honestos.

Hoy me quedo con lo sencillo.
Como quien se queda en casa porque fuera ya ha visto suficiente.

El Niño Canela
DMA

martes, 2 de diciembre de 2025

El silencio donde también me curo



Hoy he amanecido con esa sensación antigua que reconozco al instante: el mundo va demasiado rápido y yo necesito un momento para escucharme. No hablar, no explicar, no justificar. Solo estar.

Desde que era pequeño, en aquellos centros donde crecí, descubrí que el silencio podía ser refugio. Allí aprendí que cuando las palabras me faltaban o me pesaban, bastaba con quedarme quieto y dejar que la luz entrara por la ventana. Era mi modo de no romperme. Mi modo de entender lo que estaba pasando dentro de mí.

Ese niño —ese que sigo siendo— encontró en la calma un salvavidas. Y hoy, tantos años después, sigo recurriendo al mismo lugar interior. A esa esquina donde nadie exige nada, donde no importan las prisas, donde respiro hondo y vuelvo a ser yo.

Me doy cuenta de que no siempre hay que ser fuerte hacia afuera. A veces la verdadera fuerza está en detenerse, en escucharse, en respetar el cansancio de la propia alma. El silencio bien escogido también cura. Me ordena, me devuelve la claridad, me recuerda quién soy.

Hoy quería compartirlo contigo:
cuando me retiro un momento, no desaparezco. Me cuido.
Y en ese pequeño espacio, donde la memoria huele a canela, vuelvo a encontrarme.

DMA

El aroma que permanece

Hay aromas que no se olvidan. No porque sean intensos, sino porque son honestos. La canela es uno de ellos. No grita: acompaña. No invade: ...