Hoy no empiezo el año con prisa.
El calendario ha cambiado, sí, pero el alma necesita su propio ritmo. Me siento a la mesa, todavía con el silencio intacto, y dejo que el día se abra despacio, como se abren las cosas importantes.
El primer día del año siempre me ha parecido una promesa humilde. No exige grandes palabras ni juramentos imposibles. Solo pide verdad. Y yo hoy le doy la mía: sigo aquí. Con mis cicatrices, con mis recuerdos, con esta forma antigua de mirar la vida como quien mira una olla al fuego lento.
Huele a café recién hecho y a canela.
La canela no falla nunca. Es memoria. Es cocina de antes, manos gastadas, canciones que sonaban en una radio pequeña mientras alguien hacía lo que podía con lo que tenía. Yo aprendí ahí que la vida no siempre se arregla, pero se puede cuidar.
Este año no quiero correr.
Quiero escribir mejor, no más.
Quiero cocinar con respeto, no con ruido.
Quiero escuchar canciones que me devuelvan a casa, aunque la casa a veces sea solo una emoción.
He aprendido que empezar de nuevo no significa borrar nada. Significa aceptar. Aceptar lo vivido, lo perdido y lo ganado. Aceptar que hay días torcidos y noches largas, pero también mañanas limpias como esta, donde todo parece posible sin necesidad de demostrar nada.
A quienes leéis estas líneas: gracias por quedaros.
Gracias por leer despacio, por entender los silencios, por acompañar sin hacer preguntas incómodas. Este blog no es un escaparate; es una mesa compartida. Y en esta mesa siempre habrá sitio para quien venga con respeto y el corazón abierto.
Hoy, primer día del año, no prometo milagros.
Prometo honestidad.
Prometo palabras hechas a mano.
Prometo seguir oliendo a canela, aunque el mundo a veces huela a prisa.
Feliz año.
Que no nos falte lo esencial.
— El Niño Canela (DMA)





.png)



