✨ Ya está aquí. El Niño que huele a canela es un libro que no se lee: se abraza. Una historia para quienes cocinan con el alma, recuerdan con el cuerpo y colorean con la memoria. 📖 Disponible en Amazon 👉
Este libro no se termina. Se respira
Hay canciones que no se cantan: se recuerdan. Y libros que no se leen: se acompañan.
Hoy, mientras suena Los Secretos en la cocina, el Niño que huele a canela vuelve a caminar. No por las calles del olvido, sino por los pasillos donde aprendió a sobrevivir.
La canela no cura. Pero acompaña. Como esa canción que te sabe a infancia, a pan duro y alma tierna, a cuchillos que no cortan y abrazos que no llegaron.
Este libro no se lanzó. Se abrió como una puerta. Y detrás, había una carta, una ramita de canela, y una canción que decía:
“No me imagino la vida sin ti…”
Gracias por estar a mi lado Por leerlo sin prisa. Por entender que este niño no se vende: se comparte.
Hoy me desperté con el aroma de la canela en la memoria. No venía de la cocina, sino de un recuerdo. De esos que no hacen ruido pero se quedan a vivir en el pecho.
Pensé en el niño que fui. El que se escondía en los pasillos del centro, el que fregaba ollas para no llorar, el que soñaba con una cocina propia mientras merendaba pan duro con chocolate. Ese niño aún me habita. Y hoy, más que nunca, lo escucho.
El niño que huele a canela no es solo un libro. Es una forma de decir: “Estoy aquí. Sobreviví. Y tengo algo que contar.” Es mi manera de tender la mano a quienes crecieron entre silencios, a quienes aprendieron a amar desde la ausencia, a quienes aún buscan un lugar donde sentirse vistos.
Hoy quiero agradecer a quienes ya lo han leído, a quienes se han emocionado, a quienes me han escrito diciendo: “yo también fui ese niño”. No hay mayor regalo que ese espejo compartido.
Y si aún no lo has leído, no pasa nada. El niño canela no tiene prisa. Te espera con una taza de café, una historia entre las manos y un abrazo sin palabras.
Gracias por estar. Gracias por leer. Gracias por ver al niño.
DMA
Hoy el aire tiene memoria. No es solo otoño: es el susurro de una infancia que no se olvida, el eco de un niño que huele a canela y camina descalzo por los pasillos del alma.
Me despierto con la certeza de que cada gesto puede ser un ritual. Encender una vela. Doblar una carta. Ponerle nombre a lo invisible.
En la cocina, el café se mezcla con el aroma de los aceites que preparé ayer. Canela, lavanda, un toque de naranja amarga. Cada frasco es un conjuro, cada gota, una página del libro que aún no he escrito.
Hoy escribo para recordar que Mundo Canela no es solo un universo literario. Es una forma de estar en el mundo. De mirar con ternura lo que otros llaman rutina. De convertir lo cotidiano en ceremonia.
He recibido mensajes de personas que quieren colaborar, que sienten que este niño también vive en ellas. Y me emociona. Porque cuando compartimos rituales, no solo creamos arte: creamos comunidad.
Así que este blog es una invitación. A oler, a sentir, a escribir. A ritualizar lo que duele y lo que sana. A seguir expandiendo este universo que nació de una cicatriz con sabor a canela.
Gracias por estar. Hoy, como cada día, el niño sigue caminando. Y deja un rastro dulce en cada palabra.
✨ Ya tiene casa.
Hola! Soy David Maroto Avilés, autor de El Niño que huele a canela. Estoy buscando colaboraciones con marcas, espacios o personas que vibren con la ternura, la memoria y los gestos pequeños.
Si te resuena este universo, me encantaría conversar y ver cómo podríamos crear algo juntos.
Gracias por tu tiempo y tu sensibilidad 🍂
DMA
Hoy no escribí para sanar. Hoy escribí para recordar.
El niño que huele a canela se detuvo frente a una taza humeante. No había prisa. No había ruido. Solo el perfume tibio de la memoria, ese que no se vende ni se olvida.
Me acordé de los días en que el afecto era un gesto robado, una mirada que duraba menos que un suspiro. Y sin embargo, aquí estoy, escribiendo desde la calma, desde el fuego lento.
Encendí el aceite ritual, ese que lleva canela y madera suave. Lo apliqué en las muñecas como quien se abraza a sí mismo. Y entonces, escribí:
“La infancia no se supera. Se ritualiza.”
Este blog no es solo mío. Es nuestro. Si hoy te detuviste, si hoy oliste algo que te llevó lejos, cuéntamelo. El niño Canela escucha.
Con afecto y fuego lento, DMA
Hoy quiero abrir un pequeño rincón para la música que me acompaña desde siempre. Los acordes de Los Secretos tienen esa magia de volver a los momentos que creíamos perdidos: un aroma, una risa, un instante que se queda flotando en la memoria. Mientras escucho “Pero a tu lado”, pienso en cómo cada proyecto que emprendemos tiene su banda sonora, aunque a veces solo la sintamos en silencio.
Hablando de proyectos, estoy dando los primeros pasos en nuevas ideas que me ilusionan mucho. Son caminos distintos a los que he recorrido hasta ahora, pero igual de personales: historias que aún no he contado, mundos que esperan a ser explorados, y formas nuevas de compartir lo que amo con quienes me leen y me acompañan.
La música y los proyectos se entrelazan: cada nota, cada página que escribo, cada proyecto que inicio lleva un poco de esa emoción que Los Secretos saben despertar. Y mientras avanzo, me doy cuenta de que lo importante no es solo llegar a un destino, sino disfrutar del camino, rodeado de melodías y de sueños.
Pronto iré compartiendo más detalles de estas nuevas aventuras. Por ahora, solo quería que supieras que la inspiración está viva, y que cada día trae su propia canción.
— DMA
Hay fotos que no se guardan en cajones, sino en el corazón. Esta imagen, tomada en 1984 en Granollers, es mucho más que una escena en un restaurante: es el primer suspiro del Mundo Canela. Aquí no hay ficción, hay vida. Y en esa vida, un niño vestido de blanco, rodeado de mesas bien puestas, relojes silenciosos y platos que esperan historias.
Ese niño soy yo. Todavía no sabía que algún día escribiría libros. Todavía no sabía que el aroma de la canela sería mi talismán. Pero ya intuía que había algo sagrado en cocinar, en servir, en cuidar.
La cocina fue mi primer refugio. Mientras otros jugaban, yo aprendía a doblar servilletas, a alinear cubiertos, a escuchar el lenguaje secreto de las ollas. No era solo trabajo: era ritual. Cada gesto tenía sentido. Cada plato era una forma de decir “te veo”, “te cuido”, “te acompaño”.
Esta foto es el origen del fuego. No el fuego que quema, sino el que calienta. El que transforma ingredientes en consuelo. El que convierte el abandono en abrazo.
Granollers fue el primer escenario. El restaurante, mi primer altar. Y ese uniforme blanco, mi primer disfraz de ternura.
Mucho tiempo después, cuando escribí El niño que huele a canela, entendí que todo había empezado aquí. Que la literatura no nació en un escritorio, sino entre cucharas de madera y tazas de leche caliente. Que las cicatrices que vendrían después ya estaban siendo condimentadas con amor, aunque yo no lo supiera.
Esta imagen no es solo un recuerdo: es una promesa. La promesa de que, incluso en medio del ruido, hay espacio para la dulzura. La promesa de que un niño puede convertirse en autor sin dejar de ser niño. La promesa de que la memoria, si se cocina con cuidado, puede alimentar a otros.
Bienvenidos al blog del Niño Canela. Aquí todo huele a fuego lento. Aquí cada palabra se sirve con cariño. Aquí, como en esa foto, seguimos poniendo la mesa para que la vida se siente con nosotros.
No siempre sabes cuándo empieza un recuerdo.
A veces es solo una brisa que atraviesa la ventana, un hilo de olor que se cuela entre las cosas cotidianas y lo cambia todo.
Hoy, mientras el agua hervía y el reloj parecía dormido, ha vuelto ese aroma antiguo: la canela del niño.
No hablo del niño que fui, sino del que me mira desde algún rincón del pasado, con las rodillas sucias y los ojos llenos de hambre.
Él no entiende de libros ni de ventas, ni de presentaciones en centros culturales.
Solo quiere saber si el mundo todavía huele igual que antes.
Y me he dado cuenta de que sí.
De que el olor sigue ahí, escondido entre las páginas, entre los fogones, en cada historia que aún no me atrevo a escribir.
Quizá por eso el Niño Canela no es solo un personaje, sino una brújula.
Cuando me pierdo, él aparece.
Cuando dudo, él cocina.
Cuando callo, él escribe con el olor.
Hoy no vengo a anunciar nada.
Solo a decirte que sigo oliendo a canela, aunque el mundo cambie, aunque la vida corra demasiado.
Y que en ese aroma, todavía encuentro casa.
—
🕯️ DMA
Hay aromas que no se olvidan. No porque sean intensos, sino porque son honestos. La canela es uno de ellos. No grita: acompaña. No invade: ...