✨ Ya tiene casa.
El Niño que huele a canela ha encontrado editorial. No se lanza. Se acompaña. Gracias a quienes creen en los libros que no gritan, en los gestos pequeños, en la ternura que se comparte.
✨ Ya tiene casa.
Hola! Soy David Maroto Avilés, autor de El Niño que huele a canela. Estoy buscando colaboraciones con marcas, espacios o personas que vibren con la ternura, la memoria y los gestos pequeños.
Si te resuena este universo, me encantaría conversar y ver cómo podríamos crear algo juntos.
Gracias por tu tiempo y tu sensibilidad 🍂
DMA
Hoy no escribí para sanar. Hoy escribí para recordar.
El niño que huele a canela se detuvo frente a una taza humeante. No había prisa. No había ruido. Solo el perfume tibio de la memoria, ese que no se vende ni se olvida.
Me acordé de los días en que el afecto era un gesto robado, una mirada que duraba menos que un suspiro. Y sin embargo, aquí estoy, escribiendo desde la calma, desde el fuego lento.
Encendí el aceite ritual, ese que lleva canela y madera suave. Lo apliqué en las muñecas como quien se abraza a sí mismo. Y entonces, escribí:
“La infancia no se supera. Se ritualiza.”
Este blog no es solo mío. Es nuestro. Si hoy te detuviste, si hoy oliste algo que te llevó lejos, cuéntamelo. El niño Canela escucha.
Con afecto y fuego lento, DMA
Hoy quiero abrir un pequeño rincón para la música que me acompaña desde siempre. Los acordes de Los Secretos tienen esa magia de volver a los momentos que creíamos perdidos: un aroma, una risa, un instante que se queda flotando en la memoria. Mientras escucho “Pero a tu lado”, pienso en cómo cada proyecto que emprendemos tiene su banda sonora, aunque a veces solo la sintamos en silencio.
Hablando de proyectos, estoy dando los primeros pasos en nuevas ideas que me ilusionan mucho. Son caminos distintos a los que he recorrido hasta ahora, pero igual de personales: historias que aún no he contado, mundos que esperan a ser explorados, y formas nuevas de compartir lo que amo con quienes me leen y me acompañan.
La música y los proyectos se entrelazan: cada nota, cada página que escribo, cada proyecto que inicio lleva un poco de esa emoción que Los Secretos saben despertar. Y mientras avanzo, me doy cuenta de que lo importante no es solo llegar a un destino, sino disfrutar del camino, rodeado de melodías y de sueños.
Pronto iré compartiendo más detalles de estas nuevas aventuras. Por ahora, solo quería que supieras que la inspiración está viva, y que cada día trae su propia canción.
— DMA
Hay fotos que no se guardan en cajones, sino en el corazón. Esta imagen, tomada en 1984 en Granollers, es mucho más que una escena en un restaurante: es el primer suspiro del Mundo Canela. Aquí no hay ficción, hay vida. Y en esa vida, un niño vestido de blanco, rodeado de mesas bien puestas, relojes silenciosos y platos que esperan historias.
Ese niño soy yo. Todavía no sabía que algún día escribiría libros. Todavía no sabía que el aroma de la canela sería mi talismán. Pero ya intuía que había algo sagrado en cocinar, en servir, en cuidar.
La cocina fue mi primer refugio. Mientras otros jugaban, yo aprendía a doblar servilletas, a alinear cubiertos, a escuchar el lenguaje secreto de las ollas. No era solo trabajo: era ritual. Cada gesto tenía sentido. Cada plato era una forma de decir “te veo”, “te cuido”, “te acompaño”.
Esta foto es el origen del fuego. No el fuego que quema, sino el que calienta. El que transforma ingredientes en consuelo. El que convierte el abandono en abrazo.
Granollers fue el primer escenario. El restaurante, mi primer altar. Y ese uniforme blanco, mi primer disfraz de ternura.
Mucho tiempo después, cuando escribí El niño que huele a canela, entendí que todo había empezado aquí. Que la literatura no nació en un escritorio, sino entre cucharas de madera y tazas de leche caliente. Que las cicatrices que vendrían después ya estaban siendo condimentadas con amor, aunque yo no lo supiera.
Esta imagen no es solo un recuerdo: es una promesa. La promesa de que, incluso en medio del ruido, hay espacio para la dulzura. La promesa de que un niño puede convertirse en autor sin dejar de ser niño. La promesa de que la memoria, si se cocina con cuidado, puede alimentar a otros.
Bienvenidos al blog del Niño Canela. Aquí todo huele a fuego lento. Aquí cada palabra se sirve con cariño. Aquí, como en esa foto, seguimos poniendo la mesa para que la vida se siente con nosotros.
No siempre sabes cuándo empieza un recuerdo.
A veces es solo una brisa que atraviesa la ventana, un hilo de olor que se cuela entre las cosas cotidianas y lo cambia todo.
Hoy, mientras el agua hervía y el reloj parecía dormido, ha vuelto ese aroma antiguo: la canela del niño.
No hablo del niño que fui, sino del que me mira desde algún rincón del pasado, con las rodillas sucias y los ojos llenos de hambre.
Él no entiende de libros ni de ventas, ni de presentaciones en centros culturales.
Solo quiere saber si el mundo todavía huele igual que antes.
Y me he dado cuenta de que sí.
De que el olor sigue ahí, escondido entre las páginas, entre los fogones, en cada historia que aún no me atrevo a escribir.
Quizá por eso el Niño Canela no es solo un personaje, sino una brújula.
Cuando me pierdo, él aparece.
Cuando dudo, él cocina.
Cuando callo, él escribe con el olor.
Hoy no vengo a anunciar nada.
Solo a decirte que sigo oliendo a canela, aunque el mundo cambie, aunque la vida corra demasiado.
Y que en ese aroma, todavía encuentro casa.
—
🕯️ DMA
Hay días que no son solo fechas. Son espejos.
El 12 de octubre es uno de ellos.
Un día en que España se mira, se recuerda y se reconoce en la diversidad que la compone.
Hace más de cinco siglos, un viaje cambió el rumbo del mundo.
Aquel encuentro entre culturas dejó heridas, pero también semillas: lenguas compartidas, saberes, canciones, recetas, historias que cruzaron el mar y aún hoy se pronuncian con acento propio.
La historia no siempre se celebra; a veces se honra con respeto, con mirada serena y corazón abierto.
Ser español no es una bandera colgada, sino una manera de cuidar.
Cuidar lo que amamos, respetar al vecino, mantener viva la memoria y seguir creyendo que, pese a todo, seguimos siendo capaces de convivir.
En cada pueblo, en cada acento, late un mismo pulso: el de quienes hacen pan al amanecer, el de quienes sirven en silencio, el de quienes enseñan, curan o escriben para no olvidar.
Hoy, en el desfile de Madrid, marchará Baraka, el borrego que acompaña a la Legión.
Muchos lo verán pasar sin saberlo, pero en su paso tranquilo hay una lección:
que lo noble no siempre ruge, que la fuerza también puede tener ojos mansos.
España es eso: una mezcla de bravura y ternura, de hierro y de pan caliente.
La patria no está en los discursos, sino en los gestos.
En quien cuida a un anciano, en quien riega una planta, en quien cocina con amor una receta que heredó de su abuela.
En quien no olvida de dónde viene, pero tampoco deja de mirar hacia adelante.
Esa es la patria del Niño Canela: silenciosa, cálida, de manos abiertas.
Esta tarde, cuando el sol baje, mira al cielo un instante.
Quizás veas una bandera ondeando, o tal vez solo una nube con forma de recuerdo. Madrileños son gente llegada qué tal buenos días
Hoy no se celebra el pasado, sino la continuidad.
Porque mientras haya alguien que siga creyendo en la bondad,
España seguirá siendo una patria posible.
Aquel otoño, el Niño Canela descubrió que el silencio también alimenta.
La cocina olía a madera húmeda, y Susi removía la olla sin prisa, mientras la lluvia golpeaba los cristales como quien llama a la puerta del alma.
—Las sopas —decía ella— curan lo que el ruido enferma.
El Niño Canela la miraba fascinado. En cada vuelta del cucharón parecía mezclarse un trozo de cielo con otro de tierra.
Cuando por fin sirvieron el plato, el vapor dibujó un corazón en el aire.
Y el niño comprendió que el amor no hace ruido… pero calienta igual que el fuego.
Ingredientes (para 4 almas tranquilas):
1 puerro grande
2 zanahorias
1 patata mediana
1 rama de apio
1 diente de ajo
Un chorrito de aceite de oliva virgen extra
Sal, laurel y un poco de tomillo
Pan del día anterior (para servir)
Una pizca de canela al final (sí, un toque del alma del Niño Canela)
Preparación paso a paso:
Lava y corta todas las verduras en trozos pequeños.
En una olla grande, calienta un hilo de aceite y sofríe el ajo y el puerro hasta que doren ligeramente.
Añade el resto de las verduras, la hoja de laurel y el tomillo. Remueve con cariño.
Cubre con agua caliente (unos 2 litros) y deja cocer a fuego lento durante 40 minutos.
Retira el laurel, ajusta de sal y, si lo deseas, tritura parte de las verduras para espesar la sopa.
Sirve con pan tostado, un hilo de aceite… y una pizca de canela, esa que guarda los recuerdos.
Hoy suena “Déjame” de Los Secretos, esa canción que siempre parece escrita para los que aún creen en la ternura, aunque el mundo corra demasiado deprisa. Suena en la cocina, mientras el aroma a canela flota en el aire y el Niño Canela observa por la ventana, soñando con historias que todavía no se han contado.
Cada nota es una memoria que despierta: los paseos de otoño, el pan caliente, el eco de una guitarra en un café pequeño. En ese universo, los libros del Niño que huele a canela siguen siendo una invitación a detener el tiempo, a leer despacio, a recordar quiénes somos cuando nadie nos mira.
📚 Si aún no tienes tus ejemplares, puedes encontrarlos en nuestra tienda Mundo Canela (Sumup).
Porque cada libro lleva un pedazo de esa canción, de esa emoción, y de esa magia que solo ocurre cuando la palabra y la música se abrazan.
Hay días en los que el silencio pesa menos que las palabras. Quizá sea el otoño que empieza a oler a madera, a café recién hecho y a esas canciones que uno guarda para los días lentos. Hoy el Niño Canela camina despacio, observando cómo el viento juega con las hojas y cómo la vida sigue su curso sin pedir permiso.
A veces, detenerse también es avanzar.
Y en ese detenerse, uno recuerda lo que verdaderamente importa: los abrazos sinceros, las sobremesas largas y los libros que dejan un eco en el alma.
Mientras suenan Los Secretos en la radio, en Mundo Canela seguimos creyendo en las historias que nacen del corazón, en los detalles pequeños y en los sueños que se escriben a fuego lento.
📚 Puedes descubrir nuestras obras en la tienda Mundo Canela, donde cada libro lleva consigo una parte de nuestra esencia.
— DMA
Hay días que empiezan con esa calma suave de octubre, como si el aire supiera a nostalgia. Hoy he puesto un viejo disco de Los Secretos, y entre acordes de “Déjame” y “Ojos de gata” me ha dado por pensar que algunas canciones no pasan de moda porque hablan de lo mismo que los libros verdaderos: el tiempo, la pérdida y ese modo dulce de recordar.
El otoño siempre ha tenido algo de refugio, de volver a los sitios donde uno fue feliz. Y ahí, justo ahí, es donde vuelve El Niño Canela, con su forma de mirar el mundo, de oler la vida a fuego lento, de entender que las cicatrices también tienen su sabor.
Quizá por eso este blog no es solo un rincón para contar historias, sino para dejarlas reposar, como quien deja una olla sobre la lumbre mientras suena una guitarra al fondo.
Si tienes un rato tranquilo esta tarde, abre una página de El niño que huele a canela o de El sabor de las cicatrices. No hace falta más —solo dejar que la música y las palabras hagan su trabajo.
Porque, al fin y al cabo, como cantaban Los Secretos, “aunque tú no lo sepas, me he inventado tu nombre”… y en cada historia, en cada libro, hay un poco de eso: de amor inventado, pero sentido de verdad.
(Los libros del Universo Canela están disponibles en nuestra tienda oficial Mundo Canela – Sumup y en Amazon. Gracias por seguir siendo parte de esta historia.)
Hoy, en el Mundo Canela, el Niño Canela recorre las calles de Reus con un décimo de ONCE en la mano, oliendo a esa especiada memoria que nu...