Hoy me he despertado con esa sensación que aparece cuando una historia empieza a moverse sola, como si respirara por su cuenta. El niño que huele a canela lleva días susurrándome al oído, recordándome que ya no es solo mío, que pronto será de quienes lo lean, lo abracen y lo hagan suyo.
Mientras preparo café, pienso en él. En ese niño que camina conmigo desde hace años, que me enseñó a mirar la infancia sin filtros, sin adornos, sin miedo. A veces me pregunto si fui yo quien lo escribió o si fue él quien me escribió a mí. Porque cada vez que vuelvo a sus páginas, descubro algo que no sabía que estaba ahí: una herida que ya no duele igual, un aroma que me devuelve a la cocina de mi abuela, una frase que me sostiene cuando el día pesa.
Hoy siento que este libro está a punto de abrir una puerta. Y yo, que siempre he sido de caminar despacio, me sorprendo deseando que llegue el momento en que otros lo lean, lo huelan, lo vivan. Porque este niño no viene a explicar nada; viene a acompañar. A recordarnos que la memoria también puede ser un refugio.
Quizá por eso escribo este blog: para dejar constancia de este instante. De este pequeño temblor que anuncia que algo hermoso está por suceder.
El niño que huele a canela
Hay libros que se leen.
Y hay libros que se respiran.
El niño que huele a canela es una historia íntima, sensorial y luminosa sobre la memoria, la infancia y las cicatrices que aprendemos a amar.
Muy pronto llegará a tus manos.
Y cuando lo haga, su aroma se quedará contigo.






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