viernes, 22 de agosto de 2025

A fuego lento

Hay canciones que parecen escritas para guardar la memoria. Cuando suenan, la vida se detiene y regresan las imágenes que nunca se fueron del todo. Hoy escucho a Los Secretos mientras escribo, y cada acorde me recuerda que la música es un refugio, igual que los libros.

Mi historia, la del Niño que huele a canela, se ha cocinado con recuerdos de infancia, con noches en centros de acogida, con silencios y con ternura. No es un relato de lamentos, sino de supervivencia y de amor por lo vivido. La música de fondo me acompaña, como lo hicieron las canciones en aquellos días donde parecía que todo faltaba y, sin embargo, aún quedaba esperanza.

Quien abre mi libro no solo lee páginas, escucha también esas melodías que estuvieron en cada paso. Porque un libro no es solo tinta: es memoria, es olor, es sonido.

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Que cada lector ponga su propia banda sonora. Yo sigo con Los Secretos, porque hay canciones que nunca se apagan.

— DMA


jueves, 21 de agosto de 2025

Aarón, memoria que permanece




Cuando pienso en Aarón, lo primero que me viene a la mente no es una escena grandiosa, sino algo sencillo: su manera de estar. No necesitaba hablar mucho ni llamar la atención. Su presencia era tranquila, casi invisible, pero siempre constante. Recuerdo verlo en los pasillos del centro, sentado en un banco o compartiendo mesa en el comedor. No hacía falta nada más; él estaba ahí, y eso bastaba.

En medio de aquel mundo rígido y frío, Aarón era un respiro. Para un niño como yo, que buscaba cualquier señal de complicidad, él se convirtió en un espejo donde encontraba paz.

La vida en el centro era un engranaje que giraba sin parar: horarios fijos, rutinas que se repetían una y otra vez. Pero dentro de esa rigidez, Aarón supo crear un espacio distinto. A veces era un juego improvisado, otras un silencio compartido en el patio, o un gesto pequeño que rompía la monotonía.

Era un amigo de los que no necesitan explicar nada. De los que están, simplemente. Y esa manera de acompañar me enseñó que la amistad puede ser ligera y profunda a la vez, sin adornos, sin promesas, pero con la certeza de que no estás solo.

El día que me dijeron que Aarón había muerto en un accidente, la noticia me atravesó como un rayo. No estaba preparado, nadie lo está a esa edad. Todo sucedió demasiado rápido, demasiado injusto.

Lo que más me dolió fue no poder ir a su entierro. No estuve allí cuando lo despedían, no pude poner flores ni decir adiós. Esa ausencia se quedó clavada en mí como una espina. Con el tiempo entendí que lo que más pesa no es la muerte en sí, sino las despedidas que nos roban.

Han pasado más de tres décadas y, aun así, Aarón sigue presente. No como un recuerdo lejano, sino como una voz interna que me acompaña en silencio. Aparece en los reflejos de las ventanas, en las tardes tranquilas, en la memoria de una infancia marcada por la falta de libertad.

Treinta años después, sigo sintiendo que quedó algo inconcluso. Que ese adiós nunca dicho aún me persigue. Pero también he aprendido que la memoria es un refugio: mientras lo recuerde, Aarón no habrá desaparecido del todo.

Querido Aarón,

Han pasado treinta años y aún me duele escribirte. No pude despedirme, no pude acompañarte en tu último viaje, y esa ausencia me marcó para siempre.

Hoy quiero decirte lo que entonces no pude: gracias por haber estado, por haber compartido conmigo silencios, juegos y complicidad en un mundo que no siempre nos lo puso fácil. Tu amistad fue un refugio, y aunque el tiempo te arrebató demasiado pronto, yo sigo guardando lo que me diste.

Me hubiera gustado crecer contigo, ver hacia dónde nos habría llevado la vida. Pero la vida eligió otro camino, y yo aprendí a llevar tu ausencia como quien lleva una cicatriz: visible, dolorosa, pero también testigo de algo real y verdadero.

Este capítulo  especial  es mi forma de darte el adiós que no tuve. Porque aunque te hayas ido, tu nombre seguirá en mis páginas, en mis recuerdos, en mi historia.

Con afecto eterno,
DMA

La Casa Sant Josep y las cristaleras verdes



La primera impresión

Entrar en la Casa Sant Josep de Tarragona era como adentrarse en un mundo aparte, ajeno al ritmo de la ciudad que se extendía más allá de sus muros. El edificio imponía desde el primer instante: altos ventanales, pasillos largos, un eco constante de pasos que se mezclaba con voces apagadas. Allí no había lugar para la improvisación. Todo estaba marcado, todo tenía un orden.

Pero si hay una imagen que aún hoy me persigue, es la de las cristaleras antiguas que se encontraban a la entrada del comedor. Eran vidrios gruesos, teñidos en tonos verdes y dorados, desgastados por el tiempo y la humedad. Cuando el sol de Tarragona caía sobre ellas, la luz se filtraba como un río de color, dibujando mosaicos en el suelo. Yo, niño curioso, me quedaba fascinado, casi hipnotizado por esos reflejos que parecían abrir ventanas a otros mundos.

No podía mirar demasiado tiempo. Los educadores vigilaban y no permitían distracciones. Había que caminar en fila, con la cabeza erguida, hacia el comedor. Pero, aun así, esas cristaleras fueron para mí un secreto silencioso: un pequeño refugio en el que mi imaginación podía volar antes de entrar en el ritual diario de la comida.

El comedor era el corazón de la Casa Sant Josep. Mesas largas de madera, desgastadas por los años, se extendían como raíles interminables. A los lados, bancos que crujían cuando decenas de niños se sentaban al mismo tiempo. Allí se reunía la gran familia que no era familia, unida no por la sangre sino por el destino compartido.

Yo tenía, más de una vez, el encargo de preparar las mesas. Colocar platos de loza blanca, vasos de vidrio grueso, cubiertos alineados. No era una tarea menor: en ese gesto se escondía la enseñanza de la disciplina, del cuidado, de la igualdad. Después venía el momento que más me marcó: cortar el pan.

El pan llegaba en hogazas grandes, con una corteza dura que crujía al contacto del cuchillo. Me sentaba con aquella pieza enorme entre las manos y, con cuidado, iba cortando rebanada tras rebanada. Había que repartir justo: ni más para uno, ni menos para otro. Cada niño debía recibir su parte. Ese gesto repetido se convirtió en una especie de rito personal. El olor a pan recién cortado llenaba el comedor, mezclado con el murmullo creciente de voces que aguardaban.

Cuando todos estábamos sentados, reinaba un silencio que podía cortarse. Bastaba con que Mossèn Perfecte Cabré apareciera en la cabecera para que la algarabía se deshiciera como un soplo. Alto, con sotana oscura y gesto severo, imponía respeto con solo caminar entre las mesas. Levantaba la mano, bendecía los alimentos y entonces sí, se podía empezar a comer.

Los menús eran sencillos: sopas claras, guisos humildes de legumbres, a veces un trozo de carne o pescado, fruta de temporada. Los días de postre eran celebrados como fiestas. El comedor se llenaba del sonido de cucharas golpeando contra los platos, de risas contenidas, de niños que encontraban en esa comida compartida un respiro de comunidad.

La vida en la Casa Sant Josep estaba pautada hasta el mínimo detalle. El día comenzaba con el sonido de una campana, que nos arrancaba de los sueños para recordarnos que allí no había espacio para el descuido. Dormíamos en dormitorios colectivos, camas alineadas en filas perfectas. Al despertar, había que doblar la manta con precisión, dejar todo en orden. Después, la capilla: rezos, cantos, silencio obligatorio.

El colegio funcionaba dentro del propio centro. Allí aprendimos a leer, a escribir, a memorizar oraciones y a resolver problemas de matemáticas. Las clases eran austeras, pero se mezclaban con una firme intención educativa: formarnos, más allá de la tutela, para un futuro incierto.

Por la tarde llegaban los talleres: carpintería, zapatería, cerrajería, imprenta. El ruido de martillos, el olor de la madera recién cortada, el polvo de las virutas que se pegaban a la ropa… Todo era parte del aprendizaje. A veces se trabajaba más por obligación que por vocación, pero esas tareas nos dieron disciplina, paciencia y un sentido de oficio.


Mossèn Perfecte Cabré

La figura de Mossèn Perfecte estaba presente en cada rincón. Era severo, distante, pero también había en él una visión adelantada para su tiempo. Fue quien decidió eliminar los antiguos uniformes, cerrar las celdas de castigo y apostar por un modelo más humano. Bajo su dirección se construyeron instalaciones que hicieron de la Casa un lugar más habitable: una piscina, una sala de música, un gimnasio, incluso un cine.

Recuerdo el verano en la piscina como un paréntesis de alegría. El agua fría borraba por un momento la sensación de encierro. En el cine vimos películas que, aunque antiguas, nos parecían una ventana al mundo. En la sala de música se aprendía a cantar, aunque las voces desafinadas terminaran en risas.

Mossèn Perfecte no era un hombre de gestos afectuosos, pero sabía que los niños necesitábamos más que disciplina: necesitábamos cultura, deporte, arte. Ese contraste lo hacía enigmático: un director duro, pero con la intuición de que la humanidad no podía borrarse.

La Casa Sant Josep era un lugar de contrastes. Por un lado, la rigidez de las normas, la vigilancia constante, la sensación de vivir bajo una autoridad inflexible. Por otro, los pequeños momentos de libertad: una carcajada compartida en el comedor, una travesura en los pasillos, el brillo de las cristaleras verdes que me recordaban que el mundo podía ser más bello de lo que parecía 

En esas mesas largas aprendí a compartir. En los talleres descubrí el valor del esfuerzo. En la disciplina entendí que la vida podía ser dura, pero también justa.


Una generación marcada

Con el tiempo, la Casa Sant Josep cambió. La Generalitat asumió las competencias, llegaron los CRAE, la educación se modernizó. Pero quienes pasamos allí nuestra infancia durante la época de Mossèn Perfecte Cabré llevamos su huella para siempre.

Las cristaleras verdes, el pan partido en rebanadas justas, las mesas largas donde todos éramos iguales, la piscina de verano, las oraciones en la capilla… Todo ello forma parte de mi memoria más íntima. No fueron años fáciles, pero me enseñaron la fuerza de la disciplina y el valor de la comunidad.

La Casa Sant Josep fue, para mí, un lugar donde convivieron la dureza y la esperanza. Un lugar donde aprendí que incluso en los espacios más rígidos se pueden encontrar pequeñas luces de humanidad. Y en esas luces, como en las cristaleras verdes, descubrí que siempre hay un resquicio por donde entra la belleza, incluso en medio del dolor.

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miércoles, 20 de agosto de 2025

COCINA Y MUSICA



Hay días en los que la cocina se parece a una partitura. Cada cuchara es una nota, cada aroma un acorde que se queda flotando en el aire. Hoy, mientras ponía a cocer un simple arroz con verduras, recordaba que la vida no necesita complicarse para ser sabrosa. Lo sencillo —un buen sofrito, un puñado de arroz, unas verduras frescas— puede convertirse en un festín si se cocina con calma.

Y entre vuelta y vuelta de la cuchara, sonaba una canción que me acompaña desde siempre. La música, igual que la comida, tiene ese poder extraño de abrir la puerta de los recuerdos. Te devuelve a una cocina pequeña de infancia, a la voz de alguien querido, a un instante que parecía olvidado.

El Niño Canela sabe que la vida se cuece a fuego lento, entre canciones que acarician y platos que reconcilian. Porque al final, todo lo importante cabe en una mesa compartida y en una melodía que sigue sonando, aunque la música se apague.

“Del silencio a la luz: un viaje en acuarelas por el Universo Canela.”

Cada trazo guarda una memoria. Cada color, un fragmento de identidad. Las acuarelas del Universo Canela son más que imágenes: son un viaje íntimo hacia lo que fuimos, lo que somos y lo que aún podemos llegar a ser.

En la primera obra, la silueta oscura con un círculo dorado en el pecho nos recuerda que la vida late desde el centro de la memoria, donde las heridas se convierten en símbolos de transformación.
En la segunda, el retrato azul atravesado por líneas doradas habla de la identidad como un mosaico: somos fragmentos recompuestos, belleza nacida de la imperfección.
Y en la tercera, la figura que avanza entre explosiones de color encarna la luz en movimiento, la energía de quien se abre paso hacia un renacer.

Tres obras, tres lenguajes distintos, pero un mismo latido compartido: el del Universo Canela, donde el arte se convierte en memoria, cicatriz y esperanza.


 




martes, 19 de agosto de 2025

LAS HUELLAS QUE NO SE BORRAN



Hay recuerdos que no necesitan archivo, porque están tatuados en la piel de la memoria. Basta el olor de la canela en un café, una canción de Los Secretos en la radio, o la risa inesperada de alguien en la calle, para que el Niño Canela vuelva a despertar en nosotros.

El Niño Canela no es solo un personaje, es un espejo donde mirarse. Representa al niño que todos fuimos, ese que a veces se esconde en los silencios pero nunca desaparece.

Hoy quiero invitarte a descubrir ese mundo íntimo y humano en mi libro “El niño que huele a canela: a fuego lento”, ya disponible en Amazon.
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Y para acompañar la lectura, hemos abierto también las puertas de nuestra tienda Canela, donde puedes encontrar tazas, láminas e ilustraciones que llevan la esencia de este universo.
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El Niño Canela sigue creciendo, no en edad, sino en raíces. Raíces que se mezclan con las tuyas cada vez que lees, compartes o simplemente sientes que también formas parte de este mundo.

LA SAL JUSTA




Siempre me dijeron que cocinaba soso. Que me faltaba sal. Que me pasaba de prudente. Y puede que fuera verdad. Durante años medí la sal como si cada grano costara una disculpa. Como si un exceso de sabor pudiera delatarme. Había algo en mí que temía ser demasiado. Demasiado fuerte. Demasiado claro. Demasiado yo.


Cocinaba con miedo a pasarme. No solo de sal. También de palabras, de afecto, de gestos. Medía todo: los abrazos, las opiniones, los silencios. Como si mi existencia tuviera que caber en cucharillas. Y sin embargo, con el tiempo, entendí que hay cosas que no se deben medir con miedo.


Un día, sin pensarlo, eché sal con la mano abierta. A puñados. Como había visto hacer . Sin calcular. Sin pesar. Sin disculparme. Y el guiso salió mejor. No perfecto. No increíble. Solo mejor. Más vivo. Más yo.


Desde entonces no uso salero. Cojo la sal con los dedos. La dejo caer como quien deja caer una decisión firme. Y si alguna vez me paso, lo asumo.

NO TIENES EXCUSA PARA NO ENTRAR EN EL UNIVERSO CANELA

lunes, 18 de agosto de 2025

LAS MAÑANAS




Hay mañanas en que uno despierta con un rumor antiguo en el pecho. Como si los recuerdos, tercos, insistieran en ponerse en fila para pasar lista. Entonces vuelvo a escuchar esas canciones que hablaban de trenes que se iban, de besos que se guardaban como secretos, de veranos que no volvían. La música siempre fue mi brújula, incluso cuando no sabía a dónde caminar.

El Niño Canela aparece en esos instantes como quien abre una ventana en medio de una habitación cerrada: con la inocencia de quien todavía cree que los sueños pueden salvarnos. Y pienso que quizá, al escribir, sigo siendo aquel niño que olía a canela, empeñado en transformar las cicatrices en palabras.

Hoy quiero compartir no solo esa memoria, sino también todo lo que está creciendo alrededor de ella: libros, ilustraciones, recetas, tazas, un pequeño universo que late con el mismo pulso. Porque cada lector que se acerca, cada persona que se detiene a escuchar, se convierte en parte de esta historia.

La canela, al final, no es solo un aroma. Es un modo de recordar que la vida, incluso con sus sombras, puede tener un sabor dulce.

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 Hoy, en el Mundo Canela, el Niño Canela recorre las calles de Reus con un décimo de ONCE en la mano, oliendo a esa especiada memoria que nu...