Hay voces que no se olvidan. Porque no solo suenan: se quedan. Se instalan en el pecho como si fueran parte del cuerpo. Y cuando El Niño Canela necesita recordar quién es, las pone.
Los Secretos le enseñaron que la melancolía puede ser dulce. Que hay despedidas que se cantan mejor que se lloran. Y que Enrique Urquijo no murió: se convirtió en eco.
Amaral le dio fuerza. Le enseñó que la fragilidad también puede gritar. Que hay mujeres que cantan como si fueran tormenta y refugio a la vez.
Rozalén le abrazó. Con su voz cálida, con sus letras que entienden sin preguntar. Ella canta como si conociera cada cicatriz que el Niño Canela lleva en la espalda.
Alejandro Sanz le dio palabras cuando no las tenía. Porque hay canciones que dicen justo lo que uno no sabe decir. Y porque “No es lo mismo” que te escuchen a que te entiendan.
Hoy, mientras escribo esto, suena una canción que no sé si es de ayer o de siempre. Pero sé que huele a canela. Y eso basta.
— DMA

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En El Niño que huele a canela cada palabra cuenta.