domingo, 5 de abril de 2026

UN DOMINGO MAS

 Hoy es domingo y la casa amanece más lenta que de costumbre.

No hay prisa en los relojes ni urgencias en el teléfono, solo ese silencio raro que se cuela entre las persianas, como si alguien hubiera bajado el volumen del mundo para que por fin puedas escucharte por dentro.


En la cocina, la luz entra a trozos.

Un rayo de sol se posa sobre la mesa, justo donde anoche dejaste una taza con restos de café y un libro abierto por la mitad. La canela, que quedó pegada a la cerámica, ha dibujado un círculo imperfecto, como una pequeña luna doméstica que te recuerda que el tiempo también sabe ser amable cuando no lo llenas de tareas.


Hoy no hace falta hacerlo todo.

No pasa nada si la ropa espera en la silla, si los platos se quedan un rato más en el fregadero, si la bandeja del correo sigue llena de mensajes que no vas a contestar ahora.

Hoy la única cita importante es contigo, con ese niño interior que sigue oliendo a canela y a pan tostado, y que lleva demasiado tiempo llamando a la puerta para que le dejes pasar.


Te preparas un café sin mirar el reloj.

Mientras el agua hierve, recuerdas aquellas mañanas en las que alguien te decía qué hacer, a qué hora levantarte, cómo comportarte, dónde colocar tus manos para no molestar. Creciste aprendiendo a ser eficiente, obediente, resistente.

Pero nadie te enseñó a descansar sin sentir culpa. Nadie te explicó que también es un acto de valentía bajar el ritmo y decir: hoy me quedo conmigo.


Te sientas frente a la ventana con la taza entre las manos.

El vapor sube despacio, y el olor a canela llena la habitación como una manta invisible. De repente, te das cuenta de que hace mucho que no te quedabas quieto a escuchar el ruido sencillo de la calle: un coche que pasa, una vecina que cierra la puerta, un pájaro que insiste en repetir la misma melodía.

El mundo sigue, sí, pero tú por fin te has dado permiso para no correr detrás de él.


En ese pequeño paréntesis, empiezan a aparecer recuerdos.

Vuelven las cocinas de otros tiempos, las voces que ya no están, las manos que te acercaban un plato caliente para consolar un día difícil. Vuelven también las cicatrices: las veces en que no te creyeron, las ausencias, los portazos.

Pero hoy, en este domingo tranquilo, no vienen para hacerte daño, sino para recordarte todo lo que has sobrevivido.

Sigues aquí. Sigues escribiendo tu historia, aunque a veces se te olvide.


Quizá descansar también sea eso:

reconocer que no tienes que ser productivo para merecer un lugar en el mundo.

Que tu valor no se mide por la cantidad de cosas que haces, sino por la manera en que te sostienes cuando nadie mira, por la ternura con la que te hablas cuando todo se cae, por la paciencia que te tienes mientras sanas.


Piensas en el niño que fuiste.

En ese niño que olía a canela y a refugio, incluso cuando la vida le quedaba grande. Él no necesitaba una agenda llena para sentirse vivo: le bastaba una tostada recién hecha, una historia antes de dormir, una mirada sincera que dijera “aquí estás a salvo”.

Tal vez el adulto que eres ahora necesite lo mismo, aunque lo disfrace de responsabilidades y listas interminables.


Por eso, hoy te propongo un gesto sencillo:

cierra los ojos un momento, respira hondo y pregúntate cómo estás de verdad.

No cómo deberías estar, ni cómo quieres parecer ante los demás, sino cómo estás tú, aquí y ahora, con tus cansancios, tus deseos y tus pequeñas ganas de seguir.

Si te viene una lágrima, déjala caer. Si te nace una sonrisa, déjala quedarse. No tienes que corregir nada.


Este domingo de canela no viene a arreglar tu vida, viene a recordarte que no estás roto, solo cansado.

Que mereces pausas, meriendas lentas, siestas improvisadas, llamadas sin motivo, abrazos que duren más de tres segundos.

Que también es parte de la sanación aprender a no hacer nada y descubrir que, incluso cuando no haces nada, sigues siendo suficiente.


Cuando termines tu café, no salgas corriendo.

Quédate un poco más en este lugar suave, aunque sea solo en tu mente.

Piensa en algo pequeño que puedas regalarte hoy: una caminata sin destino, una receta sencilla, una canción repetida diez veces, una página de ese libro que llevas semanas posponiendo.

Hazlo sin prisa, sin obligación, sin necesidad de demostrar nada a nadie.


Porque, al final, de eso va este mundo que estás construyendo:

de aprender a habitarte por dentro con la misma ternura con la que una casa se llena de aroma a canela cuando alguien decide encender el fuego, solo porque sí.

Sin motivo.

Sin excusas.

Solo porque lo mereces.


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En El Niño que huele a canela cada palabra cuenta.

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